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Es usted muy simpático, le agradezco el cumplido. La verdad que no me gusta salir desarreglada, siempre he sido muy coqueta. Usted termine de escribir sus notas que yo le espero leyendo esta revista de decoración. Así que con la excusa del fútbol, escribe usted historias sobre personas de los países que visita y las publica en un periódico colombiano. Interesante. Si me preguntan a mí, el Mundial quiero que lo gane Brasil o el Barcelona. Son los que más me gustan. Juegan muy bien a la pelota. Porque el Barcelona es ese equipo español que viste de blanco, ¿verdad?. Ah, ése es el Real Madrid. Bueno, pues entonces quiero que la gane Brasil o el Real Madrid…

Cuando volvimos a Francia, tras veinte años en Chile, la Segunda Guerra Mundial acababa de terminar en Europa. A mi padre le fue muy bien como ingeniero de minas en Suramérica, y al regresar a París nos establecimos muy cerca de los Campos Elíseos, en la casa de un Conde. Mi madre quería me casara con él. El Conde suspiraba por mí y me cortejó durante un tiempo, pero qué quiere que le diga, a mí me resultaba un aburrido de tomo y lomo y no estaba dispuesta a ser su florero, ni tampoco el de nadie.

Oiga, si piensa que le voy a estar esperando toda la tarde está muy equivocado. ¿Me va a sacar a tomar un vino o no?. ¿Le han dicho alguna vez que es un hombre que se hace esperar mucho y a que a una mujer no se le puede tener esperando?…

En la boda de mi hermano, unos años después de nuestro regreso a Francia, conocí al que después sería mi marido. Mi hermano se casó con una argentina que era más tonta que mandada a hacer de encargo y con ella, aparte de la familia, llegó un séquito de variadas amistades. Durante la ceremonia percibí que desde el banco de atrás llegaban susurros y risas ahogadas y sin vacilar me giré y les pedí que hicieran el favor de ubicarse, que estábamos en una Iglesia y se estaba celebrando un matrimonio, y que los chistes los dejaran para el banquete. Todos se quedaron sin habla y no volvieron a abrir la boca. Uno de ellos era mi futuro marido, quien después me anduvo buscando por todos los rincones para que bailáramos juntos…

Bueno, ¿dónde me va a llevar?. La Plaza Foch me parece una opción estupenda. Es uno de los lugares más entretenidos de Quito. Hace poco le propuse a mi cuñada alemana que fuéramos ahí y ella me replicó que estaba loca, que ahí no había mas que gente joven y borrachos. Que se vaya a la porra. Los alemanes son unos sosos, oiga. Y a ella la tiene que ver. Más gorda no puede estar. Tiene un trasero que parece una plaza de toros. Cada vez que voy a su casa y abro la nevera me caigo de culo. Ni se imagina la variedad de tortas y pasteles que guarda en el refrigerador. No me explico como aún no tiene diabetes…

En aquella época no existían los teléfonos ni las formas de comunicarse de ahora, y tras el matrimonio de mi hermano la única manera de estar en contacto con el que después sería mi marido era mediante carta. Mi madre dejó en Chile una cantidad importante de plata y mantelería que no incluyó en la mudanza a Francia y un tiempo después de la boda de mi hermano me encargó que fuera a buscarla. Tomé un barco y me planté en Santiago para arreglar todos los temas, al tiempo que aprovechaba para ver a antiguas amigas. En el viaje de regreso y antes de que atracáramos en el puerto ecuatoriano de Manta para una breve escala técnica, el capitán me hizo llamar al puesto de mando para comunicarme que un alto cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores del Ecuador me estaba esperando en el muelle. No me pregunte cómo sabía que viajaba en aquel barco ni el día de nuestra llegada, pero cuando arribamos ahí estaba mi futuro marido esperándome en la escalerilla. Había venido desde Quito con la avioneta de un amigo para pedirme que me casara con él…

