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Colombia llora la tragedia que este fin de semana borró varios barrios de Mocoa en el departamento de Putumayo, tras el desbordamiento de los ríos Mulato, Sancoyaco y Mocoa. En solo tres horas llovió un tercio de lo que llueve en todo el mes de marzo en ese municipio.
Al momento de publicar esta columna la cifra oficial de personas muertas ascendía a 279, pero aún hay numerosas desaparecidas. Las acciones de búsqueda y rescate, así como la atención a heridos y damnificados y los planes de reconstrucción de la zona afectada son necesarios, pero igual de importante es entender qué ocurrió y por qué, para evitar que algo así vuelva a ocurrir allí en Mocoa o en otras regiones con riesgos similares.
No es suficiente con decir que se trató de un desastre natural, tampoco se puede culpar a la naturaleza de la deforestación, de la pobreza, del uso inadecuado de los suelos o de la desidia oficial.

Mocoa

El imponente río Mocoa a su paso por el municipio del mismo nombre.

El hecho se hubiera podido evitar, o al menos el drama humano habría sido menor, si las autoridades no hubieran respondido tardíamente a las alertas tempranas, porque la avalancha de este fin de semana es, como ya es habitual en nuestro país, una tragedia anunciada. Desde hace muchos años hubo llamados de las comunidades, así como informes y advertencias de las autoridades ambientales que anticipaban lo que ocurrió. Veamos algunos de ellos:

En agosto de 1989, el antiguo Instituto Colombiano de Hidrología, Meteorología y Adecuación de Tierras (HIMAT) publicó un informe en el que advertía que la cuenca sobre el río Mulato de Mocoa “es erosionable, con fuertes lluvias, arrastrando una mezcla de agua y material de acarreo. Esta masa adquiere, con la pendiente, una violencia extremada, ocasionando desastres en su recorrido”. Entre las principales recomendaciones estaban la repoblación forestal para que el terreno no quedara suelto y para que no fuera fácilmente arrastrado por las aguas, y la construcción de muros de protección con piedra dura para proteger las laderas contra la violencia de la corriente.
Más tarde, en 2011, un estudio sobre las amenazas fluviales en el piedemonte amazónico colombiano, publicado por la Universidad Nacional, concluyó que con base en la fotointerpretación geomorfológica de las imágenes de satélite Landsat, radar y la interpretación detallada de los sectores de Mocoa, “se estableció que su carácter fluvio-volcánico y torrencial representa para la región, su población y las actividades socioeconómicas que se desarrollan allí una mayor amenaza”.

También el Plan de Desarrollo Municipal 2012 – 2015 identificó el riesgo por desbordamiento como la principal amenaza en la zona rural de Mocoa. E incluso un trabajo de grado del Instituto Técnico de Putumayo presentado en 2013, simulaba el desbordamiento de la quebrada Taruca.

El 19 de octubre de 2014 los habitantes de Mocoa vivieron una noche de pánico luego de que una fuerte lluvia provocara una avalancha que terminó afectando un acueducto comunitario. En esa ocasión hubo susto entre la población que no tenía certeza de lo que ocurría, pero afortunadamente los hechos no pasaron a mayores (Ver reporte de Noticias Caracol).

Y luego de la avalancha de este sábado, el director de la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Sur de la Amazonía (Corpoamazonía), Luis Alexander Mejía, manifestó que “hace nueve meses los estudios revelaban que algo como esto podía pasar”. Dijo además que Mocoa no tiene actualizado su Plan de Ordenamiento Territorial (POT) que le permita concertar e implementar los determinantes ambientales en la ciudad para no seguir poblando áreas ribereñas.

Todo esto sin contar con los permanentes llamados de la misma comunidad a sus autoridades locales y regionales para que tomaran medidas y minimizaran el riesgo.

En definitiva, se hizo caso omiso a muchas advertencias y una vez más la respuesta fue reactiva y no preventiva. No hubo ni siquiera un plan de evacuación de la población asentada en el cauce del río, a pesar de que el riesgo y la amenaza estaban claramente identificados. Lo peor es saber que la de Mocoa no será la última tragedia de este tipo porque en el país hay muchas comunidades pobres viviendo en zonas inundables o en laderas con riesgo de deslizamiento.

A esto hemos llegado por la letal combinación de negligencia oficial, voracidad de urbanizadores, necesidad de vivienda, deforestación e irrespeto de las leyes naturales.

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PERFIL
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Administrador ambiental de la Universidad Tecnológica de Pereira, con maestrías en urbanismo, del Instituto de Urbanismo de París, y en periodismo, de la Universidad de San Andrés y el diario Clarín de Argentina.

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