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Mi primer acercamiento a la poesía del bardo de San Onofre, que parece un árabe taciturno o un sabio vestido de particular, fue hace tres décadas. Sólo necesité dos de los once poemas que Andrés Holguín escogió de Quessep, para su Antología Crítica de la Poesía Colombiana 1874 – 1974, esos dos tomos editados por Tercer Mundo, que aún conservo en mi biblioteca como uno de mis grandes tesoros. Dos poemas digo: “En la luna que he contado” y “Cercanía de la muerte” el cual aquí les regalo:

 

El hombre solo habita/ Una orilla lejana/ Mira la tarde gris cayendo/ Mira las hojas blancas.

Rostro perdido del amor/ Apenas canta y mueve/  La rueda del azar/ Que lo acerca a la muerte

Extranjero de todo/ La dicha lo maldice/ El hombre solo a solas habla/ De un reino que no existe.

 

En la página 213 del libro de Holguín, este poema está escrito a mano alzada. No necesité de la valoración crítica (más acertada que ninguna) de don Andrés, que dice que Quessep emplea las más bellas palabras, dotadas de una recóndita melancolía; que la poesía de Quessep es la menos elocuente, en fin, señala características como “acendrada melancolía”, “profundidad pasmosa” para, en una pincelada final bautizarlo como “nuevo aprendiz de brujo” cuyas metáforas son “las más bellas de la última poesía colombiana”. Treinta años después esta última frase sigue vigente, y “última” quiere decir, desde 1970 hasta la semana pasada.

¿Qué tiene ese poema citado, que concitó el interés de Andrés Holguín (lo cual significa mucho) y que a mí me cautivó tanto (lo cual no significa nada)?  En primer lugar el título, que ya indica que el poeta está conectado con una tradición, la española, la de Quevedo que nos enseñó, que “nada más es nacer y ya empiezas a morir”; la de Manrique que nos advirtió “cómo se viene la muerte tan callando”. En segundo lugar, por esa asonancia en sus versos, esa especie de susurro, de sordina, que se convertiría en, tal vez, desde el punto de vista musical, lo más característico de toda su poesía.

Pero mi verdadero y directo contacto con la poesía de este hombre nostálgico, tan discreto que ni se percata de que es hoy por hoy lo más señero de nuestra poesía, ocurrió en 2007, a raíz de la presentación en Cartagena, en un convento, para más señas, del libro Metamorfosis del jardín que reúne toda su poesía hasta 2006, con excepción de su primer poemario que él no quiso que se incluyera. La de Galaxia Gutenberg, que ha de ser el ideal para cualquier poeta, era la edición que la poesía de Quessep se merecía. Con un prólogo que demuestra que no se puede ni se debe hablar de poesía dejando por fuera al poeta.

Con mi ejemplar en la mano y una generosa dedicatoria de Giovanni, recuerdo que me dije: Ahora sí que se caiga el mundo. Un verso, no sé por qué, me persigue misteriosamente desde esa lectura, y él lo sabe: “El cielo/quebró el espejo de mi casa y honda/sonó la muerte en el aljibe”

Leída toda la poesía y sin ninguna intermediación crítica, que es como prefiero hacerlo y es lo que le pido a mis estudiantes, veo que Quessep vuelve una y otra vez sobre los mismos temas, pero siempre los renueva, él sabe que no hay tradición sin creación que la renueve. El misterio, la ensoñación, lo inefable, la distancia, la muerte y los recuerdos, constituyen la parte abstracta de su universo poético. Lo árabe y mozárabe, representado ora por el jardín, ora por el desierto pero también por los aljibes, el luto azul, Las Mil y Una Noches, Sherezada y Dinazarda; la dialéctica entre la belleza y la muerte, y entre el mar y el exilio (el de su familia perseguida por el Imperio Otomano), mar que no es el del sur ni nórdico ni caribe, sino el mar homérico color del vino; así mismo los pájaros, muchos pájaros, sobre todo en su poemario “El ser no es una fábula”, constituyen la parte más concreta de su universo simbólico. Ah! Se me olvidaban las hadas, que son muy concretas, porque (esto me lo dijo él mismo), las tiene dentro de una jaula en el patio de su casa: “¿Nada transcurre? ¿Todo está en la piedra?/ ¿El zafiro, la rosa, la mañana?/ En ella el aire escribe/ el nombre de los tigres y las hadas.”

¿Es la de Quessep una poesía culta? ¡Por supuesto! Él sabe también que no hay creación sin tradición que la sostenga; por eso, en sus poemas hay tanto de mitos como de leyendas y de fábulas; tanto de literatura nórdica, hebrea, árabe, latina y griega; tantos dioses, adivinos y magos (como Merlín), tantas cantigas, arias, epigramas, salmos y sonatas.

Pero es también la de Quessep poesía íntima, dedicada en buena parte a mujeres que, como las hadas y los duendes, han dejado honda huella en su memoria: su madre Paulina Esguerra, su abuela Venut, su amiga Violeta y su alumna Claudia.

¿Es la poesía de Quessep sobre todo imaginación? ¡Por supuesto! Él sabe que la poesía es conocimiento cifrado y que por eso un poema debe leerse de frente y al sesgo; pero sabe también que, como dijo Einstein, la imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado. La imaginación abarca el mundo entero. ¿Es la poesía de Quessep cuento o canto? Es ambas cosas. Poemas como “Oración de los cazadores” (con epígrafe de Blake) y “Canción del barquero” son cuento que se canta. Él sabe (como Antonio Machado), que “Canto y cuento es la poesía/ se canta una viva historia, contando su melodía”.

(Leído en la Casa de Poesía Silva, septiembre 13 de 2016, en el marco del V Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana de la Universidad Santo Tomás, evento en el cual Giovanni Quessep recibió por parte de dicha universidad la condecoración Orden Facientes Veritatem, en grado de Comendador.)

 

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PERFIL
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Profesor en la Maestría de Estudios Literarios y en la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás; profesor de Producción de textos en la Universidad Distrital. Articulista y columnista de El Tiempo y comentarista de libros en Lecturas dominicales desde 2003. Autor de Cien remedios para la soledad y Crónica contra el olvido.

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