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El Hay Festival de Cartagena cumplió doce años, y cada año está mejor, más diverso y más incluyente. Quienes se lo pierden porque creen que es un acontecimiento elitista, quizá no sepan que los eventos por los que el público paga, que se llevan a cabo en el Teatro Adolfo Mejía o en el Hotel Santa Clara, también son llevados a colegios y universidades de forma gratuita y exclusivamente para estudiantes. Quizá ignoren que la boleta para escuchar a un escritor o historiador de talla mundial e inclusive a un premio Nobel, cuesta $25.000. Quizá ignoren que la organización regala paquetes de hasta diez de esas boletas a un buen número de estudiantes, previa inscripción. Se diría que lo malo del Hay es que cruza a la misma hora tres eventos (todos repletos de un público que arrasa con los libros de los autores de turno), lo que implica perderse necesariamente  dos tercios de la programación diaria. Sería muy deseable que el evento durara cinco días en vez de cuatro.

Dicho esto, comentaré sobre algunos de los eventos a los que asistí. De los que me perdí no diré nada, como nada diré nunca de un libro si no lo he leído.

En primer lugar, creo no haberme equivocado cuando señalé (en el periódico y en este blog) a los que consideré como imperdibles, pero se me hace que algunos no lucieron lo suficiente por culpa de los entrevistadores. Es comprensible que algunos entrevistadores sean escogidos en razón al capital simbólico que detentan, porque se supone que, aparte de que convocan, son buenos para entrevistar. Pero resulta que no siempre es así. Pongo como ejemplo a don Héctor Abad Faciolince, cuyas entrevistas fueron asaz mediocres. Se quiere mostrar más de la cuenta, como que se pellizca los cachetes y se da besitos cada vez que interviene; en una suerte de oportunismo, busca el elogio del entrevistado; no se prepara, solo improvisa e improvisa mal, porque simple y llanamente no ha leído con profundidad y suficiencia la obra de los autores, lo cual hace que tenga que acudir a trivialidades que no vienen a cuento y a recalcar que el entrevistado es su mejor amigo y majaderías por el estilo. Está bien que quiera sacarle a los escritores las claves para escribir bien, a ver si él mismo mejora su escritura, pero se desvía del tema que al público le interesa. Por ello nos quedamos esperando una buena conversación en torno a la gran novela de Padura, El hombre que amaba a los perros. Como al parecer no la leyó, y rapidito se quedó sin tema, hizo colocar un documental muy largo sobre el novelista cubano. Desperdició también al español Fernando Aramburu, que era una mina de oro por cuanto su novelística, además de poética, tiene un enorme valor documental.

Otra entrevista que fue un total desperdicio, fue la que Juan David Correa le hizo a las periodistas «que dicen verdades». Sus preguntas eran ambiguas y llenas de anacolutos. En vez de centrarse en temas tan estúpidos como el de «las alitas de pollo del Gimnasio Femenino», tenía que indagar en «las verdades» con las que las periodistas se enfrentan al establecimiento. Terminó su lastimosa actuación casi igual que don Abad Faciolince, rellenando. En su caso leyendo un largo texto publicado por un periodista argentino, completamente fuera de lugar. Correa es un gestor cultural muy valioso y reconocido en nuestro medio, pero al parecer se lo comieron los nervios y mostró demasiado el cobre.

Caso muy contrario fue el de Juan Gabriel Vásquez, al que si bien le caben reparos como escritor, como entrevistador es impecable. Es serio, se prepara, sabe hacerse a un lado para que brille el entrevistado, y maneja un inglés tan claro, que se le entiende sin necesidad de traducción. Como que le aprendió a Peter Florence y a otros ingleses que son los mejores entrevistadores. Vásquez sacó lo mejor de Hisham Matar, al punto de que este magnífico escritor fue aplaudido de pie por el público.

Caso similar fue el de Felipe Restrepo Pombo y de López de Lamadrid, aquél entrevistando a Maylis de Kerengal (lúcida y primorosa) y éste entrevistando al genial César Aira. Las entrevistas fueron tan pertinentes, que estos autores nos enriquecieron al máximo. Al chileno Alberto Fuguet le fue bien, porque trajo a su propio entrevistador, que conoce bien su obra.