Este vino me gusta. Ahora, una cosa le digo, esta tortilla española es de todo, menos española. Menuda mierda. Me encanta la comida de su país. Si es cierto lo de sus habilidades culinarias, que aún está por ver, espero que la próxima vez que venga a Quito me cocine una paella…

Tras aquel breve encuentro en el puerto ecuatoriano de Manta, proseguí mi viaje. No podía tomar una decisión tan importante a la ligera y le respondí al que después sería mi marido que me lo tenía que pensar. Además, él estaba casado con una ecuatoriana de la que tenía cuatro hijos y le anticipé que si antes no arreglaba sus asuntos no tenía nada que hacer conmigo, porque yo no iba a a ser ni la amante ni la concubina de nadie. Al llegar a París tenía la decisión más o menos tomada y la comenté con mi madre. Me gritó que estaba loca y que no contara con su apoyo para semejante aventura. Ella siempre quiso que me casara con un francés y de buena posición a ser posible. Pero eso es lo que quería ella, no necesariamente lo que quería yo. Por aquella época me había postulado para ser azafata de vuelo, que es lo que siempre me había gustado porque me encantaba viajar. La aviación comercial comenzaba a desarrollarse y había trabajo para mujeres en aquel sector. Pese a mi empeño, rechazaron mi candidatura porque, aunque bien parecida, era un poco bajita. Así que si me faltaba algún motivo para terminar de animarme y contraer nupcias con aquel ecuatoriano, agarré un nuevo barco rumbo al Perú, que era el país al que acababan de destinar a mi futuro marido.

Oiga, ¿es el vino, mis cataratas o hay una niebla de tres pares de narices en la Plaza? Bueno, usted ha bebido lo mismo que yo, así que mejor vamos a preguntarle al mozo. Disculpe señor, ¿son los efectos del vino que nos ha servido o no se ve un carajo en la Plaza por culpa de la niebla?…

Cuando llegué al Perú mi marido estaba en los últimos trámites para separarse de su esposa. En lo que interpreté como un último intento para recuperarle, recibí, para mi sorpresa, una llamada de su mujer en el hotel donde me hospedaba en Lima. Quería hablar conmigo y me citó en unas playas algo retiradas de la ciudad. Desconozco si le movían oscuros intereses para que el encuentro fuera en un sitio apartado y tranquilo, (yo, por las dudas, sabía nadar), pero no le di opción y le contesté que no tenía ningún problema en conversar con ella siempre y cuando fuera en la Embajada del Ecuador. Aceptó y nos encontramos ahí al día siguiente. Por darle la versión corta de la historia y no aburrirle, le diré que yo venía estupenda de París, con una dieta que había hecho que no se puede usted ni imaginar, y arreglada a conciencia para aquel encuentro. Ella, por contra, venía con un poncho horrible y sin peinar, con eso se lo digo todo. La conversación fue breve y algo desagradable. Ella insinuó que yo quería a su marido por su estatus, que era una lagarta, vaya, y yo muy digna le contesté que ni se le ocurriera faltarme al respeto, y menos por ese motivo, porque a lo mejor ella era la primera vez que dejaba su país pero yo ya había recorrido medio mundo sin necesidad de su marido. Zanjé la conversación concluyendo que ya no tenía nada más que hablar con ella y a los pocos días me casé con el que fue mi único marido y gran amor…

Sí, claro que quiero más. Pero sólo hasta la mitad de la copa o me tendrá que llevar al hotel en brazos. La verdad que estoy a gusto y debe saber que eso no me acontece con cualquiera. Cuando le comenté a mi hija que salía con usted a tomar algo no se lo podía creer, porque yo de normal no acepto invitaciones. Me llama el grupo de mujeres de la Embajada Francesa para que vaya a cócteles y siempre las despacho con excusas peregrinas. Cualquier cosa con tal de no aguantar a esa cuadrilla de chismosas. Ni tampoco quedo mucho con mi grupo de amigas de Quito porque sus temas de conversación cada vez me aburren más. Pero usted me ha caído bien, así que no se ría y considérese todo un privilegiado…

