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El teólogo Fabián Salazar relata en esta entrada el encuentro con niñas de colegio en un retiro espiritual, hecho que lo motiva a reflexionar sobre cómo los niños se acercan a Dios y cuál es la enseñanza que le dan a los adultos que intentan formarlos en la fe.

***

Los niños viven su experiencia religiosa a través de su familia y amigos.

Los niños viven su experiencia religiosa a través de su familia y amigos.

La semana anterior tuve la oportunidad de acompañar, junto a unos amigos un proyecto de retiros espirituales con niñas de un colegio religioso.  Nuestro propósito era promover experiencias de silencio, de escucha,  de meditación, de compartir, de análisis de su entorno, de celebración  en su vida cotidiana a partir de 16 valores que le den sentido a su existencia.

Sentí profundamente que no eran ellas las que aprendían de nosotros, sino nosotros los que deberíamos aprender de su forma de vivir la espiritualidad. 

Fue una experiencia maravillosa el poder ser testigos de  cómo las  niñas de transición y de  los diferentes grados de primaria nos revelaban su corazón  “místico” en cada actividad.

Sus frases, sus dibujos, sus análisis  y hasta su risa mostraban cuán cercano era Dios para ellas. Pero a la vez sus  peticiones demostraban cuánto dolor les produce las peleas de sus padres, el miedo a ser abandonadas, la justicia para con otros niños y lo sordos que somos los adultos a sus necesidades de afecto.

En cada curso, cada cual de acuerdo a la edad de las niñas, se iba mostrando la capacidad de ver su realidad con ojos de esperanzas,  de descubrir bondad en la naturaleza, de comprender el mundo que las rodea, de encontrar, aún en los programas de televisión, enseñanzas prácticas.

Deberíamos ser los adultos más humildes y aprender de ellas y no tratarles de imponer moldes anacrónicos, prefabricados y hasta aburridos de lo que pensamos es la formación espiritual. Bien dice el Señor, que si no nos hacemos como niños no entraremos al  Reino de los Cielos.

Quiero a continuación sintetizar algunas de esos aprendizajes y a la vez ponerlas en paralelo con algunas actitudes de los “adultos”.

Naturalidad.  La experiencia de Dios no debe ser una imposición sino un descubrir y hasta un seducir.  A los niños se les pide silencio para orar pero no les ofrecemos un ambiente que tenga silencio y los bombardeamos  de ruido que saturan su mente y su corazón.

Como no sabemos qué hacer con ellos les compramos juegos de video, los sometemos a largas horas de televisión y los enviciamos al internet.  No son ellos, somos nosotros que no pasamos el tiempo suficiente; no son ellos, somos nosotros que no les ofrecemos otras alternativas.

El niño con naturalidad descubre la pregunta sobre Dios y debemos estar atentos para acompañarlos en su proceso de cuestionamiento y sus hipótesis de respuestas.

Debemos guiarlo para que escuche en su interior y que nos pregunte con libertad.  Lástima que  a esas cuestiones  teológicas muchos maestros, líderes religiosos y padres las opaquen con respuestas que deben aprender por “fe” sin que se haya desarrollado en su interior  su conciencia religiosa.

Espontaneidad.  La pregunta sobre Dios ocurre en cada rincón de la existencia, por ejemplo en la belleza de la creación,  en el nacimiento  de un nuevo miembro de la familia, en las situaciones de enfermedad, muerte o alejamiento de un ser querido.

Parece que en nuestra vida cotidiana estamos divididos; por una parte va “lo religioso” con sus lugares y espacios y por otra los demás aspectos de la vida.  Y esta división es la queremos, enseñamos y hasta imponemos a los niños y niñas, y es por eso que les decimos que si están en un retiro o en un templo o con un líder religioso “están en contacto” con Dios, que pueden hablar con Dios, y los obligamos a “portarse bien” (incluso se los amenaza con “ofender a Dios”) y les pedimos que se callen.

El resultado es una vida en que Dios es visto lejano, casi como un juez, un Dios aburrido que se opone a lo espontáneo.  Es por eso que muchos adultos dejaron la religión pues no dejó de ser una experiencia significativa.

Sencillez.  Para los niños la experiencia de Dios se da muy concreta en familia, en un amigo, en compartir, en alimento, en salud, en protección y oración.  Parece que esos elementos básicos del amor, los hemos complicado tanto que hemos ocultado el rostro de Dios y lo hemos traducido en tratados,  en escritos complicados, en ritos casi incomprensibles para los niños y niñas, en largas recitaciones de oraciones que ni siquiera pueden interpretar y en discursos que no tienen en cuenta su edad o lo que viven a diario.

