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colo colo

Colo-Colo, el actual campeón chileno, suspendió sus celebraciones debido al incendio que asoló a mediados de Abril parte de la ciudad de Valparaíso. Habían conseguido el título un día después de que se declarara el incendio, y por respeto a los damnificados, muchos de ellos, con seguridad, simpatizantes del club, decidieron suspender los festejos programados. La casualidad quiso que me encontrara en Chile para asistir a otro clásico futbolístico del Continente, el derbi entre Coco-Colo y Universidad de Chile, que ganaron los primeros a domicilio una semana antes de los trágicos hechos que en estas líneas se refieren y que les serviría el título en bandeja. En el momento de declararse el incendio me encontraba a tan sólo cuarenta kilómetros, en Olmué, un pueblito de la Cordillera de la Costa hasta donde llegaban las inmensas columnas de humo procedentes de Valparaíso. El Lunes por la mañana, dos días después de que se declarara el incendio, algunos focos seguían activos en los cerros que gobiernan la ciudad portuaria, y decidí acercarme para cubrir la noticia e intentar publicar la información en algún medio de comunicación de España.

En contra de lo que cabía esperar, lo que me encontré en Valparaíso fue lo menos parecido a una respuesta coordinada y efectiva por parte de las autoridades ante un desastre de proporciones considerables. Muchas personas, sobre todo de los sectores más desfavorecidos de la ciudad, perdieron todas sus propiedades y fue un auténtico milagro que sólo unos pocos de ellos perdieran la vida. En el centro de la ciudad la respuesta corrió a cargo de personas anónimas que se organizaron en las plazas para hacer acopio de alimentos y bienes de primera necesidad. A las tareas de los bomberos, voluntarios en Chile, se unieron cientos de voluntarios, en su mayoría jóvenes, provistos de sencillas mascarillas y armadas con palas que habían comprado con su propio dinero. Todo para intentar ayudar a sus semejantes, aquellos que de la noche a la mañana lo habían perdido a todo.

Frente a ellos, la otra parte de la ciudad, personas que hacían vida normal, ajenos a lo que pasaba a unos centenares de metros, y las autoridades, sobrepasadas por los acontecimientos e incapaces de ofrecer soluciones de emergencia a aquellos que precisaban de su ayuda. Rápidamente olvidé aquello que me había llevado hasta Valparaíso y decidí unirme a aquellos que habían decidido hacer oídos sordos a la indiferencia y arrimar el hombro para hacer frente común al fuego y a sus consecuencias. Fue un día de contrastes, en el que, entre viaje y viaje subido a los camiones conducidos por héroes anónimos que subían a los cerros desafiando el peligro para llevar ayuda a los damnificados, tuve la sensación de estar en dos ciudades diferentes. En realidad, dejé Valparaíso con la duda de si aquello no eran sino dos países conviviendo en uno: aquellos abandonados a su suerte por su propio gobierno, pero que por contra recibían la solidaridad de la mayoría de sus vecinos y semejantes, y unos pocos que miraban para otro lado y consideraban que aquello que estaba pasando en los cerros de Valparaíso no iba con ellos. Dejé la ciudad, aún con la cara ennegrecida, pensando que afortunadamente los primeros eran más, pero que lamentablemente los segundos eran más influyentes.

valpa

Tuve la suerte de compartir aquella experiencia con decenas de héroes anónimos. Paola, aquella pescatera enorme, con apariencia de gitana española, que coordinó a sus compañeras en la pescadería y juntas organizaron toda la ayuda que ciudadanos anónimos fueron dejando de manera desinteresada en la Plaza Sotomayor. Pasé la mayor parte del tiempo con Pancho y Diego, dos músicos, y Ariel, profesor, todos ellos de Santiago. El día anterior, al ver las dimensiones de la tragedia y comprobar la inacción de las autoridades, decidieron agarrar el coche de uno de ellos y conducir hasta Valparaíso. Llegaron a la ciudad en la madrugada del día en que yo los conocí, y habían pasado toda la noche subiendo a los cerros con ayuda. No habían pegado ojo y prácticamente no habían comido nada, por lo que al mediodía decidí ir con ellos a llevarnos algo al gaznate.