Con mi marido tuve a mi hija y la verdad que puedo decir que nuestro matrimonio fue feliz. Mi marido fue un buen esposo y disfrutamos mucho de la vida en los diferentes destinos que él tuvo: México, Perú y Chile. Los hijos que mi marido tuvo en su anterior matrimonio nunca me aceptaron. Bueno, yo siempre creí, que más que a mí, lo que nunca aceptaron fue el divorcio de sus padres. La verdad que me lo hicieron pasar mal. No es fácil estar en un sitio que te es tan ajeno y sentir ese rechazo. Por el lado de mi familia tampoco tuve apoyo, porque mi madre nunca aceptó que me casara con un ecuatoriano. Por si todo aquello no fuera suficiente, al poco de casarme me enteré que mi padre había fallecido. Había ocurrido dos meses antes en un país africano al que había ido a trabajar de ingeniero de minas y cuyo nombre no recuerdo. Quizá lo he borrado de mi mente sin darme cuenta por la tristeza que me causó. En aquel momento no era tan fácil localizar a la gente y yo vivía en el Perú, por eso transcurrieron un par de meses hasta que la trágica noticia me fue comunicada. Me dolió mucho que ése fuera el final y no haber tenido siquiera la oportunidad de despedirme de mi papá. Como ve el camino no fue fácil pero salí adelante. Cuando nos mudamos al Ecuador, tras nuestro paso por el Perú, la familia de mi marido y sus amistades estaban convencidos de que no aguantaría ni tres meses en el país, que a los pocos días saldría corriendo, y aquí estoy tomándome un vino con usted en el centro de Quito, ¿qué le parece?. Hay una cosa que puedo decir a mi edad que considero muy importante y es que, pese a las dificultades, he hecho en esta vida más o menos lo que me ha dado la gana, y eso no me lo quita nadie…

Le engañaría si le dijera que no extraño a mi marido cada día que pasa y que no termino de acostumbrarme a la soledad. No me volvería a casar, pero no me importaría tener un compañero. La verdad que algunos pretendientes tengo, pero me tiene que gustar un poco, ¿no cree usted? Para acabar con el primer tonto que pase por delante siempre hay tiempo. Últimamente todo el mundo está empeñado en que pase de nuevo por la vicaría. Hace poco fui al médico que me atiende regularmente porque estaba un poco baja de ánimo y me vino con el mismo cuento. Y yo no tuve reparo en replicarle que no le pagaba para que su diagnóstico fuera que la solución a todos mis males sea que me vuelva a casar. Que se vayan a la porra todos…

Bueno, vamos yendo que ya está haciendo un poco de frío aquí. Muchas gracias por la invitación y por la compañía. La verdad que hacía tiempo que no hablaba de todas estas cosas y venía necesitando compartirlas con alguien. Ha sido muy amable. Voy a dejar mi dirección con usted y si regresa por Quito le voy a invitar a almorzar. Y también se la dejo para que cuando alguna mujer le eche el lazo me escriba una carta. No quiero que ponga nada en esa carta, simplemente una palabra: «caí»¿Me hará usted ese favor?…

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Tras diez años ocupándome de otros menesteres, decidí dar un giro a mi vida y dedicar mi tiempo a viajar y escribir, las dos cosas que más disfruto. Que pueda hacer de esto un modo de vida está por ver, pero en el trayecto, que me quiten lo bailao, que decimos en España. Tras recorrer el Camino de Santiago a pie desde mi tierra, Aragón, me embarqué en una aventura que me llevó a descubrir Asia durante medio año, y ahora estoy haciendo lo propio en Suramérica. Con la excusa de la pelota como hilo argumental, intento hablar de personas y realidades en los países que visito. Confío en que quienes lean estas crónicas disfruten tanto como yo estoy haciendo protagonizándolas. Se me puede contactar a través de correo electrónico: letamendiontour@googlemail.com o, aquellos que lo usen, seguirme a través de Twitter: @letamendiontour

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