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A través de una amiga llegué a una lista de las 15 películas más polémicas de la historia. Como en toda selección, la subjetividad está a flor de piel. De todas maneras el listado me llevó a pensar en los filmes a los que yo podría adjetivar con esa palabra, esos que a mí me han movido el piso, que me han hecho darles vueltas y vueltas, que me han quitado el sueño. Los que me han jodido la cabeza.

Y mi memoria se llenó con Das weiße Band y Caché, de Michael Haneke. Director pertinente para unos, manipulador para otros. Yo estoy entre los primeros porque sus películas me hacen cavilar, muy a mi pesar, en Colombia. De muchas formas este par de largometrajes se pueden encontrar provocadoras y controversiales, pero al revisar Colombia bajo dicha lente, ellas llegan a aterrorizarme. Me perturban. En la primera, hecha en un blanco y negro casi de postal, en donde los protagonistas son los niños; en donde la gente es feliz y el status quo se mantiene; en la que no pasa mucho excepto el día a día expuesto a través de una realidad degenerada, cínica y cruel: un presente que está pariendo un futuro terrible. En la segunda, la típica familia de clase media alta e intelectual, con una vida acomodada y plácida en donde lo malo solo pasa en el televisor, aparato en donde tenemos al terror como compañía de fondo, familia en la que la tranquilidad solo puede ser alterada por el ayer que toca a la puerta, por ese tiempo pretérito con el que siempre nos toca saldar cuentas, por esos días de atrás que no nos saben dejar tranquilos. Ese mismo pasado que queremos olvidar y lavar. Ese que escondemos de los demás.

Porque viendo y viviendo nuestro ahora y confrontándolo con el mensaje y preguntas que dejan esas cintas, ¿quién no piensa en Colombia?  No en Colombia como espacio geográfico, sino en Colombia como metarrelato, como proyecto de vida —si llegase a existir—, como sociedad que se debe analizar, revisar y estudiar su pasado para tratar desde allí explicar su contemporaneidad. No puedo dejar de preguntarme ¿qué diablos nos ha pasado?, ¿qué hicieron nuestros padres y los padres de nuestros padres para que hayamos llegado a tal degradación?, ¿cuáles son esas ausencias que hemos de llenar?, ¿cuál es la catarsis que debemos hacernos como colectivo? ¡Pucha! ¿Cuándo vamos a alcanzar el significado de ser Colombiano?

¿Habrá otra forma para poder seguir adelante, para dejar de ser como el perro que busca morderse la cola y salir de ese solipsismo que es la cotidianidad colombiana? Hasta dónde en el pasado nos tocará ir para buscar las raíces del odio que nos marca, que nos rodea, que es el ambiente que respiramos; de la violencia en cada accionar, en cada discurso, omnipresente que se volvió de cajón decir «metida en nuestro ADN»; de la indiferencia que nos pone a mirar para el otro lado y vivir de fiesta en fiesta, que nos hace vernos en la pantalla del televisor y seguir pensando que son demás, que nos lleva ignorar el hoy porque estamos en la burbuja con los vidrios cerrados y el aire encendido; del clasismo genuflexo y lambón que nos ahoga en sentimientos de superioridad nimios como el tono de nuestra piel, que nos condena a renegar nuestra identidad, que traduce la palabra indio como un insulto, que nos somete, como india indigena violada, a la eterna humillación de abrirnos de piernas al conquistador foráneo y luego nos condena a vivir siendo los hijos de tamaña vileza.

Un individuo responde y deja ver en sus actos el reflejo de la sociedad en donde creció. «Los hijos deben pagar por los pecados de sus padres», aparece escrito en un papelito después de alguna de las secuencias más angustiosa en Das weiße Band. Porque no es en el futuro en donde hallaremos la respuesta. No señoras y señores, ni en los niños o jóvenes, porque estos ya no la son, porque ya hay algo dañado en ellos, porque somos un país lleno de gente avinagrada de la que difícilmente podrá algo dulce salir. Es buscando en el pasado, a donde tendremos que descender, para allí lamernos las heridas y curarnos.

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Ve, mandan a decir que cuando Uribe era presidente no se maltrataba a los que protestaban.

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La curiosidad me llevó a probar y a seguir probando. Ella trajo al cine, la música, los libros, la filosofía y la voluptuosidad. Así fue como de ingeniero electrónico llegué escribir y trato de no perder la elegancia en ello. Mi principal derecho: contradecirme.

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