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Parece que pasar de la inconsciencia al desenfreno se volvió el juego favorito de muchos en redes sociales. ¿Cómo detener las exhibiciones de racismo, polarización política, machismo, sexismo, y todas las formas ofensivas y agresivas que tienen algunas muchas personas para expresarse de otras y de situaciones tan dolorosas como la muerte de los 32 niños en Fundación, Magdalena?

El problema y la solución son transversales a todo el ecosistema de medios, incluidos medios, periodistas y ciudadanos. Y si Twitter y Facebook se suman a esta cadena de medios, como no cabe duda, resulta imprescindible que cada uno asuma responsabilidades y compromisos. Aclaro, no se trata de demonizar el uso de espacios sociales, mucho menos de generalizar y descalificar a quienes los usan de manera masiva. Aún retumba en mi mente la frase que me soltaron días atrás: «Andá, andá y defendé al hacker (@Sacroculto) en la reunión de editores».

En medio de esa animadversión, las culpas suelen recaer en algo que no tiene racionalidad, carácter ni individualidad: las redes sociales como tal. Que personas inescrupulosas creen perfiles «fantasma» o contenido falso con el objetivo de sumar seguidores a un perfil de un político y/o candidato, nada tiene que ver con que haya que darle menos importancia a estos espacios. Todo lo contrario.

Redes sociales: ¿Falta de control o reglas poco claras?

Para empezar, redes sociales como Twitter o Facebook tienen condiciones de uso algo confusas y muchos casos que atender. Que aún se puedan ver los tuits, fotos y videos asociados a la etiqueta que creó el estudiante Jorge Alejandro Pérez para burlarse con infamia del dolor de decenas de madres y familias, debería ser hoy objeto de estudio en el ámbito jurídico colombiano, y no solo motivo de la protesta social que lo obligó a ofrecerle excusas a quienes hirió. Entre otras cosas, no «redifundo» en este espacio las sonadas etiquetas con sus respectivos enlaces, porque Twitter nos sugiere no amplificar (*1) este tipo de contenidos y denunciarlo (*2).

Casos como ese nos demuestran que hay asuntos que deberían ser más prioritarios para los fundadores, empleados y miembros -nosotros- de redes, como el fortalecimiento de los departamentos de políticas de uso en todos los aspectos. Me pregunto, por ejemplo, ¿por qué Twitter aún no elimina el contenido asociado a la etiqueta que creó el joven Pérez y que llegó a convertirse en «trending topic»? ¿Por qué Facebook aún no elimina el video de la tragedia que enluta a Colombia a pesar de que muchos usuarios lo han denunciado?

denunciafb

La solución podría pasar por la contratación de más manos a la hora de recibir alertas sobre este tipo de abusos en las redes. La tecnología es vital para nuestras vidas, pero hay tareas que requieren que seres racionales procesen la información, a no ser de que ya exista el software que sepa diferenciar entre insultos y reconocimientos de manera simultánea: «Álvaro Uribe Vélez es el mejor presidente que ha tenido Colombia, pero es un ‘paraco'», uno de los tantos tuits que he leído por ahí (*3).

¿Hasta dónde llega la responsabilidad de los ciudadanos en redes?

Más allá del reprochable episodio de Pérez, estudiante de Derecho, y dado el uso constante que están teniendo las redes sociales por parte de los usuarios para generar contenidos, informativos o no, periodísticos o no, cabe preguntarse, ¿qué tan «co-responsable» como «corresponsal» debe ser el ciudadano? o, ¿debe haber un código ético para el periodista ciudadano? Todo parece indicar que sí, o por lo menos una guía y directrices claras de quienes administran esos espacios en los que la audiencia suele participar con más libertad que control, lo cual incluye no solo a las redes sociales como tal, sino los foros y lugares de comentarios en un medio digital.

Dice Javier Darío Restrepo, de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, que «quien hace periodismo está fatalmente emplazado por su conciencia a responder por valores como la verdad, la independencia y el servicio a la sociedad, así como por las implicaciones prácticas que de ellos se desprenden». Pues, en mi opinión, esa obligación no solo atañe a los periodistas, sino a los usuarios de redes sociales que son testigos de hechos y los comunican a través de esos espacios.

De manera tal que un ciudadano no puede escudarse en el hecho de no ser periodista, ni este último puede justificar la injuria y la calumnia de un ciudadano, solo porque no trabaja en un medio de comunicación como lo concebimos hoy. Por tal razón, estoy de acuerdo con que existan opciones de bloqueo y/o cierre de perfiles sociales por cuenta del uso indebido de estos espacios. De hecho, Twitter sugiere bloquear a usuarios que transgredan las condiciones que ellos mismos tienen publicadas en su página o, en casos más graves, reportar abusos o amenazas ante autoridades locales. Facebook, con algunos vacíos en su aplicación, también tiene unas normas comunitarias en su página.

Estamos a tiempo de salvaguardar la relativa oportunidad que tenemos de expresarnos con libertad. Si no nos autorregulamos como comunidad, trabajando en equipo con medios y periodistas, muy seguramente no faltará quien proponga leyes que terminen por limitarnos de maneras poco transparentes.

(*1): Publiqué el enlace al diario El Espectador para ejemplificar la difusión del contenido violento publicado por el estudiante Jorge Alejandro Pérez.

(*2) La foto adjunta como denuncia pertenece al perfil de Facebook del usuario JJ Sánchez, quien difunde la respuesta de Facebook a su pedido de eliminar el video.

(*3) Cité el tuit acerca de Álvaro Uribe Vélez como ejemplo.

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Soy Renata Cabrales, @Cabralita, periodista, profesora, viviendo con pasión el mundo de los medios digitales y todo lo implica, sobre todo, aprender de los usuarios. Soy pura Cabrales, pero ni de lejos me acerco a los pies del poeta Facundo Cabral. " no nos distraigan las noticias".​

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