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Entiendo que se rasguen las vestiduras por el secuestro, tortura, violación y asesinato de Yuliana; entiendo que todos quieran exponer a través de redes sociales su indignación por la atrocidad con la que el agresor acabó con su vida; entiendo que siempre, ante casos mediáticos, una multitud sale a marchar en favor de los derechos humanos. Todo eso lo entiendo.

Lo que no lograré entender nunca es por qué esa indignación nos dura pocos días; tan pocos que, hasta donde recuerdo, ni siquiera alcanza las semanas. Algunos explican esto como resultado del fenómeno mediático, que va aniquilando noticias conforme pasa el tiempo, pues cada crimen puede ser peor que el anterior.

Pero aquí, hoy, debemos hacer una pausa. El ataque sexual y posterior asesinato de esta pequeña de 7 años debe ser la herramienta para que por fin el Código Penal se fortalezca en materia de delitos que se cometen contra los menores de edad.

Es el momento de definir, como lo han hecho otros países, si el castigo que merece un atacante de estos debe ser la castración química, la cadena perpetua -sin ningún tipo de beneficio- o la pena de muerte.

Esta decisión no da más espera por una sencilla razón: hoy en Colombia cientos de niños y niñas son Yulianas y miles lo han sido en el pasado.

En promedio, cada año el Instituto Nacional de Medicina Legal practica 20.000 exámenes por presunto delito sexual; solo en el 2015 se registraron 22.155. De esa absurda cantidad, 16. 625 (75 por ciento) fueron contra menores de 18 años. Esto sin contar con los pequeños que se comen solos la tragedia, que la afrontan, con valentía, como si fueran adultos.

Pero lo que es aún peor que el número de víctimas es la identidad de esos depredadores sexuales. Según el instituto forense, cerca de la mitad de los episodios son causados por familiares, lo que en otras palabras quiere decir que nuestros niños y niñas están en inminente riesgo dentro de su morada, al lado de supuestos seres que los quieren y los respetan.

Entonces, ¿qué está pasando?

Después de haber escuchado tantos testimonios de mujeres y menores de edad que fueron violentados, puedo resumirles este tipo de episodios con esta frase: la confianza mata y el silencio alimenta la impunidad.

Además de la transformación que el país necesita para que estos casos no se repitan o al menos disminuyan, es vital que los padres -o mejor, las mamás- estén con los ojos bien abiertos, crean en sus hijos, los escuchen y les generen confianza. Así los hijos podrán decir, sin temor, cuando su padrastro, tío, abuelo, primo, amigo de la familia, conocido o desconocido se le acerque para atacarlo, agredirlo y usarlo. Estoy convencida de que hablarles sobre educación sexual es importante, pero no lo único; no me imagino hoy a un niño que no sepa que su cuerpo es sagrado.

Lo que pasa es que los niños también piensan en consecuencias, y por eso pueden negarse a denunciar. Los depredadores sexuales son sigilosos, inteligentes y mentirosos, por eso el niño cae fácilmente .

Dada las circunstancias, al adulto es a quien le corresponde usar las herramientas para defenderlos.

Entiendo que el caso de Yuliana fue distinto, que un desconocido se le acercó, le preguntó algo, seguramente la engaño y luego la secuestro. Pero el desenlace de la historia aquí o allá es el mismo: una agresión sexual no solo marca la niñez del menor, marca su vida, con miedos, inseguridades y desprecio ante muchas situaciones; acaba con la inocencia y deja huellas imborrables.

La víctima nunca será la misma porque aunque físicamente aparenta estar bien, su corazón tiene daños irreparables.

Alcemos nuestra voz y unámonos para que por fin los abusadores sexuales y pedófilos paguen por el sufrimiento de sus víctimas; hagamos lo que sea necesario para que no sigan por la vida como si nada; hagamos que la justicia se ponga en el lugar de esas familias y quiera, tanto como muchos de los colombianos de bien, castigarlos como se lo merecen.

Hagamos algo inteligente: vigilemos a los niños, no los dejemos solos ni un minuto, ayudémoslos y denunciemos. Ningún abusador merece nuestro perdón.

@alejandraPSG

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Comunicadora social y periodista, enfocada en la seguridad, la justicia y el orden público. Psicóloga empírica. Consecuente con mis pensamientos, sentimientos y opiniones. Amo escribir para informar e informar para educar. Amo escribir porque es la mejor cura para el alma. Amo escribir porque las letras hablan de ti y por ti.

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