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De por qué lo de anoche debería verse desde una óptica diferente y por qué hay que solucionar el problema de raíz.

 

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Para empezar, quiero aclarar que mi opinión y mi voz no es la de la Policía ni de los organizadores ni ninguna institución. No hablo por ellos. Pertenezco -aunque mi pinta de nerd diga lo contrario- a la esfera del rock y hablo como un asistente frecuente a conciertos gracias al trabajo que tengo como redactor cultural.

 

Los destrozos son lamentables, y qué decir del hecho criminal de que haya heridos. Es vergonzoso, no solo si nos miramos como colombianos, sino cómo nos miran afuera. Basta ver el DVD de Iron Maiden ‘Flight 666’ para comprender cómo miran estos músicos británicos el ambiente hostil que rodea la situación.

 

Pero eso no es el símbolo de lo que somos los amantes de la música. Y así como los vecinos del parque pierden sus vidrios, los que queremos conciertos estamos en riesgo de perder la ilusión de tener más shows excelentes.

 

Cuando uno está adentro, en el concierto, no se da cuenta de lo que pasa afuera. Para mi, y para los 34.000 asistentes (aprox., algunos dicen que fueron menos de 30.000) que estuvimos anoche en el Parque Simón Bolívar, el espectáculo fue excelente y todo se vivió en paz. Yo no soy fanático de Metallica, y aún así casi derramo lágrimas de la emoción a ver a la gente llorando por su banda favorita, que cumplía una promesa de 11 años.

 

Esa gente que pagó la entrada de precios astronómicos es la que merece el reconocimiento de un titular de noticias. Gente que puede escuchar una canción con un título provocativo como ‘Seek & Destroy’ y entender que sólo se trata de una canción, que no por ello hay que ir a pegarle a alguien. Esa gente se mide en decenas de miles. Los que arman los disturbios, que son una pandilla organizada, no pasan de 300 personas inadaptadas que no entienden el verdadero valor de ser un fanático.

 

Un grupo en Facebook -que ya fue eliminado por sus creadores- se titulaba ‘Vamos a colarnos al concierto de Metallica’. Eso es una clara declaración de un grupo de gente que está dispuesta a no pagar una boleta y a hacer lo que sea por entrar.

 

¿Son ellos, seguidores reales de una banda? ¿Quieren a su grupo pero no le pagarían una boleta? ¿Quieren a su grupo pero están dispuestos a dañarles su imagen ante los medios y la comunidad, simplemente rompiendo paraderos y vidrios? Eso es francamente estúpido.

 

Por lo que he podido identificar, la forma de actuar de estos personajes, que son los que sí ganan visibilidad en las imágenes de los noticieros y que ya han hecho lo mismo con Iron Maiden, es la siguiente: se citan en un lugar, por lo general hacia el lado nororiental del parque, la zona del Museo de los niños -¡qué ironía!- o la Plaza de los artesanos. Desde allí, detectan los puntos débiles de los anillos de seguridad y, ya como una masa, se lanzan contra el primer anillo. En ese punto, algunos de estos personajes, en plan ‘kamikaze’, intentan cruzar corriendo a través de la entrada que está debilitada o, en algunos casos, trepan los cercos de reja y plástico. He visto como saltan a toda velocidad entre hombres de logística de las chaquetas naranja. De hecho, hay que reconocer que es una estrategia impresionante… Plausible por el talento físico que implica, pero reprochable por todo lo demás.

 

Así, van violando dos y hasta tres anillos. Es impresionante. Y cuando se cuelan entre el público, se dispersan (ya lo habían concertado así antes), para pasar inadvertidos. Algunos alcanzan a llegar incluso a la localidad más cara y, a punta de empujones, hacerse a un lugar muy cercano a la banda para las últimas tres o cuatro canciones.

 

Y me atrevo a decir que esta turba está conformada por los mismos elementos que ocasionaron el problema con Iron Maiden. Son un grupo. Se comunican de diferentes formas y organizan estas revueltas. La mayoría son menores de edad que confían en que no pueden ser judicializados y que los tienen que soltar rápidamente. No temen a la detención, no temen a los golpes y, sin duda alguna, no temen a dañar su ciudad.

 

Alguien me decía «eso refleja un problema de comportamientos sociales de los colombianos». Yo digo: fueron 30.000 0 35.000 los que se gozaron calmadamente el concierto; 300 o un poco más, los que no. Tampoco es un tema de ‘metaleros’, pues la mayoría de esos 35.000 eran metaleros, que trabajan para pagarse una boleta, una camiseta, una gorra. Son metaleros que tienen el talento de las manualidades, al tejer o pintar una bandera para regalársela al grupo. Eso no es el modus operandi de un pandillero, está más cercano al de una tía bonachona.

 

La reflexión lleva a pensar por qué hay gente que cree que tiene el derecho de colarse a los conciertos, como si fuera algo justo. Si la boleta es cara y no la puede pagar, no vaya. Si quiere protestar por ello, hay otros caminos. Es válido preguntarse si esta errónea concepción de justicia proviene de la herencia de la política pública de los festivales al parque, en los que la entrada es gratuita.

 

¿Qué hacer?

 

Algunas personas creemos que la gente debe aprender a valorar el hecho del esfuerzo de un artista por estar frente a ellos, y que esa valoración puede no necesariamente ser económica, pero sí indique una retribución. He oído voces que proponen para Rock al Parque que se aplique un pago simbólico de llevar una lata de atún para los hermanos que están en desgracia como en Haití o Chile. Y así, por 1.500 o 2.000 pesos que vale una lata, le retribuye al artista y al Distrito ese esfuerzo. Es una idea -no es mía-, puede ser algo así. Pero que a la gente le cueste al menos un poquito el ir a un show nacional e internacional.

