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Hace diez años que falleció su padre, Quique, y en todo ese tiempo sólo ha estado una vez en la cancha. Fue para darse cuenta que su sitio ya no estaba allí, que todo aquello por lo que su padre peleó se había marchado con él. Sintió un gran vacío y no ha vuelto a pisar la Bombonera, el estadio de sus amores, el lugar en el que más alegrías vivió junto a la 12, la barra brava que su padre fundó y lideró durante la década de los 70 y primeros años 80, hasta que la droga entró de la mano de la política en la popular (el fondo detrás de la portería donde siempre se ubicaron) y todo cambió…

Quique la 12

Argentina dejaba atrás una sangrienta etapa. Una junta militar que asesinó e hizo desaparecer a miles de opositores y una guerrilla de corte marxista, los Montoneros, que hizo lo propio con aquellos a los que combatía. Llegó la democracia y con ella las elecciones libres que auparon al poder a Alfonsín. Corría el año 1983. En ese momento, algunos políticos vieron en esos animosos muchachos que hacían rugir las gradas argentinas durante noventa minutos, que se partían la cara con la hinchada rival por defender sus banderas y su territorio, que se agarraban al para-avalanchas y saltaban sin descanso gritando a los cuatro vientos su pasión desmedida, una perfecta fuerza de choque. Y allí se torció todo…

Su padre lo vio venir y, como un jugador más, el número 12, colgó las botas. “Era muy listo, se dio cuenta que se venía encima algo muy gordo, ingobernable, y se quitó de en medio antes de que aquello se lo llevara por delante. Cuando estaba mi padre, si alguien fumaba un porro en la popular lo cagaban a trompadas. Y lo mismo con los chorros (ladrones). Tampoco había reventa de entradas ni nada de lo que hay ahora y que tanta plata mueve. Mi padre era de proteger al hincha de Boca. Con la llegada del Abuelo todo eso cambió”…

José Barrita, el Abuelo, era uno más dentro de la 12 hasta que un día se convenció, o le convencieron otros, gobernados por oscuros intereses, de que había llegado su momento, de que mayores glorias que ser un fiel vasallo le aguardaban. En los mentideros se comenta que en una reunión de la Barra para preparar un viaje al interior del país, extrajo un revólver y se lo colocó en la cabeza a Quique, sin otra intención que dejarle claro cómo se iban a hacer las cosas, y quién se iba a encargar de ellas, a partir de entonces. Su hijo lo desmiente. Admite que su padre sabía que venían a apretarle y en un partido fuera de casa buscó el operativo policial para evitar un baño de sangre. Hubo intercambio de disparos entre las fuerzas del orden y la banda del Abuelo. Al regresar a la Boca, el barrio donde residían, descubrieron las paredes de su casa embadurnadas de una pintura que los acusaba de chivatos.

Quique tenía gente de espaldas anchas detrás, estaba respaldado y podía haber comenzado una guerra sin cuartel por el control del grupo, pero en vez de eso decidió dar un paso a un lado y quitarse de en medio. Convocó una reunión interna a mitad de semana y cedió sus galones. Aquello había terminado, aquello no era por lo que él había luchado. No dejó de ir a la Bombonera porque Boca era su vida y siguió de pie en la platea (la tribuna), alentando los 90 minutos, aunque nadie a su alrededor le siguiera. Sin embargo, ya nada volvió a ser como antes: la descarga de adrenalina, verse rodeado de una hinchada que saltaba y cantaba al unísono en pos de una victoria, sentir el suelo temblar bajo sus pies y, en esa locura colectiva, descubrir que todos podían ser grandes, que todo podía tener sentido si Boca ganaba y salía de nuevo campeón. Nada de eso volvió a ser igual…

Para volver a tener ese sentimiento tuvieron que ir hasta Tokio, donde Boca le ganó la Intercontinental al Real Madrid de aquellas estrellas, comandadas por Vicente del Bosque, que venían de ganar la Champions League en el año 2000: Raúl, Figo, Roberto Carlos…, un plantel millonario, una vez más David frente a Goliat, pese a que el once xeneize de Riquelme y compañía era el mejor de las últimas décadas.

