Nuestros perros

En la entrada del parqueadero de un centro comercial bogotano – del que acá no se revelará el nombre – un cartel acoge a los que llegan en carro y paran justo en el límite entre la rampa y la barra, en ese lugar que está entre el control de seguridad y el laberinto oscuro del parqueadero, donde tendremos que buscar un puesto libre. Se trata de un cartel con rasgos infantiles, probablemente para ser lo más amable posible con el conductor y su compañía. Para no ofenderlo, no turbarlo, no ponerlo de mal genio. Su carácter entonces es preciso y discreto, legible pero no imperativo.

Esta es la descripción a grandes rasgos: en la parte inferior a la derecha, el dibujo muestra una camioneta vista desde atrás, mientras que el lado inferior izquierdo está ocupado por un gran perro marrón, con collar y capul, los ojos pequeños y la nariz brillante. Sin duda: un perro enorme pero amable que por cierto amaríamos si por alguna casualidad nos encontráramos con él. En la parte superior de la imagen, leemos en cambio el siguiente texto: por la salud / de nuestros perros / por favor / apaga / el motor de / tu vehículo / mientras lo revisamos.

Muy sencillo y muy claro: la imagen, su texto y el cartel en su totalidad tienen un mensaje que podría entender hasta un niño y por lo tanto también – a mayor razón – cualquier conductor bogotano. Tenemos que apagar el carro mientras nos lo revisan, puesto que el humo que emitimos por nuestros exostos puede perjudicar la salud de estos perros, cuyo trabajo ingrato es el de protegernos, justo en la puerta del infierno, es decir en la entrada de los parqueaderos de los centros comerciales.

Como ya dije, el carácter amable, un poco infantil y seguramente cómplice del cartel, aseguran el éxito de su orden (porque de una orden se trata). Ya oímos el coro de los niños en los asientos posteriores, pidiendo al papá que apague el carro. Pobre perrito, tantos gases podrían hacerle daño.

los trabajadores desaparecen y nadie se da cuenta

Muy bien: el cartel y su forma de ser logran dos objetivos: hacer que los conductores no rezonguen cuando el guardia se acerque a la ventanilla pidiéndoles, por favor, que apaguen el motor; y salvar la salud de nuestros perros, trabajadores incansables y quizás desprovistos de Eps.

Fijémonos en el posesivo: nuestros. ¿De quién? Quien habla – en el cartel – es el mismísmo centro comercial y los perros por lo tanto son de él o de su empresa de seguridad. Sin embargo, gracias a la infantilización de la orden, cualquier persona se siente llamada a proteger estos animales y hacerse cargo de ellos. Son del centro comercial, pero un poco de todos nosotros.

Hasta ahora, nada parece fuera de lugar, más aún, nada está en absoluto fuera de lugar. Casi ni nos damos cuenta de lo que este cartel nos está diciendo y pone en juego: una cruel discriminación social o más bien, como sucede con frecuencia, una desaparición social. Me explico: si del cartel bajamos la mirada hacia el piso para buscar cómo son en la realidad los perritos que trabajan y controlan, nos damos cuenta que los perros nunca están solos. Bien amarrados y guiados, un poco más feroces que en el dibujo, siguen las ordenes de los guardias, hombres y mujeres en uniforme.

Volvamos a subir la mirada hacia el cartel: no, evidentemente en el dibujo no hay rastro de estos hombres y mujeres. ¿Dónde desaparecieron? ¿Por qué? ¿Estarán de alguna manera escondidos en los pliegues de ese nosotros? ¿o de nuestros perros? Una duda nos sobrecoge: ¿será que solamente los perros sufren de las emisiones venenosas de los exostos? ¿Serán inmunes los guardias? Por lo que yo sé, la respuesta es negativa, perros y personas respiran el mismo aire por un número excesivo de horas al día.

Unas conclusiones: el centro comercial no está para nada interesado en la salud de los perros, pero prefiere evitar el uso de un cartel que diga (en rojo): ¡apaga tu vehículo! Quiere tocar la sensibilidad de las familias de paseo por los centros comerciales. Lástima que el resultado ponga en escena una discriminación tan burda (salvemos los perros, no los humanos).

Segunda conclusión: algún creativo quizás propuso mover la sensibilidad del público y escribir “por la salud de nuestros perros y guardias / por favor / apaga etc. etc.” Seguro lo censuraron: no hay que dar la sensación que nuestros trabajadores estén en condiciones que afecten su salud. Además, suena mal igualar hombres y perros.

Tercera conclusión: los trabajadores desaparecen y nadie se da cuenta. Sanos o enfermos, llenos de energía o cansados, son menos que un perro y hasta menos que una máquina (puesto que a veces, en esos mismos centros comerciales, parqueaderos o supermercados su función es la de extraer el tiquete de la emisora y acercarlo a nuestra mano, para evitarnos un desgaste inútil de energía). Invisibles fantasmas.

alessandramerlo