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En este país agobiado por las guerras desde antes de nacer, desde la sangrienta conquista española, pasando por la independencia y terminando con este conflicto sin nombre que lleva matándonos más de seis décadas, nos hemos creído el cuentico de que la única forma de lograr la paz es acabando al contrario a bala, a machete o a motosierra.
En este país, en donde la palabra paz no ha sido más que el símil de un simbolito cliché de una paloma y un ramo de olivo, nos han hecho creer que vivir en armonía sólo es posible cuando todos pensamos del mismo modo, cuando acatamos sin chistar las reglas creadas por unos pocos, o seguimos las imposiciones a pies juntillas sin derecho a la protesta, al disenso, o a la sana discusión.
Y es que, como vivimos engreídos en aquello de ser la democracia más antigua de América Latina, se nos olvida que la democracia no se hizo para uniformar ideologías, ni para diezmar oposiciones, sino para respetarnos y valorarnos en la diferencia, en la pluralidad, para reivindicar el valor supremo del diálogo y la palabra como forma para encontrar puntos de encuentro aún en la confrontación, por más bélica y difícil que haya sido, o que continúe siendo.
Debería ser inconcebible entonces pensar en un país que pueda preciarse de haber construido la paz sobre los cadáveres de sus enemigos, sobre el aniquilamiento del otro, que no es más que un otro connacional que piensa y actúa distinto, moral y éticamente distinto si se quiere, pero la mayoría de las veces distinto simplemente por la falta de oportunidades en un país desigual, inequitativo y que olvida a las periferias.
Fueren cuales fueren los motivos, más de 200 años a sangre y fuego nos han enseñado que los pacificadores armados, desde Morillo el español que defendía a la corona, pasando por los caudillos de derecha y de izquierda, o incluso por los de ultraderecha con tufillo a aguardiente y ansias de terrateniente, y los de izquierda que cambiaron la ideología por el narcotráfico, no dejan más que subdesarrollo, desesperanza, rencores y aislamiento, pero nunca han sembrado las bases de la paz.
Actualmente, en cambio, estamos ante una oportunidad única para vivir una Colombia en paz, una oportunidad que no pasa sólo por lo que se discuta y acuerde, o no, en La Habana, sino también por lo que como sociedad colombiana hagamos,si despertamos y nos levantamos en voces, en pensamiento y en acción electoral en breve, para que en vez de pacificadores de mano armada nos gobiernen pensadores de la construcción de la paz desde el reconocimiento del otro como un sujeto pleno de derechos. Y tu, ¿qué tipo de paz quieres construir? ¿Qué tipo de pacifismo piensas elegir?
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Estratega de comunicación residente en Bogotá, coordinador de acciones de difusión de eventos culturales en Colombia, así como en la asesoría en comunicación para el desarrollo de proyectos sociales, ONG y agencias de cooperación internacional presentes en el país.

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