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Un día decidí dejar el nido, renunciar a los fríjoles domingueros de mi mamá, a la ropa lavada y planchada y a la cama tendida. Decidí que era momento de encontrarme conmigo misma, de palpar la realidad de cerca, de enfrentarme a mis peores miedos. Me fui a vivir sola y continúo en este viaje.

Siempre fui la consentida de la casa – la de mi mamá-. De poco tenía que preocuparme. Allí lo tenía todo: mucho amor, una cama caliente y la mejor comida del mundo.  Pero, un día, cansada de que mi vida transcurriera en el insoportable tráfico de Bogotá, tomé una decisión. Cambié todo, absolutamente todo lo que tenía, por vivir cerca al trabajo.

Y es que a mí, que cuando salí de casa me quedaba grande hasta hacer un arroz, hoy veo como un gran logro preparar una cazuela de fríjoles manizaleños, aunque nunca tan buenos como los de mi mamá. Yo, que nunca supe que la ropa blanca se debía separar de la negra; que cada prenda tenía un ciclo de lavado distinto y que detestaba bajar las medias del tendedero, cuando me lo ordenaban; empecé a cambiar mis tiempos libres por las labores de hogar: mi nuevo e improvisado hogar.

Entendí la razón de la ‘cantaleta’ de mi mamá cuando le dejaba loza sucia o “colgaba” la ropa en el suelo. Supe el por qué de su preocupación para que yo aprendiera a cocinar.

Aprendí a valorar ese calor de hogar de la casa de mi madre, la alegría con la que me recibía cada día al llegar del trabajo y sus mimos antes de dormir.  Soy una consentida. Lo sigo siendo, pero ahora lejos de ella.

Sin embargo, no todo ha sido extrañar. He aprendido… y mucho. La soledad, que al principio me hizo derramar algunas lágrimas, es ahora mi mejor compañera. Y la disfruto sobremanera.

Los oficios que tanto detesté ahora hacen parte de mi día a día, así pasé media tarde entre la lavadora y el fogón, en vez de estar botada en mi cama viendo televisión mientras alguien más los hace por mí. Y si hablamos de la cocina, sí, la cocina, de la que nadie dio un peso por mí. Qué puedo decir… me he reconciliado con ella, a pesar de algunas ollas carbonizadas y almuerzos frustrados que terminaron en domicilio.

Cada día tiene su historia. Esta experiencia me ha hecho enfrentarme a mí misma como nunca antes. He descubierto lo mejor y lo peor de mí. He tenido días en los que desearía devolverme a la casa de mi madre y otros en los que reitero la certeza de mi decisión. Sigo viviendo y sobreviviendo…fuera del ‘Hotel Mamá’.

@AnaLuRey

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17 Comentarios
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  1. Siempre es una decisión difícil de tomar, nos enfrenta a la realidad y nos permite aprender a sobrevivir por nosotros mismos y tomar nuestras propias decisiones, prueba los que somos capaces de hacer, felicitaciones por tal valentía y éxitos.

  2. Por motivos familiares fuí a vivir a otro país a los 18 años, mi mama me estimuló a hacer ese viaje pues en el pequeño pueblo donde nací no tenía ningun futuro. Es duro vivir lejos de la madre, estudié mi bachillerato y me gradué de ingeniero, conocí una buena mujer, me casé y hoy nuestros tres hijos por diversas circunstancias viven en otros países, esto es como repitiendo un ciclo…..

  3. Es totalmente cierto.. es apenas un abrebocas de lo que hay que vivir y luchar cada dia. En esos momentos uno termina agradeciendo las enseñanzas y en cada llamada al «nido», se goza compartiendo cada experienca con la mamá… ojala sigas escribiendo para que la juventud que viene sepa a que se van a enfrentar y terminen siendo guerreros como nosotros…. que ya dejamos el nido

  4. henry.garcia.3192

    Bien. Cuando salí del «Hotel Mama», ella había muerto; siempre recuerdo algunas frases de ella: «Aprenda para que no dependa..» Y aunque a mi se me ahuma un agua, si soy bueno pata aplanchar, con un curso casero con ella, cuando yo tenía 12 años.. Gracias por la nota

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