Un entrevistador absolutamente desenfocado y fuera de lugar, fue Alejandro Santos. No pudo con un par de eruditos de la talla de Enrique Serrano y William Ospina; pero estos supieron hacerlo a un lado y prácticamente desarrollaron su controversia sin mediación. En dicho debate, fuimos testigos de dos visiones diferentes pero complementarias sobre una especie de ontología hispanoamericana. La visión de Serrano, muy deudora de la academia y muy recargada hacia lo grecorromano y lo medieval. La visión de Ospina, más holística, nada academicista y con la ventaja de poder acudir a la poesía.

Respecto a la Gala poética, ha sido una de las más gratificantes. Entre los poetas que escandieron sus versos, hay uno que hasta puede llegar a ser premio Nobel, el israelí Amir Or. ¡Qué poeta! Pero no le iban en zaga, la española Luna Miguel, «Virginia Woolf, cáncer de agua»; la libanesa Joumana Haddad (de inigualable hermosura), con su extenso poema a Lilith;  la canadiense Natasha Kanapé, con sus versos sobre praderas, lagos y búfalos; el portugués Tolentino, respondiendo a la ya conocida tradición poética de su país; el sorprendente profe Benavides; un Ospina, acaso menos lírico que de costumbre, y dos colados, el argentino Pedro Mairal y la colombiana Balcázar. Al primero le cabe mérito como autor de una novela, perfecta para enganchar en la lectura a jóvenes de colegio «Sabrina Love», pero como poeta, le falta pelo pa’ moña. Puro virtuosismo inútil y lenguaje ramplón. Doña Cecilia, hasta nos hubiera convencido si no lee el último poema, dizque «Sueño erudito». ¿De dónde saca que la poesía se hace desde la erudición? ¿A quién quería descrestar mencionando a Foucault, Derridá y otros tantos? Es como si alguien escribiera un poema para demostrar que sabe de autos y mencionara las marcas más finas. Si le dan cinco minutos más, nos arregla con uno sobre deconstrucción o neo estructuralismo, tal vez titulado «Oda a la macro estructura del discurso socio-semiótico». Un poema no se escribe para subrayar la condición de sociolingúísta. Lástima, porque al comienzo mostró algún destello; pero la vanidad intelectual…

A mi falible juicio, el Hay tuvo en Simon Sebag Montefiore, a un verdadero monstruo de tres cabezas. Habla de los Romanov como si fueran familiares suyos; habla con la misma sencillez y profundidad con que escribe, y sobre todo con pasión. Lo mismo cabe decir sobre Andrea Wulf (confirma que una mujer intelectual, también puede ser agradable y bella), quien leyó 500 libros de y sobre Humboldt e hizo algunas de sus expediciones. Tanto el historiador inglés como la biógrafa alemana son un cachetadón para el ala acartonada de la academia, que no considera serio transmitir el conocimiento con amenidad y apasionamiento.

¿Qué decir de Leonardo Padura? Qué escritor y qué maravilla de persona. Se robó el corazón de un público que abarrotó por completo el Teatro (había mucha gente de pie a lo largo de los corredores, y al final, para conseguir su autógrafo, se hizo una fila que parecía de gente buscando una cita en una E.P.S.)

No extenderé las menciones para que se noten menos las omisiones, y cierro destacando a Joël Dicker. El suizo es más inteligente que un duende, a pesar de ser tan joven. Mostró un poco las costuras para los escritores que aspiren a escribir una novela policíaca llena de tramas y de personajes, sin que nada se le salga de las manos.

Lo suscribo. El Hay está cada año mejor. Cada versión nos enriquece más. Qué pesar que no dure más. ¡Qué pesar que ya pasó!

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PERFIL
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Profesor en la Maestría de Estudios Literarios y en la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás; profesor de Producción de textos en la Universidad Distrital. Articulista y columnista de El Tiempo y comentarista de libros en Lecturas dominicales desde 2003. Autor de Cien remedios para la soledad y Crónica contra el olvido.

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