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Comparto este texto del cronista de Rolling Stone Magazine y Revista Donjuan, cedido a este blog para que lo disfruten los lectores de la resonancia.

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Reseña desapasionada y tardía del pequeño y humilde toque de Roger Waters en Bogotá

por Ricardo Abdahllah

Hay conciertos que son conciertos y otros que no lo son. La parada de Roger Waters en Bogotá con su gira Dark Side of the Moon por ejemplo, fue más bien una experiencia religiosa, una comunión de veinte mil almas con un muy discreto y calmado sacerdote que en muchos momentos cedió el protagonismo a los músicos que lo acompañaban y sobre todo a lo que podrían llamarse los elementos de la ceremonia, la puesta en escena que justifica asistir a un show en vivo en lugar de quedarse en casa escuchando los discos o la radio y llevó casi a olvidar los precios exagerados, las tácticas especulativas de los promotores y los problemas de logística a la hora del ingreso.

O a olvidarlos del todo, es poco probable que alguien haya llegado a quejarse.

La Ceremonia, salutación y liturgia de la palabra.

Al sacerdote Waters le gusta la coherencia en sus discos, el hecho de que una línea atraviese todas las canciones de cada álbum, que fue lo que llevó a Pink Floyd a producir en diez años cinco de los mejores álbumes de la historia y también a que la banda se disolviera del todo en el 84. La gira de Dark side está pensada de la misma manera. Desde que una radiola que toca “Johnny B. Good" y “Hound Dog” aparece ocupando la pantalla más grande que se ha utilizado en una gira suramericana, Waters está ya contando una historia, aunque el público ni siquiera sospeche que el show ya ha comenzado. Lo que sigue a las explosiones de “In The Flesh” y al anuncio que Pink no está bien y se quedó en el hotel (como Chucho Merchán, que debía servir como telonero) y ellos los enviaron como banda sustituta, aspira ser una especie de mega concierto conceptual que agrupa no sólo lo mejor de los cinco álbunes conceptuales de Floyd, sino una muestra del trabajo solista de Waters e incluso del Floyd de los primeros tiempos. La tercera canción de la noche fue “Set The Controls for The Heart of The Sun” y la pantalla pasaba de imágenes de fuego a diseños del Floyd más ácido y luego a fotografías de Syd Barret con los que comenzaba el homenaje que se extendía en tres canciones del Wish You Were Here. Para el tema del título desparecían los temas sicodélicos de la pantalla para dar paso a la radiola y la mano gigante cambiando estaciones. A Waters le interesa la radio como tema, por eso la imagen recurrente precediendo a cientos de manos que con los teléfonos celulares en alto transmitían el momento a quienes ellos deseaban que estuvieran allí.

Fin de la primera parte y ningún respiro antes de que Waters, frente al millón de ojos todavía manchados con lágrimas, iniciara su sermón político con temas de Amused To Death y The Final Cut, lo que a larga es una especie de repaso de su carrera solista. Waters se despachó “Southampton Dock” tocando la guitarra acústica con la humildad de un hombre que quiere confesarse y ser escuchado. Si en la primera parte los diseños coloridos del tipo flower power no demasiado alegre habían sido literalmente el telón de foto, en la segunda parte la pantalla mostró verdaderos videoclips pensados exclusivamente para la gira y donde la imagen de George Bush recibió abucheos del público cada vez que apareció. “Tu educación texana te jodió cuando niño” decía la letra de la nueva canción “Leaving Beirut” donde una historieta en la pantalla mostraba a Waters de diecisiete años ayudado por una familia libanesa y servía de karaoke garantizando que el público también cantaría esa canción. Lo siguiente fue “Sheep” con el Parque saltando en las primeras estrofas y quedándose sin aire al prolongar tanto como Waters la palabra final de cada par de frases. Entonces llegó la larga parte instrumental con la grabación clásica del salmo 23. “El señor es mi pastor nada me …”

En ese punto y antes de la mitad del concierto ya era cierto, con el señor Waters no faltaba nada. O eso se creía porque desde la izquierda del escenario, y sin que se notara cómo alguien había podio inflarlo en secreto, surgió el cerdo más famoso de la historia del rock. Daba lo mismo que se esté construyendo uno para cada parada de la gira, ese cerdo volador que se paseó sobre el Parque Simón Bolívar con pintas como “El Patrón Bush visita su rancho Colombia” y “Kafka manda” era el mismo que escapó del lazo con el que estaba amarrado a una de la chimeneas a la Central Energética Battersea durante las sesiones de fotografía de Animals y el mismo que se convirtió en un ícono culural al punto de que en Children of Men aparezca al lado del David de Miguel Angel y el Guernica. Tres cerdos distintos y un solo cerdo verdadero que finalmente fue liberado e iluminado por reflectores de no importa cuántos miles de vatios se perdió en la noche bogotana dejando al público en medio de un trance medianamente histérico, no el primero ni el último de la noche, que no se calmó cuando Waters anunció:
“Quince minutos de descanso y volvemos para hacer Dark side of the Moon”

La adrenalina o la serotonina, que sé yo, ¿las dos? son sustancias que segrega el cuerpo en momentos de intensa euforia y permiten no sentir el cansancio físico. En ese sentido puede que los quince minutos no fueran necesarios ni siquiera para las personas que a las nueve de la mañana habían comenzado la fila.

