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Otro día más lloviendo, ¿qué estarán haciendo los mojados?, tal vez canciones, o ¿chocolate con pan para calentar el tedio? No, deben estar apenas regresando al campamento después de un día largo y frío de trabajo o estudio, caminando lerdos entre los muros del centro de la capital, entre casitas coloniales y empedrados grafiteados. Como siempre mojados, tal vez ya hayan llegado a sus carpas que los esperan inundadas y que no dan tiempo al reposo. Aún con todo el cansancio, los mojados no se secan, pero buscan la forma de limpiar un poco el lugar para que la noche sea corta.

Ya han pasado 44 días, y hay luz verde para los acuerdos; pero, ¿cuánto tiempo durarán los mojados?, ¿cuánto aguantarán presionando por todos? Un poco menos de 150 personas, eso es todo, esos quedan, ¿hasta cuándo halarán la indiferencia de los más de 48 millones de colombianos impávidos ante el silencio? Bueno… de todas formas, qué sé yo. Yo que por el frío solo he ido un par de veces al campamento, aferrada de una grabadora y un lapicero para valerme de una nota periodística y regresar al momento, ahuyentada por el frío, al calor de cobijas que nunca han sentido la humedad del plástico negro; respirando y sudando, respirando y sudando, respirando… y tragando las carpas, como yo esta noticia.

Pero algo sí les puedo decir, más allá del amarillismo propio de mi vocación, en algo me lo permiten quienes allí habitan y han enviado sus videos consagradamente, contándome quiénes son cada una de las personas que decidieron dar su tiempo, (y ya sabemos lo que el tiempo es para la modernidad), y es que así su esfuerzo no fuera suficiente para que los acuerdos tomaran el rumbo que todos quisieran y salieran adelante de la mejor manera (sin recortar la letra menuda, que tal vez no sea tan menuda, como la Comisión de la verdad, los tribunales de justicia y paz, el empoderamiento político y social de los grupos regionales y locales, etc.), su presencia es, en sí misma, un hito para la historia del país. Creo que los mojados no son conscientes de que han rebasado muchos de los imaginarios con los que se ha tejido la sociedad colombiana, no han interiorizado todavía que por encima de los acuerdos, ellos, en esencia, ya son paz.

Hasta yo, que no daba un peso por su causa, pues nunca he sido de las que confía en la persistencia de los colombianos, tuve que tragarme las palabras, al hacer el recuento de días, ¡que no se les olvide, 44!, al sentir el clima que eriza la piel y asusta hasta al más valiente, entendí que esta gente no estaba jodiendo, ellos iban en serio. Se echaron el país al hombro y lo están peleando por todos; tal vez mamados, tal vez emputados, tal vez con ganas de tirar la toalla y dejar que otros se pongan la 10; pero ahí, constantes, disciplinados, con reuniones cada noche para planear el día siguiente, y hasta con actividades recreativas para subir el ánimo.

Y no se confundan con su apariencia hippie y bonachona, porque si creen, como la mayoría pensábamos en un primer momento, que los que están ahí son una montón de vagos que se aprovecharon de una oportunidad para dormir en compañía y comer de lo que les envían, pues nos hemos acostumbrado a hablar en esos términos; están muy equivocados. Casi todos ellos se levantan cada mañana para ir a su casa, bañarse, luego estudiar o trabajar y por la noche regresar al campamento. Si nos ponemos a pensar entonces, veremos que sus vidas son bastante parecidas a la suya o a la mía, con la diferencia de que ellos no se quedan en la charla, en el eterno: «el país está muy mal», «la democracia no funciona», «hay mucha corrupción», «estamos polarizados», falta esto, lo otro, aquello… Porque los mojados se mueven rápido, actúan, ejecutan y son un verdadero motor de cambio, o, mínimamente, un dolor de cabeza para los honorables de la Casa de Nariño que de vez en vez se los tienen que topar a través de la ventana, y repugnarse ante su propia inoperancia.

Una de las estudiantes que menciono es Paola Perilla, futura abogada de la Universidad Santo Tomás, quien llegó con cuatro amigas más, tal vez en un acto típicamente millenial de aventurar y sentir que se tiene alguna incidencia sobre la realidad social, pero que a su vez se quedó en un acto atípicamente millenial, el de persistir. Aún ahora que se han ido las demás, dice que va a aguantar hasta que todos decidan desmontar las carpas, empacar las cobijas, guardar los víveres y volver al quehacer que no hace nada. Evidentemente, estos manes son un jaque mate social constante; rompen estereotipos, se piden la palabra y se siguen mojando, y créame que no de lluvia, se mojan de palabras, de comunidad, se mojan de usted y de mí, porque a los secos también nos llevan.    

 

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Algo he aprendido del Periodismo y de la Literatura y es que no son profesiones, oficios o prácticas, son vocaciones ligadas a un amor inmenso por la sociedad y, sobretodo, por las historias. El periodista entrega su vida a las letras, igual que el literato. El primero, es un intermediario de los tantos muchas veces silenciados, y el segundo es un ladrón de realidades. Por mi parte, como estudiante de ambas, me declaro una eterna enamorada de este estilo de vida, y desde ya prometo entregarlo todo a la curiosidad y a la búsqueda de relatos.

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