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Hace varias semanas vengo observando con asombro que cada vez más extranjeros llegan a Bogotá; y no se trata simplemente de los rubios en chancletas que turistean por La Candelaria y la Zona Rosa (que por supuesto están comprobando que al igual que Quito, Lima o Río de Janeiro, la capital colombiana es digno destino para unas vacaciones de verano); tampoco de los funcionarios de saco y corbata que hacen parte de las delegaciones diplomáticas y de la cooperación internacional que desde hace varias décadas (desde que se recrudeció nuestro “histórico” conflicto) vienen y van mimetizándose con los capitalinos. No, son familias enteras que han venido a afincarse en esta gélida pero a la vez acogedora sabana.
Me explico, el pasado martes vi en una cadena de restaurantes de la 72 a una familia de coreanos que alegres salían de almorzar. No eran turistas pues el niño iba con uniforme escolar y cuadernos bajo el brazo. El jueves oí una conversación entre chicas que salían de una oficina, una con acento venezolano y otra claramente ecuatoriano, preguntándose sobre la ruta de bus que abordarían para ir a sus casas, no a un hotel. Y hoy domingo, mientras compraba algo en un supermercado, me quejé de la fila eterna con un brasileño que decía no acostumbrarse a ello a pesar de llevar un par de años residiendo en “la nevera”.
A simple vista, oída y leída, muchos lectores, como yo en mi momento, pensarán ¡qué bien! Eso es desarrollo, eso es confianza en el país, ese es el país que queremos. Y hasta si, es interesante que nuestras ciudades nuevamente sean visitadas y habitadas por foráneos, de esos que sienten que nuestra hospitalidad les permite sentirse mejor que en sus natales tierras. Por otro lado, claro que siempre es bueno aprender del extranjero, compartir experiencias, exportar problemas y alegrías, para dejar de andarnos mirando el ombligo que es lo que históricamente hemos hecho hasta creernos los más felices, los del conflicto único, los del mejor castellano, los más amables, los del mejor himno, etc.
Pero me comencé a preguntar, si detrás de ese “novedoso” fenómeno está en realidad una puerta a un desarrollo integral y sostenible, o si por el contrario estamos dejándonos deslumbrar (como solemos hacerlo) por esta oleada extranjera y, en ese movimiento propio de la globalización, estamos impidiendo a muchos nacionales tener un empleo digno, ascender en las jerarquías corporativas, o incluso tener ese apreciado y necesario primer empleo.
Telenovelero como soy, recuerdo que hace varios años, cuando a la televisión colombiana comenzaron a llegar artistas de diversas latitudes, el gremio televisivo nacional protestó por lo que podía ser una competencia que afectara al de por si inestable oficio de la actuación.  La polvareda se zanjó cuando se dijo que esa entrada de luminarias foráneas abría la puerta a que las producciones nacionales llegaran con peso más fuerte a otros países y por ende los actores criollos pudieran venderse más rápido y mejor afuera. Y hasta sí, eso permitió una mayor expansión y venta de las novelas afuera y algunas estrellas viajaron a protagonizar a Venezuela, México y Miami; pero no nos digamos mentiras, ahora nuestras novelas, salvo contadas excepciones, parecen calcadas en cuanto a creación de personajes, escenarios y lenguaje a las series mexicano-gringas (por no decir chicanas).
Sin embargo, eso en el mundo de la cultura (porque sigo creyendo que la novela es un arte) hace parte de la hibridación, de la posibilidad de seguir creando universos para el mestizaje, aunque en ese mestizaje globalizado de hoy se nos vaya la identidad y muchas veces los jóvenes sientan más propio a Daddy Yankee que a Petronio Álvarez. 
Pero, ¿y en el mundo del trabajo eso con qué se come? No se trata por supuesto de cerrar fronteras, de ser xenófobos ni proteccionistas, sino de pensar, ¿qué tantas reales posibilidades de aporte económico y social para el país están haciendo quienes vienen a trabajar, a crear empresa o a aventurar sus recursos en Colombia?¿Qué tanto real intercambio de conocimiento y experiencia se está dando en este fenómeno? ¿piensan las empresas, públicas y privadas, primero en contratar a mano de obra colombiana cualificada antes de importar cerebros extranjeros? ¿Estará el gobierno colombiano consciente de lo que viene ocurriendo y habrá pensado ya cómo ello incide en una tasa de desempleo que sigue sin ceder lo suficiente? O estaremos, como dijo el dueño del edificio en el que trabajo, ante un neocolonialismo, esta vez empresarial que ya no tiene vuelta atrás?
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Estratega de comunicación residente en Bogotá, coordinador de acciones de difusión de eventos culturales en Colombia, así como en la asesoría en comunicación para el desarrollo de proyectos sociales, ONG y agencias de cooperación internacional presentes en el país.

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