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Fueron quince minutos, pero merecieron la pena. Durante un cuarto de hora asistí en la Bombonera al Superclásico argentino, Boca Juniors vs River Plate. No fue fácil acceder al estadio. El papel estaba vendido desde hacía días y los precios en la reventa eran desorbitados. Me pedían trescientos dólares por una platea que obviamente no estaba dispuesto a pagar. En torno al mediodía llegué a la Glorieta de Quique, el asador que regentara el fundador de la 12, la Barra Brava de Boca Juniors, y cuyo labor continua su hijo y su familia en la actualidad. Me habían invitado para disfrutar del ambiente previo al partido y acepté encantado. Tenía que estar temprano porque a partir del mediodía la policía, pese a que la presenciaba de hinchas de River no estaba permitida, iniciaba el operativo de seguridad: tres anillos vallados que impedían acercarse al coliseo xeneize a todo aquel que no tuviera localidad para presenciar el partido. Había conocido al hijo de Quique un par de semanas atrás. Había intentado conversar con él acerca de los orígenes de la 12 en un par de ocasiones. Con poco éxito, a decir verdad. A la tercera fue la vencida y mantuvimos una interesante conversación sobre los orígenes de las hinchadas en la Argentina, conversación que fue hasta las entrañas del problema que todo lo emponzoña a día de hoy y que amenaza con destruir el fútbol en el país, si no lo tiene ya herido de muerte.

Los precios que me estaban pidiendo por una entrada eran una parte del problema. La Barra obtenía entradas del Club y después las revendía a precios exagerados. Pero no era ésa la única fuente de financiación. El dinero que se recaudaba por aparcamiento en la calle en los días de partido, el dinero que pagaban quienes tienen un puesto ambulante, ya sea de comida o de artículos del club como camisetas, bufandas y banderas. Incluso es un secreto a voces que algunos de los jugadores contribuyen a las arcas de los líderes de las Barras con dinero para no ser molestados o para conseguir que los cánticos que reciben desde la popular no sean especialmente dañinos, aunque el jugador de turno esté jugando de manera horrible. Como me comentó el hijo de Quique, el fútbol mueve en la Argentina mucho dinero que no se ve, y hay gente no está dispuesta a renunciar a eso.

Unas semanas antes del Superclásico, Boca Juniors naufragaba en el Campeonato. Los jugadores estaban en el disparadero, especialmente Riquelme, a quien se le acusaba de crear mal ambiente y de no jugar ni a las tabas. Dos días antes de un partido crucial ante Racing de Avellaneda, los jugadores y el cuerpo técnico organizaron un asado en la Bombonera. A mitad de la reunión apareció el líder actual de la Doce, seguido de sus lugartenientes. Nadie los había invitado, pero nadie les impidió el acceso, ni tampoco les emplazó a que abandonaran el lugar. Ellos se sentaron como si nada, comieron y bebieron como si aquello fuera una reunión de amigos. En un momento dado el líder de la Barra dio un puñetazo en la mesa y se hizo el silencio. Exclamó que aquello no podía seguir así, que había que ponerle más huevo o de lo contrario iban a venir los problemas. Después abandonaron la reunión. Faltaban escasas cuarenta y ocho horas para que los destinatarios de aquel mensaje, los mismos que no le ganaban a nadie, derrotaran a Racing de Avellaneda en su cancha. Si no le fuera tan bien con la Barra, el líder de la Doce se podría dedicar al “coaching” y a la motivación de grupos. Seguro que mal tampoco le iba a ir…

glorieta

 

Cuando llegué a la Glorieta de Quique ya había bastante gente en su interior. Fuera llovía a mares, e incluso se rumoreaba que el partido podía ser suspendido por culpa de la acumulación de agua sobre el terreno de juego. En el Asador ya estaban a pleno rendimiento, despachando choripanes, bocadillos de lomo y preparándose para lo que a buen seguro se les venía encima después. La mayoría de gente que había en el interior del local, por no decir todos, no tenían localidad para el partido. Algunos almorzaban y otros simplemente tomaban posiciones para lo que iba a ser un largo día con un único objetivo: acceder a la Bombonera sin entrada. Al rato llegó la Policía Federal y ordenó que todo el mundo saliera del Asador con su localidad en la mano. Por fortuna yo estaba invitado, y no tuve que abandonar el local. La gente se fue, obviamente sin nada en la mano, por lo que fueron conducidos por la policía fuera del anillo de seguridad. Para mi sorpresa, algunos de ellos volvieron al rato a la Glorieta de Quique, lo cuál me vino a corroborar que uno puede cruzar los tornos de seguridad e incluso acceder al estadio sin entrada si tiene los contactos adecuados, paciencia y un poco de guita con la que provocar destellos cegadores que impiden ver al amo del calabozo quién se está colando delante de sus narices.

