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Esta semana Latinoamérica se escandalizó morbosamente con la historia de la viceministra costarricense cuyo video inundó las redes sociales por obra y gracia de un malintencionado ingeniero de sistemas quien, según ella, intentó extorsionarla para no hacer pública la grabación. Inmediatamente se conoció la noticia, a pesar de que el video data del año 2007, se desataron toda clase de reacciones, empezando por la decisión del gobierno de su país de separarla de su cargo para que pudiera resolver la situación desde el ámbito privado, continuando por cientos de comentarios moralistas que atacaron desde diversos flancos a la funcionaria, no solamente por haber grabado el video, sino además por el hecho de que el destinatario fuera un presunto amante; y finalizando por los medios de comunicación que, pensando más en aumentar el número de visitas a sus portales y audiencia en sus emisiones que en el derecho a la intimidad y la dignidad de la viceministra, mostraron el video cientos de veces.

La situación desatada por este hecho me hizo recordar un comercial de televisión que conocí el año anterior en México en un seminario en el que junto con las agencias de publicidad y el gobierno de ese país analizábamos la forma en que la publicidad y la comunicación inciden en los estereotipos de género y contribuyen, en muchas ocasiones, a exacerbar o equilibrar la brecha que aún existe entre hombres y mujeres. En el comercial una chica es objeto de burlas, comentarios morbosos e insinuaciones sexuales por parte de vendedores callejeros, niños colegiales, un policía de tránsito y otros hombres, todo por el hecho de que su pareja consideró muy “chido” subir a la red un video erótico de ellos dos en el cual él le pide a ella que le diga vaquero mientras sostienen relaciones y ella, en medio del éxtasis, accede a decirlo.

Lo tristemente interesante del comercial es que se presta para muchas intepretaciones. Recientemente por ejemplo, en un evento en el que lo usé como parte de una conferencia sobre comunicación, estereotipos, género y derechos humanos, una de las asistentes consideró que la culpable de dicha “cosificación” era la chica, pues se había prestado a ser grabada teniendo relaciones sexuales con su novio, algo que consideraba bastante inmoral y por ende base para que la protagonista no pudiera quejarse por este tipo de acciones, que las consideraba hasta normales.

Precisamente a este punto, en el evento como en este texto, era que quería llegar; porque considerar que la culpa es de la mujer por dejarse grabar, es casi lo mismo que cuando se culpa a una mujer víctima de violencia sexual por el hecho de haberse vestido de X o Y forma, estar en X o Y lugar de la ciudad y en X o Y hora, como si por el hecho de ser mujeres tuvieran vedados ciertos comportamientos o como si, desde el lado masculino tuvieramos el derecho a actuar solo desde los instintos ante unos comportamientos femeninos que no son, en ningún momento, señales de “ven y cazame”, porque de presas no se trata.

Se trata más bien de analizar qué clase de moral es la que tenemos en nuestros países que, contrario a defender a la mujer, como víctima de acoso en el caso del comercial, o de extorsión en el caso de la Viceministra, la atacamos por considerar que es la mala del paseo por el sólo hecho de permitirse el derecho al goce de su sexualidad. Si lo hizo con su novio, con su amante o con su pareja es otro asunto, uno que sólo le compete a ella misma pues hace parte de su derecho a la intimidad, un derecho que cada día más requiere de salvamentos especiales, máxime cuando se trata de las mujeres pues, en países machistas como los nuestros, cuando es el hombre quien sale en el video se toma como un trofeo a su virilidad, pero en el caso femenino es en cambio una afrenta a “la moral y las buenas costumbres”.

¿Qué clase de moral tiene una viceministra que se dice defiende los derechos de la juventud, cuando es vista casi desnuda seduciendo a alguien por la Internet?, dirán algunos. Pero es que, ¿acaso la sexualidad es sólo cuestión de unos cuantos, me pregunto yo? ¿acaso el ser funcionaria pro juventud le impide el pleno goce de sus derechos sexuales y reproductivos y para ello incluso usar las nuevas tecnologías, unas que seguramente los jóvenes costarricenses, como los del resto del mundo occidental usan en gran medida para compartir sus vivencias, sensaciones y sentimientos?¿acaso se necesita ser santo para ocupar un cargo público?. Por qué no se pone el ojo más bien en el incauto que, en aras de enriquecerse o quién sabe si de dañar la carrera política de una funcionaria exitosa, se mete en su vida privada y la hace pública para ganar réditos. y por otro lado, qué clase de moral tiene un gobierno que, contrario a blindar y acompañar a sus funcionarios y encontrar en el caso los aprendizajes para una sociedad que lo necesita, le da la espalda y hace de cuenta que el asunto fue un periódico de ayer y, para acabar de completar deja que circulen rumores sobre supuesto acoso sexual por parte de la funcionaria, algo que, aun siendo cierto, no debió esperar el destape de un escándalo del fuero privado, de vieja data, para sacar a relucir uno del fuero público.

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Estratega de comunicación residente en Bogotá, coordinador de acciones de difusión de eventos culturales en Colombia, así como en la asesoría en comunicación para el desarrollo de proyectos sociales, ONG y agencias de cooperación internacional presentes en el país.

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  1. El autor toca un álgido tema que data de tiempos inmemoriales y el cual ha siempre tarido las más absurdas y trágicas consecuencias a la humanidad en general. Es tan vigente en el caso de la dama costarricense como lo es en el caso de las mujeres en paises árabes, las mujeres asesinadas impunenemente en el norte de Méjico, de las mutilaciones genitales de adolescentes en el Africa, de la grotesca y cotidiana violencia doméstica en nuestros paises de machos barrigones y con bigototes. De igual manera este absurdo estado de cosas se repite una y otra vez, con este o aquel matiz a traves de milenios, en asi todas las culturas. En alguna ocasión durante mi época de estudiante de la UN tomaba tinto con una amiga en la cafetería de la Facultad de Psicología y comentábamos el caso de una estudiante que había casi cercenado la lengua a su abusador pretendiente. Un comentario de mi amiga quedó grabado en mi memoria. Explicaba que ese tipo de actitud masculina aparentemente inherente a la raza humana se debía al inconsciente reconocimiento por parte del elemento masculino de la superioridad total del elemento femenino, y que la violencia y aparente “superioridad” eran solo producto de un inmaduro intento de sobre-compensación. Yo le creí entonces y ahora, casi cuarenta años mês tarde, le sigo creyendo.

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