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El incendio en el tejado de la catedral de Notre Dame de París es una señal de alerta para reconocer la necesidad de proteger las edificaciones de alto valor histórico, al igual que para generar sensibilidad colectiva real hacia el patrimonio histórico, cultural, artístico y arquitectónico, que se refleje en medidas concretas para su protección, conservación y preservación.

La catedral de la capital francesa fue construida en el Siglo XII y el hecho de mantenerse en pie por más de ochocientos años ha creado la sensación que es una obra eterna. Pero ella y otros edificios históricos no pueden mantenerse radiantes por los siglos de los siglos sin permanentes procesos de mantenimiento y de mejoras que garanticen su seguridad. El patrimonio, por más antigüedad que tenga, no es inmortal.

Foto: Benoit Tessier. Reuters

Foto: Benoit Tessier. Reuters

El Patrimonio Mundial busca preservar el estado original y auténtico de sitios de relevancia para la humanidad y la cultura local. Generalmente la designación de este título está vinculada a lugares de excepcional belleza que las personas consideran que son dignos de conservar en su estado natural.

Como señala la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), el patrimonio es el legado que recibimos del pasado, que vivimos en el presente y que transmitiremos a las generaciones futuras. Está conformado por bienes inestimables e irremplazables de las naciones y su pérdida es invaluable para la humanidad porque cumplen una función de hitos en el planeta, de símbolos de la toma de conciencia de los Estados y de los pueblos acerca del sentido de esos lugares y son emblemas de su apego a la propiedad colectiva.

El incendio de un patrimonio como Notre-Dame no es la excepción, hace apenas siete meses, el 2 de septiembre de 2018, el mundo vio también en directo por televisión como las llamas consumían otro símbolo patrimonial: el Museo Nacional de Brasil en Río de Janeiro, de doscientos años de antigüedad. En ese caso, la conflagración redujo a cenizas aproximadamente el 90% de la colección que estaba compuesta por veinte millones de piezas, entre ellas Luzia, el esqueleto más antiguo que se conocía de las Américas, de 11.500 años de antigüedad, que también fue destruido.

Ambas edificaciones tienen en común que no recibían los recursos suficientes para asegurar su manutención. En el caso de Notre-Dame, edificación que es administrada por el Estado francés, las obras de restauración demoraron más de diez años en comenzar, a pesar de la existencia de informes de la UNESCO que datan del año 2000 que advertían del deterioro de la edificación debido a las tormentas y de otros que sugerían la necesidad urgente de restaurar la gigantesca estructura en madera de los siglos XII y XIII que se encontraba entre las bóvedas superiores y el techo, la cual ardió ferozmente el Lunes Santo.

Tuvo que suceder ese desastre para que le lloviera dinero. Menos de 24 horas después de la conflagración se recibieron promesas de donaciones superiores a 700 millones de euros para restaurar la famosa catedral gótica. Una lluvia de millones en exceso que genera otro tipo de discusiones sobre las prioridades de las sociedades a la hora de demostrar su solidaridad.

Respecto al Museo Nacional de Brasil, este no contaba con seguro sobre su patrimonio ni con brigada contra incendios, había sufrido recortes del 60% de los fondos públicos para su mantenimiento y presentaba problemas de infraestructura, como goteras y filtraciones.

Los incendios también han consumido edificios icónicos como la ópera de Venecia, la Fenice (1996) en Italia; el Liceo de Barcelona (1994) en España; o la parte noreste del castillo de Windsor, en Inglaterra (1992).

A mediados de 2016 y a principios de 2018 varios museos de París que se encuentran a orillas del río Sena, como el Louvre y Orsay, tuvieron que poner en marcha planes de contención y evacuar muchas de sus obras ante la crecida del río Sena y el riesgo de inundación que esto representaba.

Todo esto sin contar con el valioso patrimonio que se ha perdido, ya no por accidentes o por siniestros, sino de forma deliberada en medio de confrontaciones bélicas.

Si estas situaciones difíciles de seguridad y manutención las sienten los patrimonios de gran reconocimiento mundial, qué se podrá decir de sitios menos conocidos que reciben escasa financiación. La mayoría de centros históricos no tienen el poder de convocatoria de Notre-Dame, pero, aun así, ellos hacen parte integral de la identidad de sus territorios.

Estos desastres deben generar reflexión sobre la necesidad de que los gobiernos valoren la herencia cultural de sus territorios y destinen las partidas necesarias que garanticen la preservación de las piezas ante situaciones de emergencia por incendio, inundación, terremoto u otro tipo de desastre natural, porque es más barato prevenir que curar.

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PERFIL
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Administrador ambiental de la Universidad Tecnológica de Pereira, con maestrías en urbanismo, del Instituto de Urbanismo de París, y en periodismo, de la Universidad de San Andrés y el diario Clarín de Argentina.

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