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Hace unos meses, gracias a la recomendación del escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, leí una de las mejores novelas que se han publicado en Colombia en los últimos años. Me refiero a Cuaderno de la noche (Memorias de un soldado), de León Sierra Uribe, un paisa nacido en 1965 y radicado en Montería, donde da clases de literatura y cine en la Universidad Bolivariana. Sierra Uribe, psicólogo de profesión, había publicado un libro de cuentos Diálogos del paraíso (2008) y el ensayo Amor a tientas (2010). En una entusiasta reseña de Cuaderno de la noche (Memorias de un soldado) publicada en la revista argentina Otraparte, Guzmán Rubio la definía así: “Novela de guerra, novela fragmentaria, novela sobre la violencia colombiana, novela social, cualquiera de estos rótulos serviría para definir Cuaderno de la noche, y sin embargo todos le quedan chicos. Porque si bien León Sierra Uribe toma lo mejor de cada uno de estos subgéneros, construye una obra que es mucho más que la simple suma de ellos”. La novela, publicada en 2012 por la siempre admirable Editorial Universidad de Antioquia, se presenta como el diario íntimo de Milton, un joven que llega a un batallón a prestar el servicio militar. La fenomenología de esa experiencia del horror cotidiano y normalizado se nos muestra en el texto a través de anécdotas, epifanías y aforismos que se descargan en la página a toda velocidad, como una sucesión de fogonazos interrumpida de vez en cuando por relatos insomnes donde la locura colectiva asume formas concretas: rostros, nombres, cuerpos. Por momentos recuerda al Castellanos Moya de El arma en el hombre o a la normalidad esquizo de los libros de João Gilberto Noll. Cuaderno de la noche sin duda se merece más lectores.  

En Colombia se han hecho muchos intentos de contar el conflicto desde el periodismo, pero quizás es más raro que la literatura de ficción se interne con acierto en ese territorio. Tu novela Cuaderno de la noche es una de esas excepciones: supera con creces la categoría de novela sobre la violencia, su lenguaje no parece estar instrumentalizado por el tema. Antes bien, se vuelve una experiencia de lenguaje muy radical. Y en mi opinión, una de sus mayores virtudes es que nos permite oír unas voces que normalmente no se oyen en los libros colombianos. ¿Cómo diste con esas voces? Y además, ¿por qué recurrir a la subjetividad del combatiente?

Desde que la novela empezó a perseguirme, me di cuenta que la manera más honesta de contarla era en primera persona, acudiendo en lo posible a un lenguaje desnudo (que su falta de metáfora fuera su metáfora). El personaje central lo armé a punta de entrevistas a personas que han prestado el servicio militar, acudiendo, desde luego, a mis obsesiones y a mi mirada sobre la guerra: su suciedad, su locura, sus intereses ocultos. Apropiarme de la voz de los personajes me otorgó habitar su psicología, saber de qué están hechos y qué dicen sus silencios.

Me gustaría que profundizaras en eso de las obsesiones y tu mirada sobre la guerra.

Mis obsesiones como escritor, que son mis mismas obsesiones como ser humano, tienen que ver con el asunto de la sensibilidad humana. Creo que todo empieza y termina con los afectos, en el sentido de que son los afectos los que nos mueven y en ellos está incluido todo: la pareja, la familia, el sexo, la ciudad, el poder. Elementos que no tengo claros cuando me siento a escribir un libro, pero que van saliendo de a poco. La creación literaria como catarsis, y también como momento – a veces difícil, a veces feliz – en que nuestro inconsciente y nuestro consciente se unen y dialogan. Mi mirada sobre la guerra es una mirada asustada y desde la mitad de la herida. No se nos puede olvidar que vivimos en un país que padece varias guerras (unas visibles, otras no tanto) y que la muerte, su hija sucedánea, nos roza a cada momento. Creo que la guerra es un gran negocio de muchos, tristemente lucrativo. Escribí Cuaderno de la noche para decir que la guerra es una podredumbre, y quizás es más podredumbre aún hacer de ella un carnaval tanático.