Nos adentramos en una de las calles que salían de la Plaza Sotomayor, llena de restaurantes y sitios para comer cualquier cosa, hasta que dimos con un lugar llamado el «Poder de Dios», un local de comida rápida que desprendía un fuerte olor a fritanga y del que yo pasé de largo asumiendo que era obvio que no íbamos a comer ahí. Los chicos, quizá apurados por la economía de guerra propia de la edad, se detuvieron en la entrada del local, una pequeña cocina con unas mesas y taburetes mal dispuestos en el exterior, con paredes adornadas con reclamos para estudiantes, borrachos y gentes de mal vivir: papas fritas, empanadas, churrascos y perritos calientes que ahí llamaban Transantiago. Respiré hondo y pensé que me iba a hacer falta todo «el Poder de Dios» pero para hacer la digestión.

Al local, atendido por Marcial, un cocinero descendiente de vascos, le sobraban las descripciones. Los guionistas de «Pesadilla en la cocina» lo hubieran descartado para evitarle el ataque epiléptico a Chicote, el conductor del programa. Para acceder al baño había que atravesar la cocina. Eso ya hubiera sido suficiente para que le hubiera dado una vahído a un inspector de sanidad. Pese a que el concepto no era ése, a través de un cristal se veía lo que nos estaban cocinando, como si estuviéramos en un restaurante con estrellas Michelin. Mientras preparaban nuestra comida, el asistente de Marcial agarró un recipiente que contenía lo que a mí me pareció una salsa marrón de carácter indeterminado. Antes de verterla sobre los ingredientes, se acercó el contenido a la nariz. Esperó unos segundos y la volvió a oler para después regar de manera generosa lo que se estaba friendo en nuestra sartén: pollo, salchicha y huevo, a los que añadió a continuación patatas fritas, mientras yo notaba que se me aceleraba el pulso y que respiraba con dificultad. «Esto va a ser el humo de los cerros, que te ha agarrado al pecho» – me dije para tranquilizarme…

Como suele pasar cuando nos dejamos llevar por los prejuicios, aquella comida preparada con mimo por Marcial, resultó ser más que aceptable y cumplió su propósito de reponer fuerzas a un módico precio tras la extenuante mañana que habíamos llevado. Me pregunté si el secreto estaría en aquella salsa marrón. El cocinero de origen vasco salió de la cocina y nos confesó que de normal las raciones no eran tan generosas y que había cocinado con todo su amor, en reconocimiento a nuestra labor desinteresada para ayudar a las víctimas del incendio en Valparaíso. Mis acompañantes le hicieron saber que yo era español, y Marcial, conmovido, y en señal de agradecimiento, quiso recitar en mi honor un poema que, dedicado a la ciudad que le vio nacer, escribió hace veinte años y que publicó en su día el periódico chileno El Mercurio. Le confesé al cocinero que sería un honor poder escucharle y él se arrancó, ni corto ni perezoso, para orgullo agradecido de un servidor, sorpresa de los presentes y desconcierto de los transeúntes que pasaban por la puerta del local y que le veían declamando subido a un taburete…

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PERFIL
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Tras diez años ocupándome de otros menesteres, decidí dar un giro a mi vida y dedicar mi tiempo a viajar y escribir, las dos cosas que más disfruto. Que pueda hacer de esto un modo de vida está por ver, pero en el trayecto, que me quiten lo bailao, que decimos en España. Tras recorrer el Camino de Santiago a pie desde mi tierra, Aragón, me embarqué en una aventura que me llevó a descubrir Asia durante medio año, y ahora estoy haciendo lo propio en Suramérica. Con la excusa de la pelota como hilo argumental, intento hablar de personas y realidades en los países que visito. Confío en que quienes lean estas crónicas disfruten tanto como yo estoy haciendo protagonizándolas. Se me puede contactar a través de correo electrónico: letamendiontour@googlemail.com o, aquellos que lo usen, seguirme a través de Twitter: @letamendiontour

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