Eso es lo que empezaron a hacer una hora antes del partido algunos hinchas que se arremolinaban en las puertas de acceso a la grada popular donde nos encontrábamos, enfrente de la que suele ocupar la 12. De repente uno de los porteros hacía una señal, y grupos de jóvenes y no tan jóvenes, se lanzaban a la carrera hacia las puertas. Unos entraban sin pagar y los más adultos entregaban el equivalente a unos treinta dólares al encargado del acceso, un tipo de tez oscura y de un tamaño que pareciera fueran dos. La policía miraba para otro lado, lo cuál me hizo pensar que también estaban en la pomada, y cuando la situación se desmadraba un poco iban a la puerta y sacaban a un par de los que se querían colar. En el camino, obviamente, habían entrado cincuenta.

Al comienzo del partido, el gordo encargado de los accesos, se sentó al lado de una de las puertas para hacer algo de papeleo. Desconozco si era parte de su trabajo o en realidad estaba apuntando a cuánta gente había dejado pasar y cuánto dinero se iba a embolsar por ello. Pensé que aquella era la mía y me dirigí a él con paso firme. Me presenté, por aquello de romper un poco el hielo, le conté que era español y que me moría por presenciar el Superclásico, aunque sólo fuera por una vez en mi vida. Le pregunté si había alguna posibilidad de acceder al estadio. No sé si me falló el decirle que era español, o la proximidad policial, pero me contestó que ninguna. No estaba dispuesto a dar mi brazo a torcer tan fácilmente y, como en las películas, le comenté que tenía algo de dinero para que todo fuera más fácil para todos. Él, el mismo al que había visto poner la mano y recibir dinero de media humanidad, se vino a poner ético justo conmigo: “no papá, si no es por la plata”….

Seguí el partido por la radio en la Glorieta de Quique y a ratos salía a la calle para escuchar los cánticos de la hinchada de Boca. River se adelantó en la segunda parte y al poco le igualó Boca. Ése fue el momento. Quedaban escasos veinte minutos para la conclusión del partido, un partido que finalmente perdería Boca en los últimos compases de juego. Un numeroso grupo de adolescentes, con rasgos andinos, se arremolinaban alrededor de las puertas de acceso. Me acerqué a ellos. En la puerta había un empleado del club y al lado un par de uniformados. Los chavales se fueron acercando poco a poco a la puerta, movimiento que imité, no diré que camuflado porque les sacaba a todos dos cabezas y mi tez era bastante más clara que la de ellos. En un momento dado uno de los chicos pegó un grito e inició la carrera. Todos le siguieron en avalancha y yo no fui menos. El portero, como si estuvieran por tirarle un penalti, se movió a derecha e izquierda con los brazos extendidos, tratando de parar aquella avalancha humana mientras aquellos jóvenes le superaban por todos los lados. Yo entré el último, cosas de la edad y de la perdida de esa punta de velocidad que me acompañaba en el pasado, y mientras lo hacía quise percibir en la mirada de aquel encargado de seguridad un pensamiento. Algo así como: “que pasen los chicos vale, pero vos, pelotudo, ¿no sos un poco grande para andar boludeando?…

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PERFIL
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Tras diez años ocupándome de otros menesteres, decidí dar un giro a mi vida y dedicar mi tiempo a viajar y escribir, las dos cosas que más disfruto. Que pueda hacer de esto un modo de vida está por ver, pero en el trayecto, que me quiten lo bailao, que decimos en España. Tras recorrer el Camino de Santiago a pie desde mi tierra, Aragón, me embarqué en una aventura que me llevó a descubrir Asia durante medio año, y ahora estoy haciendo lo propio en Suramérica. Con la excusa de la pelota como hilo argumental, intento hablar de personas y realidades en los países que visito. Confío en que quienes lean estas crónicas disfruten tanto como yo estoy haciendo protagonizándolas. Se me puede contactar a través de correo electrónico: letamendiontour@googlemail.com o, aquellos que lo usen, seguirme a través de Twitter: @letamendiontour

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