Eucaristía

Los quince minutos de descanso sirvieron para que quienes podían moverse tomaran algo de agua y los que no respiraran algo de aire antes de “Breath”. Lo que comenzaba entonces, donde las imágenes recurrentes de la radio y la guerra dejaron de aparecer para dar paso al “gran ojo” floydiano, había sido la razón que había convencido a quienes luego de escuchar que Waters visitaría Colombia habían dudado en comprar la entrada porque Waters no era Floyd. El álbum es en sí otra ceremonia, una ceremonia dentro de la gran celebración, que en lugar de crucifijo tiene como fondo una imitación del ojo cósmico floydiano que después de que el satélite gigantesco pase sobre la cabeza de Waters será una y otra vez la luna, pero será también un collage de relojes, una caja registradora y otra foto de Bush que será rechiflada mientras todos cantan “Out of the way is a busy day, I’ve got things on my mind”. El ojo enorme hipnotiza tanto como la voz femenina y las imágenes de tormenta violeta en “The Great Gig In The Sky” y la inmersión en el espectáculo es total en últimas porque el Dark Side es una larga canción y porque casi nadie tendría el descaro de declararse libre de las presiones de la anti-vida que terminan por enloquecer al protagonista. Por eso en el momento en que la luna en la pantalla se convierte en un sol eclipsado y el prisma láser reproduce la carátula de uno de los mejores álbumes de la historia, la comunión es total y, a falta de palabras más precisas para decirlo, uno recurre a “comunión”, “experiencia mística-astral”, “orgasmo colectivo” o “juepuuuuuta”. Lugares comunes que al sumarse podrían dar una idea del momento. Yo tampoco podría recordar racionalmente en qué pensaba o qué sentía, pero algo debía tener con sexo y triunfo y con esos momentos finales de una alabanza cristiana cuando se creía en eso. Tengo sin embargo una imagen, un recuerdo, estar mirando al cielo y no ver la luna por ninguna parte.

Himnos y podéis ir en paz.

La estructura de los conciertos no es nunca original. La banda juega a irse y regresa y uno sabe cuándo se ha ido de verdad. El maldito (bendito) Waters había dejado a su audiencia en ese estado de trance y silencio que sigue al orgasmo y se sabía que iba a volver. La intimidad, el momento cómplice digamos, fue rota por la audiencia gritando “Tear Down The Wall” que por alguna razón (¿los elevados costos de los cursos de inglés?) se convirtió en “Bring down The Wall”(alguien que no entendió ni cinco de nada levantaba una bandera británica, como si a Waters pudiera agradarle ver el Union Jack). Waters en todo caso trajo el muro acompañado por un coro de niños de un colegio bogotano que probablemente cantaban bien porque fue imposible escucharlos. La segunda parte de “Another Brick In The Wall” es una de esas canciones que todo mundo conoce y que todo mundo salta y grita, más cuando después de escucharla un montón de veces (hasta Shakira y Vilma Palma han recurrido a ella a la hora de alborotar estadios) llegaba por fin en versión original acompañada por una proyección del muro en Palestina (in Mexico’s border coming soon) como recuerdo de que el único muro no era el de Berlín y uno puede terminar llorando en un a canción de fiesta. La tonada de Vera Lynn regresó entonces a la vieja radiola precediendo a “Vera” (que es una canción de ‘vuelve pronto’ pensada para quien no va a volver, un “Wish You Were Here” sin esperanza) y a “Bring the Boys Back Home”, que ya no es sobre la Segunda Guerra Mundial sino sobre Irak y Afganistán.

Y que terminó siendo el cierre político de la noche porque lo que siguió fue algo personal. La radiola otra vez y el recorrido de la cámara por el cuarto de ese que es Pink y se quedó en el hotel aunque la voz le dijera una y otra vez que era el momento de salir al escenario.

La banda de reemplazo sin embargo lo hizo bien, lo hizo genial, con ese “Confortable Numb”, un repaso a las obsesiones de Waters con la fama, el aislamiento, la guerra y la incomunicación, una de esas canciones que pertenecen a todo mundo porque todo mundo se ha sentido así alguna vez, porque todo mundo había querido poder cantar esa canción, esa tristeza, en un estadio.

Waters que no habló más de media docena de veces en toda la noche, las más de ellas para agradecer en español, una para presentar a la banda, la última, leída en un papel, para darle feliz cumpleaños a García Márquez. Era el tipo de anuncio de última hora que un sacerdote hace cuando ya todos están saliendo. Sólo que nadie se había movido de su lugar. Había un dolor general en los músculos y la garganta y un estado casi de paz en el alma “podéis morir todos en paz” o algo así. Mil veces más físico que una misa, mil veces más espiritual que el sexo. O lo contrario, mil veces más de lo necesario para que frente al hombre de negro con su bajo en ángulo de 45 grados, nadie extrañara a los dueños legales de Pink Floyd ™ .

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Gracias, Ricardo.

Esperen en próximos minutos una entrada dedicada a las Malvinas y el Rock, en Caja de Resonancia.

Suerte y pulso.

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Yo, Carlos Solano, su autor, soy periodista, ejerzo actualmente como subeditor de Cultura de EL TIEMPO y trabajo con la música desde mediados de los años 90. Espero disfruten este recorrido.

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