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Cada 10 de Mayo, desde hace casi un par de décadas, el fútbol está bastante presente en mi vida por dos razones fundamentalmente: porque es el cumpleaños de mi amigo Pablo y porque se cumple un nuevo aniversario de aquella volea imposible materializada desde el centro del campo por el ceutí Nayim, volea que le dio al Real Zaragoza el triunfo en la Recopa de Europa que le disputamos al Arsenal inglés en el Parque de los Príncipes de París.

El-gol-de-nayim

Pablo y yo somos amigos desde la infancia y cada vez que le felicito por su cumpleaños me acuerdo de la temporada que entrenamos en Zaragoza a un equipo de fútbol sala compuesto por chavales de trece primaveras. Bueno, en realidad el entrenador era él, y como no había cargo para mí, nos inventamos el de preparador de porteros y psicólogo, que en aquella época estaba muy en boga gracias a Benito Floro, por aquel entonces, entrenador del Real Madrid.

Mi labor básicamente era la de incordiar a los chavales y hacerle a Pablo más llevadera la labor de entrenar a aquel grupo de adolescentes bastante justos en lo futbolístico e ingobernables por culpa de la edad. Las derrotas eran la tónica dominante, y el partido contra Montearagón, los líderes indiscutibles del campeonato, estaba a la vuelta de la esquina. Aquel equipo tenía varios jugadores en la selección aragonesa de fútbol sala. Jugaban de maravilla y la mayoría de los partidos los saldaban con goleadas de escándalo. Nosotros, en el furgón de cola, éramos una víctima propiciatoria y el único misterio por resolver era cuántas colillas nos iban a clavar.

En el entrenamiento de la víspera, Pablo reunió a todos los jugadores disponibles en el círculo central y realizó un discurso que quedaría para los anales de la historia de la motivación de masas: “Por si acaso alguno de vosotros tiene alguna duda, mañana vamos a perder. No querría que ni uno solo de vosotros albergara la más mínima esperanza de que podemos ganar porque corremos el riesgo de que eso nos distraiga y nos aleje de nuestro objetivo fundamental: perder por la menor diferencia de goles. Quiero que os mentalicéis de que ése va a ser nuestro triunfo”. Los chavales se quedaron atónitos y uno de los más rebeldes quiso poner en solfa las palabras de Pablo: “Hombre, yo pienso que…”, y no pudo decir nada más porque el entrenador, de manera enérgica, le interrumpió: “No quiero que penséis; ése es nuestro mayor enemigo: que justamente mañana nos dé por pensar”…

En el entrenamiento trabajamos básicamente una sola jugada de estrategia: que el portero se la pasara en corto al defensa central y éste, un chaval rubio y corpulento, con caderas que parecían revestidas de titanio pero sin la calidad de Ronald Koeman para salir con el balón controlado desde atrás, le pegara un patadón a la pelota que la mandara lo más lejos posible. Trabajamos también una variante a esa jugada: que fuera el portero el que arreara el patadón sin necesidad de pasársela al defensa, evitando el riesgo de que éste golpeara al suelo en vez de a la pelota, algo que no era descabellado pensar. El mensaje de Pablo era claro: “cuanto más lejos esté la pelota de nuestra portería más probabilidades tenemos de que no acabe dentro, ¿me habéis entendido?”. Para el gran día, teníamos además un as debajo de la manga: mi hermano Arturo, un notable portero que unos años después llegaría a ir convocado fugazmente con un segunda B, y al que Pablo haciendo no recuerdo qué chanchullo, le había conseguido una ficha para que disputara el partido.