Y allí se plantó la Doce, el jugador que nunca falla, para alentar sin descanso y conquistar el mundo. Y se ganó, pese a que nadie daba un duro por el equipo argentino, pese a que todo el estadio estaba a favor del Real Madrid, no por nada en especial, si no porque tenían con ellos la historia y los jugadores de postín, los que copaban las portadas. Y entonces Japón cayó rendido ante esa hinchada que sostuvo a sus muchachos hasta el final y los empujó hacia la victoria, y Quique se abrazó a su hijo y lloraron como niños porque ya se podían morir tranquilos: Boca, el equipo del barrio porteño al que llegaron sus antepasados huyendo de la miseria y en busca de un futuro mejor, no podía estar más alto, volvían a gobernar el mundo…

En aquella final en Tokio, todo el público japonés, supuestamente neutral, apoyaba al Real Madrid, el equipo grande. Hoy en día, uno visita una cancha de fútbol japonesa y descubre que todas las hinchadas han copiado el modelo de la 12, el argentino, e intentan animar y empujar a sus jugadores hacia el triunfo desde uno de los fondos; y sus equipos no ganan ni a las chapas porque no se dan cuenta que para animar con esa pasión, hay que haber nacido en Argentina. Como ya les advertía el lema de la bandera que desplegó la 12 en Tokio: “podrán imitarnos, pero igualarnos jamás”…

La 12 Tokio

El hijo de Quique cree que algún día la figura de su padre será reconocida y se valorará lo que hizo por la hinchada de Boca y sobre todo se le reconocerá una manera de entender el fútbol, el amor a unos colores, una filosofía de vida, algo que ya se ha perdido y que, durante mucho tiempo, fue el espejo al que hinchadas de todo el mundo se miraban. Su hijo se cansó de vaciarse en la popular y darse cuenta que los jugadores no se vaciaban en el campo. Que les daba igual la camiseta y lo que representaba, que lo único que les movía era el dinero e irse cuanto antes a Europa. Le vinieron a proponer el liderazgo de la Barra en un momento de crisis interna y él declinó amablemente el ofrecimiento. Con la humildad de la que hace gala, les respondió que locos como su padre nacía uno cada cien años, y que él quería vivir tranquilo. De su padre aprendió dos valores fundamentales: el respeto y la honradez, y como líder de la Barra, tal como ahora es entendida, iba a tener que traicionar lo que su padre le enseñó y por ende a sí mismo.

No fue fácil sentar al hijo de Quique en una mesa. Como él mismo me confesó antes de empezar a charlar, “mirá, sho no soy de hablar mucho”. Después, vencida la lógica resistencia inicial, disfruté de 90 minutos de enriquecedora conversación sobre fútbol, política, historia, cultura y sociedad, que en el caso de Argentina, es todo uno y lo mismo…

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PERFIL
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Tras diez años ocupándome de otros menesteres, decidí dar un giro a mi vida y dedicar mi tiempo a viajar y escribir, las dos cosas que más disfruto. Que pueda hacer de esto un modo de vida está por ver, pero en el trayecto, que me quiten lo bailao, que decimos en España. Tras recorrer el Camino de Santiago a pie desde mi tierra, Aragón, me embarqué en una aventura que me llevó a descubrir Asia durante medio año, y ahora estoy haciendo lo propio en Suramérica. Con la excusa de la pelota como hilo argumental, intento hablar de personas y realidades en los países que visito. Confío en que quienes lean estas crónicas disfruten tanto como yo estoy haciendo protagonizándolas. Se me puede contactar a través de correo electrónico: letamendiontour@googlemail.com o, aquellos que lo usen, seguirme a través de Twitter: @letamendiontour

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