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Cuando supe que el Campamento por la Paz de la Plaza de Bolívar había sido desalojado, en un exceso ridículo y cobarde de uso de la fuerza, quedé ciertamente desilusionada, tanto que posiblemente notaron que no supe qué escribir o cómo darle un vuelco a mi blog durante poco más de una semana y media; pues le habían arrancado las palabras súbitamente como lo hicieron con los de la Plaza. Prendía el computador y lo volvía a apagar buscando una suerte de revelación que me ayudara a hilar el titulito ese tan cabrón que se me había ocurrido un día… el campamento de los mojados.

Y bueno, sin esperarlo, fue con solo ver las noticias que entendí por fin que el mundo actual es un gran campamento, y que mi titulito, con lo conflictivo que pudiera ser, estaba más actualizado que nunca. Cómo no se me había ocurrido antes que el tema del no lugar y el desplazamiento es tan latente que se nos ha vuelto invisible de tanto verlo. ¿Es que a nadie le importa lo que está pasando con los migrantes y los refugiados en el mundo?

No sé, yo por lo menos me había acostumbrado tanto a leer eso de que alguna barca con cientos de personas había naufragado en las costas del mediterráneo, o que los inmigrantes eran retenidos en lugares de paso sin saber que iba a ser de su situación, o que estaban siendo deportados a sus países de origen, o que habían sido expulsados, violentados y hasta asesinados en los campamentos, que había olvidado por completo que el tema de los refugiados es un tema inagotado, y que no podemos dejar que se nos olvide como a mí ya me había pasado. Ellos, al igual que mis primeras entradas, también eran mojados en busca de campos.

Así fue entonces como encontré a Dadaab, el campo de refugiados más grande del mundo, que lleva en funcionamiento 24 años, y que evidentemente hace mucho tiempo dejó de ser un lugar de paso para convertirse en la tercera ciudad más grande de Kenia, después de Nairobi, la capital, y de Mombasa. Sin embargo, no se confundan cuando digo “ciudad” porque este sitio, al fin y al cabo, es un cambuche inmensamente improvisado en el que más de 400.000 almas viven refugiadas desde la Guerra Civil Somalí, y sobre todo, esperanzadas de algún día retornar a su país de origen o asentarse en un país que les dé condiciones dignas de vida.

Allí han nacido ya tres generaciones, dos que no conocen siquiera una vida diferente a la del hacinamiento de las carpas, que no saben que es una vida donde no haya que hacer filas eternas para reclamar la ración diaria de comida, y que desde niños han sentido la boca seca, como las planicies anaranjadas del desierto, en papilas que se enrojecen en cada gota limitada de agua en un continente que se agrieta con celeridad.

El sol los despierta rociando las espaldas morenas, y la amenaza constante de que el campamento cerrará pronto y todos serán repatriados los hace paranoicos ante cualquier alarma. ¡Ahh! Porque es que antes debo decir que una de las esquizofrenias y pretensiones más grandes de ‘Occidente’ es creer que los migrantes sueñan y anhelan con todas las fuerzas de su ser vivir en un “gran” país del primer mundo, y cumplir el sueño americano, que al parecer ya no es sólo americano sino el de cualquier territorio que albergue desplazados. Pero todo lo contrario, esta gente ha huido de sus países maternos, mayoritariamente, por guerras, intervenciones extranjeras, sequías, hambrunas, etc. y no precisamente, como a muchos les gusta creer, por gusto. Es más me atrevería a decir que cientos desearían regresar, pero temen tanto, se les ha enseñado tanto a ser temerosos, que regresar no es una opción cuando vieron a cientos de sus familiares y amigos ser asesinadas o desaparecidos. Cuando los vieron entregarse a una causa que ni siquiera era la suya.

Desde entonces, desde que el dictador somalí, Mohamed Siad Barre, se tomó el país en 1969 y fue derrocado en el 91, muchos medios de comunicación han declarado a Somalia un Estado fallido, donde varias de sus regiones se han autoproclamado independientes, cada una de ellas con un líder diferente e inestable y con enfrentamientos entre grupos cada vez más antagónicos, y donde las condiciones climáticas han jugado también un papel fundamental para que la población civil, como es usual, sea la más afectada. Desde el 2011 se vive entonces en el país una de las hambrunas y crisis humanitarias más grandes de su historia. Apenas ahora parecen salir un poco del fango.

Aunque este somero “renacer” significa para los establecidos en Dadaab un mal augurio, pues en Kenia se ha aumentado la xenofobia de los nativos que piden que el campamento sea desmantelado y los somalíes deportados. Han alegado a su vez que allí se teje un ala extremista del islam y aseguran que fueron personas del campo las que lideraron los ataques terroristas a varias instituciones educativas y públicas en Kenia.

Por otro lado, algunos adultos y ancianos que vivieron la terrible Guerra Civil son incrédulos de la “buena nueva” de que en Somalia las cosas están cambiando, pues después de todo el Norte y el Sur continúan profundamente fragmentados, y de ahí su desesperanza. Ellos han dicho para varios medios internacionales que a pesar de las penurias del campamento desean ser enterrados en Dadaab, pues es ahí donde han crecido y sus hijos nacido, es ese el único lugar medianamente seguro que todavía les queda.

Por ahora solo pueden esperar, aunque la espera para ellos ya ha visto más de veinte veranos e inviernos, a que el mundo gire de una vez por todas y que esta locura del odio al extranjero, de la guerra como solución de todo, del deterioro rampante del ecosistema, se detenga, y que como decía Gabriel García Márquez “Las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

 

 

 

 

 

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Algo he aprendido del Periodismo y de la Literatura y es que no son profesiones, oficios o prácticas, son vocaciones ligadas a un amor inmenso por la sociedad y, sobretodo, por las historias. El periodista entrega su vida a las letras, igual que el literato. El primero, es un intermediario de los tantos muchas veces silenciados, y el segundo es un ladrón de realidades. Por mi parte, como estudiante de ambas, me declaro una eterna enamorada de este estilo de vida, y desde ya prometo entregarlo todo a la curiosidad y a la búsqueda de relatos.

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3 Comentarios
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  1. manuelpereahotm369262

    y que pasa con los 5 millones de colombianos en venezuela , 2 en ecuador los miles en cosra rica ycuantos en usa que nadie se da cuenta si no cuando algo grave pasa en algun pais donde se encuentran

    • Tienes toda la razón, evidentemente el problema del desplazamiento forzado es algo que atañe a todo el mundo, y los latinoamericanos, lamentablemente, tenemos una larga experiencia en eso. Colombia no sólo es un país que ha visto a sus ciudadanos marcharse, sino que ha vivido dentro de su propio territorio el desalojo del campo a las ciudades. Cómo dices son cifras que pocas veces son tenidas en cuenta; sin embargo, creo que el Centro de Memoria Histórica está haciendo un buen trabajo para recopilar y hacernos dar cuenta de la magnitud del problema.

  2. soniacepero0515

    El gran problema de la humanidad es la explosión demográfica. Nos dedicamos a traer niños al mundo sin tener en cuenta las condiciones que van a padecer y la mujer por mucho es la culpable de esto. No más niños y niñas para la guerra, ni para la miseria , ni para la delincuencia, ni para la droga ni para que sean aprovechados por las mafias.

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