El Sábado llegó y durante la primera parte conseguimos que Montearagón marcara sólo un gol. El hecho de que pensaran que el partido estaba ganado de antemano y sacaran a varios de los suplentes ayudó. También colaboró mi hermano, quien a los diez minutos de juego había parado tantos balones que ya habíamos perdido la cuenta. Cada vez que nuestro central recibía la pelota, Pablo se desgañitaba desde la banda hasta que la soltaba: “¡fuera, por lo que más quieras, tírala fuera!”. En el descanso, y pese al meritorio resultado dada la diferencia entre los dos equipos, Pablo no modificó el discurso: la estrategia sería la misma hasta el final. Uno de los muchachos quiso sugerir que probáramos suerte disparando alguna vez entre los tres palos pero fue rápidamente acallado por Pablo: “a ver si los vamos a enfadar; olvidadlo y centrémonos en lo nuestro que lo estáis haciendo fenomenal”.

En la segunda parte, Montearagón sacó al equipo de gala y sentó a los suplentes. Para Pablo aquello era prácticamente una victoria, al entender que gracias a su planteamiento habíamos conseguido que el rival nos tomara en serio y tuviera que emplear toda su energía en doblegarnos. “Están acojonados” – me comentó al oído con una sonrisa de oreja a oreja. La segunda parte fue un asedio continúo sobre la portería que defendía mi hermano. No recuerdo cuántas manos prodigiosas sacó. En una acción no pudo hacer nada y recibió un gol más; pese a ello, consiguió desquiciar a las estrellas de aquel equipo que no sabían qué hacer para meter la pelota dentro de la portería.

Cuando el árbitro decretó el final del partido Pablo saltó al terreno de juego con los brazos en alto, como si hubiéramos ganado la Champions League, y fue abrazando uno a uno a sus muchachos, quienes, contagiados por su entusiasmo alzaron también los brazos y gritaron en señal de júbilo, para mosqueo de sus rivales que no entendían nada. El marcador señalaba un dos a cero, pero Pablo consiguió que los que se retiraran a los vestuarios con la sensación de haber sido derrotados fueran los chavales de Montearagón. Al que no consiguió camelarse fue a mi hermano, que me lanzó los guantes a la cara y me dijo que no contáramos más con él porque tenía una reputación como arquero que no quería tirar por tierra.

A mi amigo Pablo se le podrá acusar de cualquier cosa menos de oportunista por criticar la filosofía de juego de Guardiola o el tiki-taka de la selección española, porque él toda la vida fue un resultadista y antepuso siempre el resultado al juego bonito. Pablo entendió desde bien joven que para jugar bonito tenía que tener a los mejores, y lo cierto es que su equipo distaba mucho de serlo, por lo que en su opinión tocaba ser sensato e ir a por los resultados. Aunque suene contraproducente, aquella derrota ajustada levantó la moral del equipo y les hizo creer que no eran tan malos como decía la clasificación, lo que se tradujo en una victoria en el partido siguiente.

Afortunadamente, aquel Real Zaragoza comandado por Víctor Fernández y que ganó aquella Recopa de Europa era diferente. Le gustaba tener el balón y jugaban siempre al ataque. Ganaron aquel título y una Copa del Rey, y durante un par de años nos hicieron creer que éramos los mejores.

Así que un año más, ¡felicidades Pablo, pese al bochorno que me hiciste pasar en aquel partido, y felicidades al Real Zaragoza por aquella épica victoria en París!

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PERFIL
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Tras diez años ocupándome de otros menesteres, decidí dar un giro a mi vida y dedicar mi tiempo a viajar y escribir, las dos cosas que más disfruto. Que pueda hacer de esto un modo de vida está por ver, pero en el trayecto, que me quiten lo bailao, que decimos en España. Tras recorrer el Camino de Santiago a pie desde mi tierra, Aragón, me embarqué en una aventura que me llevó a descubrir Asia durante medio año, y ahora estoy haciendo lo propio en Suramérica. Con la excusa de la pelota como hilo argumental, intento hablar de personas y realidades en los países que visito. Confío en que quienes lean estas crónicas disfruten tanto como yo estoy haciendo protagonizándolas. Se me puede contactar a través de correo electrónico: letamendiontour@googlemail.com o, aquellos que lo usen, seguirme a través de Twitter: @letamendiontour

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