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Seguimos confinados y solo falta que la misma tenebrosa y secreta cofradía que ordenó liberar el coronavirus en el planeta, ordene abrir sigilosamente las llaves del gas de nuestras moradas a las 3:00 a. m.

Y el maléfico plan para acabar con media humanidad y dejarles el camino libre a los iluminados por el anticristo habrá concluido exitosamente. Todo parecerá un accidente, una pandemia, en fin.

Un nuevo orden en el mundo se impondrá y el mal avanzará en su último trayecto antes de que llegue el único capaz de salvar lo poco que haya que salvar. Si es que algo aún queda para entonces.

No es esta sin embargo una columna para especular sobre teorías conspirativas, “profecías divinas” o análisis retorcidos o no, acerca del verdadero origen de la epidemia. Transmito de entrada, sin embargo, una “paranoia” que ineludiblemente cada vez toma más fuerza.

Aterrizando en nuestra cruda y sórdida realidad colombiana, confinados, con la esperanza reducida, el bolsillo apaleado y la incertidumbre disparada, quiero sacarme tres hechos que como “astillas” durante esta cuarentena enconaron mis sentidos  infectando mi cabeza y de las cuales urge hacer algunos puntuales comentarios no solo por el revuelo que llegaron a causar en redes sino por la imperante necesidad de no dejar por nada del mundo que su efecto pase tan rápido.

Tres hechos, tres “gestas”…la primera, aquel penoso capítulo que involucró a un pastor de una iglesia “X” (no me acuerdo su nombre, ni me quiero acordar) que a través de un vídeo en plena cuarentena exhortaba desesperado a su “fieles” a no dejar de pagar el diezmo; el segundo evento, el que mandó a la hoguera a “Las Igualadas” (canal de irreverente o mejor de variada opinión y espectro femenil del periódico ‘El Espectador’) por supuestamente, hacer una apología al “aborto en casa” y, finalmente, me referiré a los múltiples espectáculos grotescos que han dado una sensible cantidad de ciudadanos en todo el país, violando todas las medidas de aislamiento, torciéndole sin asco alguno, el pescuezo a la cuarentena.

Como piezas de ajedrez procuraré mover a discreción y con la filigrana debida mis argumentos evitando caer en un prematuro jaque mate.

Con respecto al programa de “Las Igualadas” que ellas o alguien sin escrúpulos (no sé a ciencia cierta) decidió llamar “aborto en casa” (por lo menos ese fue el hashtag que concentró gran interés unos días atrás), intrigado por el alboroto causado en Twitter y Facebook, e impactado por la manera cómo los conservadores más ortodoxos y los camanduleros más liberales pedían la hoguera para las «indómitas nefandas”, me fui a YouTube a ver la producción aquella. La vi toda.

Una presentación muy al estilo de las Igualadas, descomplicada, directa, ágil, más bien seria porque el tema no exigía otra cosa, y bien fundamentada sobre alternativas viables y confiables para contener a tiempo y de manera responsable un embarazo no deseado, en época de cuarentena en donde aparearse como animales, no es una opción descabellada ni escandalosa para un segmento de la población que, como algunos… adolescentes por ejemplo, adolecen por completo, del sentido de la responsabilidad y el control. Luego la información resultaba útil para muchos otros también, que sin adolecer de tanto, dejándose llevar por el concupiscente arrebato, estaban resueltos a no sobrepoblar más el planeta. Así las cosas “Las Igualadas” advertían de lo que no debería hacerse en esos casos de pánico incitado, y a quiénes recurrir, profesionales “expertos en la materia” capaces de atender a tiempo y con los insumos adecuados, la contingencia en medio de las hondas limitaciones de locomoción decretadas. Lejos de improvisaciones, apologías sectarias o llamados irresponsables a irrumpir abruptamente un embarazo no deseado, respetando cualquier opinión en contrario, me pareció exagerada la reacción de algunos conspicuos y encorvados politiqueros que pescando en río revuelto, crucifijo al cinto, salieron a pedir la cabeza de quienes supuestamente, con “serrucho en mano” querían rasgar y cauterizar.

Pasando al episodio del pastor aquél, que arrasó la tendencia en redes, y sin empacho alguno con asistente abordo subió un vídeo recordando a sus “clientes” que el diezmo era una prioridad más allá de la necesidad; de solo recordarlo mientras escribo estas lineas, las náuseas que empiezo a sentir se tornan inenarrables. Como si lo anterior fuera poco, otro pastorcillo avivato y mendaz, ególatra y codicioso en solidaridad con su colega, escribió algo así como “el presidente debería obligar a la gente a dar el diezmo, de lo contrario, de qué vamos a vivir entonces los voceros de Dios” algo por el estilo, no recuerdo con exactitud; el todo es que, la indignación de la gente, por obvias razones, no se hizo esperar. Mercaderes de conciencias exaltando su tómbola de fe llevándola a insospechados límites de la codicia y el vituperio. Estos eventos de explotación, iglesia, diezmo, y pastores de por medio, expertos mucha veces (no todos claro está) en despreciar las Sagradas Escrituras con sus torcidas interpretaciones, forzosamente me llevan a suponer que fingiendo de doctos en la materia, se esfuerzan no en uniformar humildemente sus ideas con la Biblia, sino en ingeniárselas con invenciones que sirven de texto muchas veces incluso a falsos predicadores. Y las ovejas ignorantes vuelven al redil que es lo peor de todo. O nunca salen de él, mejor dicho. «Los puercos» se engordan con baratas indulgencias y falsas promesas “y engordan otros muchos que son peores que los puercos pagando en moneda sin cuño”, como escribiera Dante Alighieri en el año 1313 aproximadamente.

Y a propósito de Dante en su preciosa Divina Comedia (Capítulo –Canto- XXIX “´Paraíso”), a continuación reproduzco fielmente el siguiente párrafo que cae como anillo al dedo y de cuya vigencia extendida hasta nuestros días, nadie pone en duda:

Cristo no dijo a su primer convento: Andad y predicad patrañas al mundo, sino que les dio por base la verdad; y ésta sonó en sus bocas de tal modo, que al combatir para encender la Fe, solamente se valieron del Evangelio como escudo y lanza. Ahora, para predicar, se abusa de las argucias y bufonadas; con tal de excitar la hilaridad, la cogulla se hincha y no se desea otra cosa”.

Finalmente para referirme a aquellos que han burlado la cuarentena, haciendo fiestecillas a puerta cerrada que más parecen orgías, según algunas imágenes televisadas, o han salido de sus casas borrachos o drogados a envalentonarse con la Policía o a hacer escándalo en la vía pública; se confinaron para trabarse, meter rameras a la casa o pervertir menores de edad, en fin, advirtiendo que la columna se está alargando innecesariamente, solo me limitaré a decirles que ojalá, le contaran más de sus vidas al excéntrico y perspicaz Fernando Vallejo para que se anime a escribir la segunda parte de su exitoso libro “Memorias de un hijueputa”.

(.)

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