¿Había un diálogo consciente con otros libros mientras escribías Cuaderno de la noche? En otras palabras, en qué tradición creerías que se inserta tu trabajo?

Leí un libro de J M Coetzee (En medio de ninguna parte) y otro sobre la historia de la minería en Antioquia, que infortunadamente no recuerdo el título, ni el autor. Ambos están escritos en párrafos numerados. Aquello fue para mí una revelación. Eso de numerar los párrafos me enseñó que una historia puede nacer y morir cada tres, cuatro o cinco líneas. Allí hallé un ritmo trepidante que me subyugó. De algún modo Cuaderno de la noche es un homenaje a esos dos libros. Además de que me encanta la brevedad, porque simplemente me cuesta (y creo que me aburre) la creación escritural de largo aliento.

Me gustaría conocer la historia de su iniciación en la literatura. ¿Cómo empezó? ¿Qué lecturas fueron decisivas para vos?

Soy psicólogo y mi desazón terapéutica (sentía que no me hallaba, sentía que mentía) me fue arrimando al oficio de escritor. Para mí escribir es bucear en la psiquis y en las emociones del hombre. Con el paso de los años me di cuenta que soy más útil, o al menos tengo más paz interior, desde la literatura que desde un consultorio psicológico. En síntesis, una gran frustración me llevó a los que es mi vida entera: las letras. En cuanto a mis lecturas decisivas, me declaro un lector de novela y cuento. Lector desordenado, como creo que debe ser. Me encantan: Saramago, Bolaño, Kundera, Evelio Rosero, Gonzalo Mallarino, Héctor Rojas Herazo y tantos otros.  Amo profundamente el cine. Mis dioses tutelares: son Woody Allen, Wong Kar-Wai, Truffaut y Jim Jarmusch.

El mensaje antibelicista de Cuaderno de la noche puede resultar provocador en un país donde la publicidad guerrerista de la última década ha promovido el culto de nuestros “héroes”. En ese sentido, es una novela profundamente política. ¿Pretendías desmontar desde adentro, desde la experiencia íntima del soldado, la propaganda y la ideología de la guerra? 

Los titubeos que tuve con el título de la novela ilustran su pregunta: en el proceso de su hechura (unos siete años) la titulé en principio: Los últimos héroes, luego la titulé: Los caballos ciegos. Me decidí al final por: Cuaderno de la noche. Me alegra que usted haya capturado la ironía acurrucada que contiene la historia, su manera de decir, sin decir, al menos sin decirlo abiertamente, que lo de “héroes”, “salvadores de la patria”, y demás títulos honrosos, no son otra cosa que trampas del lenguaje, que maneras brutales de promover o practicar el auto engaño. Lo más triste de todo es que nos hacemos matar por una palabra, y, como dice el personaje de mi novela en una página cualquiera, “¿Y después de muertos, qué?”.

¿En qué proyecto estás trabajando ahora? ¿Hay alguna novela en marcha?

Le doy los últimos retoques a una colección de cuentos de fútbol en la que he empleado varios años (Los pies de Dios), y estoy trabajando en una novela sobre un pediatra. De nuevo mi juego de procurar meterme en el interior de un hombre, con todo lo de sombras que eso contiene, involucrando en el camino muchos de mis miedos, mis dudas, mis búsquedas. No ha sido fácil. Nunca es fácil, lo que lo hace más bello. Por ahora el manuscrito se titula: Un invierno y medio verano.

 

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PERFIL
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Juan Cárdenas nació en Popayán, Colombia, en 1978. Es escritor, crítico y traductor. Ha publicado las novelas Los estratos (Periférica, 2013) y Zumbido (451 Editores, 2010). En 2013 obtuvo el Premio nacional de crítica y ensayo otorgado por el Ministerio de Cultura y la Universidad de Los Andes. Vive y trabaja en Bogotá.

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