 

¿Un cerco de cemento y acero, como en los escenarios ‘de verdad’? Tener una estructura de cemento, como un coliseo, es una forma de evitar situaciones así. La famosa pandilla intentó alterar el concierto de Mötorhead, en el Coliseo El Campín, pero allá nada se dañó. El problema de las divisiones de malla y tela del Simón Bolívar es que cubren más el delito que lo que ayudan a la Policía a evitar el problema. El Parque Simón Bolívar, frente a otros parques´públicos muy populares en todo el mundo, tiene una falencia perimetral asombrosa. A veces, los muros de contención hechos de cemento y acero son más confiables… pero… ¿quién pagaría semejante obra?

 

¿Identificar a los revoltosos, como se ha hecho en el fútbol argentino y británico? Es una medida hostil, ha funcionado en otros países, merece ser analizada pero tampoco se debería tratar de un régimen del terror.

 

Me encantaría que ustedes, lectores, aportaran POR FAVOR, AMABLEMENTE, sus opiniones. Estas a veces son leídas no solo por empresarios, sino también por la gente del Distrito.

 

Lo bonito… ¡Metallica!

 

Así fue un poco de la rueda de prensa de cerca de 20 minutos. Estuve allí y fue divertido, a algunos periodistas se les notaban los nervios de tener a esta banda de frente (video cortesía de Vive.in):

 

 

Aquí, lo que escribí para EL TIEMPO, al menos en la versión original desde dentro del parque:

 

‘Bogotá, ¿quieres ‘heavy’? Metallica te lo da’

 

Con las notas de la fanfarria ‘Ecstasy of gold’, de Ennio Morricone, Metallica anunció al público que comenzaba una noche de alto voltaje.

Robert Trujillo, James Hetfield, Lars Ulrich y Kirk Hammett salieron a las 8 de la noche a la tarima y subieron el volumen, tocaron sus principales éxitos en nuevas versiones, que incluso llegaron a sonar mejor que como se escucha en su disco grabado en los años 80.

Metallica les dio gusto a los fanáticos fieles que la han seguido durante toda su carrera, al brindar una selección de canciones, principalmente, de sus primeros álbumes, que son los más exitosos en su compromiso con el ‘thrash metal’, ‘…And Justice for All’, ‘Master of Puppets’, ‘Ride The Lightning’ y ‘Kill Em All’.

 

Sin embargo, fue también un recorrido por su reciente álbum, ‘Death Magnetic’ -el que inspiró esta gira mundial-, a través de canciones como el sencillo ‘The Day That Never Comes’.

 

 

Aunque la banda nunca toca el mismo listado de temas en cada país que visita, suele repetir esos grandes éxitos obligatorios, y así ocurrió anoche con ‘Fade to Black’, ‘Master of Puppets’, ‘Nothing Else Matters’, ‘Enter Sandman’, ‘For Whom The Bell Tolls’ y, por supuesto, ‘One’.

En esta, que comenzó con el sonido estruendoso de las municiones de una ametralladora, el público coreó junto a Hetfield cada frase de ese lamento de 1988, que puso al grupo californiano en la memoria de fanáticos fuera del metal.

 

Para quienes se mostraban escépticos sobre si el cuarteto de Los Ángeles conserva hoy la misma energía del pasado, su presentación demostró ese dicho popular de que no hay edad para el ‘rock and roll’. Gran parte de esa energía depende del bajista Robert Trujillo -de padres mexicanos-, quien apenas lleva siete años en la banda, es el más joven de todos y claramente desarrolla una empatía especial con los públicos latinos. Su fuerza y la manera que salta en el escenario hacen ver a la banda como en su mejor momento de juventud.

Pero, Hetfield, Lars Ulrich (baterista) y Kirk Hammett (guitarrista principal) no se quedaron atrás. Durante todo el concierto, y pese a no ser reconocido entre los mejores bateristas de la historia, Ulrich mantuvo el ritmo de un cronómetro, mientras se bañaba en sudor. Hammett, menos notorio, compartió varios solos de guitarra que, lejos de alterar al público, lo conmovían. Por su parte, Hetfield invitó al disfrute cuando con fuerza gritó «Bogotá, quieres ‘heavy’?, Metallica te lo da».

Un festival muy duro

 

La agrupación estadounidense Mastodon salió antes de Metallica, a las 6:15 p.m., con problemas de sonido, pero rápidamente se ganó al público. La guitarra de Brent Hinds, cuyos solos encantaron, se entrelazó con una cantidad de efectos electrónicos que produjeron texturas propias del metal de este siglo.

 

Con el poder de su álbum ‘Crack The Skye’, su sonido estilo metal progresivo, exigente en calidad por la virtuosidad de su instrumentación, condujo al público a un estado especial. Era la cuota más contemporánea de la noche, un retrato del estado actual del metal.

Mientras tanto, las cosas no fueron fáciles para Deep Trip. La banda telonera nacional, aunque no lo hizo nada mal, tuvo que soportar rechiflas de espectadores exigentes.

 

Suerte y pulso.

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Yo, Carlos Solano, su autor, soy periodista, ejerzo actualmente como subeditor de Cultura de EL TIEMPO y trabajo con la música desde mediados de los años 90. Espero disfruten este recorrido.

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