Olvidamos que son niños y los tratamos como pequeños adultos y pensamos que llenándolos de sermones o tareas piadosas,  formaremos su inteligencia religiosa. 

Todo esto es puede ser útil pero primero debemos formar su capacidad de sorpresa, de pregunta, de afecto, de descubrir a Dios en los detalles.

Es a veces tan complicada la religión que la gente es solo nominalmente religiosa y no comprende lo que cree y por tanto tampoco se compromete.

Alegría.  Que refrescante ver a las niñas cantando, corriendo por los corredores, sonriendo y que sus ojos se iluminaban cuando hablaban de Dios.  No les importaba cuan afinadas estaban y no se preocupaban por obtener algún favor de Dios, simplemente alababan, danzaban y disfrutaban.

Ellas, durante una de las reflexiones decían que los adultos se volvían aburridos, que siempre estaban ocupados, que permanecían de malgenio y que se peleaban.  Qué difícil es que los niños puedan aprender de una espiritualidad liberadora y alegre cuando los adultos nos la pasamos enfrascados en problemas (que en muchas ocasiones hemos creado nosotros mismos), cuando recurrimos únicamente a Dios en momentos de necesidad, cuando nos olvidamos de agradecer todo lo recibido, cuando hemos perdido la capacidad de compartir con el vecino, cuando nos hemos vuelto interesados y hasta indolentes.

Podemos enseñarle toda la Escritura y hacerles todos los ejercicios de interpretación pero si no damos ejemplo de una vida alegre y plena con Dios,  los niños no creerán y no seguirán con cariño la religión.

No basta con tener profesionales religiosos o religiosas, solo necesitamos adultos que sigan viviendo como los pequeños del Padre.

Dulzura.  Al ver a las niñas como cerraban sus ojos, se podría asegurar que miraban a Dios, cuando estrechaban sus brazos frente a su corazón y con delicada voz se dirigían a Él, era inevitable quedarse conmovido y edificado espiritualmente.

Tuvimos la oportunidad de preparar con cada curso una actividad de ofrenda de sus dones, talentos y compromisos,  que se representaba con una flor de papel que decoraba y escribía cada niña y lo entregaba para hacer un jardín que después se entregaría al colegio.

Era muy emocionante constatar con que generosidad, con que convicción se comprometían con sus amigas, con su familia, con su colegio y a la vez pedían por el bienestar de sus seres queridos.

Si de esa generosidad y dulzura de corazón aprendiéramos un poquito como cambiaría realmente la sociedad.  Pero qué pasará  en el futuro con esas niñas si no se acompañan esos sentimientos y en su lugar les vamos inculcando la competencia, la mentira interesada, el gusto por las apariencia, el obtener todo sin importarle nadie, la superficialidad, el miedo a los demás y amor por interés; ese hermoso jardín se ira marchitando y nunca lograremos una sociedad feliz y en paz.

La única tristeza que me quedó, es no haber podido realizar los retiros de 16 actitudes con las  jóvenes de bachillerato, ellas lo abrían aprovechado mucho para profundizar su fe, para comprender la Escritura, para tomar mejores decisiones y sobre todo hacer cambios en su vida en las siguientes áreas apoyadas de los valores correspondientes: pensar en alegría, paciencia, humildad, satisfacción; actuar con  bondad, honestidad, generosidad y habla positiva; relacionarse en el  respeto, perdón,  gratitud y lealtad. Y finalmente encontrar sentido a sus aspiraciones, principios, altruismo y valentía.

Es entonces que queda como desafío el volver a ser como niños y niñas para poder ver el rostro de Dios y su ternura.  Volver a los brazos de Dios con la confianza de un niño y mirar el mundo en su belleza y esperanza, perdonar y no anteponer nuestro orgullo al amor.

Contacto

Email.  teologosalazar@gmail.com

Twitter: @teologosalazar

Facebook:  Fabián Salazar Guerrero.

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El confesor, así se llama el administrador y coordinador de este blog colectivo dedicado al tema religioso. Es un comunicador que trabaja todos los días con la fe para hacer artículos periodísticos. Como debe ser, no profesa una confesión ni tiene una filiación política. Solo es un puente entre los invitados a este proyecto y los lectores.

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