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—Lo siento.

—¿Por qué?

—¿No has visto Twitter?

—No, ¿qué pasó?

—Bowie.

 

Se me heló el corazón. ¿Por qué? La verdad es que no me lo explico muy bien. Siendo una persona de la que “apenas” tengo sus discos, como otros tantos millones, el vacío que siento puede verse adolescente. Sin embargo, estoy seguro de que su partida me duele más, me dolerá más, que la de otras personas “cercanas” de esas que alguna vez toqué, olí o vi y que están en mi Facebook amontonándose como “amigos” en una relación intrascendente en ambas vías. Esa puede ser la simple razón del sentimiento que me oprime: él me enseñó y me hizo encontrar otras sensaciones.

 

 

Fue por allá entre el 83 y 84 cuando Hernán Orjuela y Lina Botero me lo presentaron. Lo “conocí” a través de su video de Let’s dance. Esa canción que es La Canción para mí, es mi canción, con ella el delgado duque blanco me hacía bailar. Bueno, más bien imitarlo torpemente. Sin embargo, fue un amor de verano al que solo le volví a ver el rastro en 1988 cuando Scorsese revela La última tentación de Cristo. En ella él fue Pilatos. ¿Y quién más para cantarle la tabla a Jesús que Bowie?

 

 

 

Una década después de Let’s Dance me lo encontré en un Black tie White noise que sonaba bien diferente a todo lo anterior. ¿Cómo es que te llaman querido? Luego me rompió el oído The Hearts Filthy Lesson en Sev7en, parte de su álbum electrónico y corrosivamente industrial Outside. Bestialmente seguido por Earthling —mi CD tiene un olor que aún conserva, en serio— y su frenético jungle mezclado con drum ‘n’ bass. ¡Qué fiesta tan larga! Nos ayudó a bajarla con Hours en el 99.

 

 

A finales del 2000 la BBC lanzó una edición especial: Bowie at the BEEB. Allí fue cuando de verdad todo cambió y de los coqueteos pasé al enamoramiento. Dedicación total a esos tres discos —dos con sus mejores canciones grabadas entre el 68 y el 72— y una de su concierto en el teatro de la radio de la BBC. Ese fue mi billete de entrada al mucho más amplio mundo del que yo apenas conocía menos de la mitad. Fue un viaje al pasado que me hizo sentir lo que por avatares de la vida nunca podría tener. Como lo expresó magistralmente García Márquez: “extrañar lo que no se ha tenido”, lo que no se ha vivido. Una puerta que se abrió con la trilogía de Berlín, con Ziggy y toda su música anterior. Y si faltara más, también incrementó mi curiosidad por ciudades, escritores, películas, personajes, por la moda. Berlín, Londres, Nueva York, Nietzche, DeLillo, McEwan, el expresionismo alemán, Warhol, Burroughs.

 

Y por su puesto, música: David Bowie fue el personaje que validaba mis gustos mientras me mostraba otros dentro del pop, el rock & roll, la electrónica/industrial. Entre lo comercial y lo más undergorund. Un tipo que me dijo violentamente que no hay nada más godo que casarse con estilo o ritmo musical. El Major Tom iba tranquilo en avión o nave intergaláctica; con suficiencia entre Nine Inch Nails y Skinny Puppy o entre Pixis y Sonic Youth; y Arcade Fire y The Streets, Iggy Pop y Bauhaus. Fue el artista que me indicaba el camino a seguir.

 

Desde hace once años él no volvió a hacer giras, se encerró. Tal vez los años encima y sentir la muerte tan de cerca le hizo ir cayendo dentro de sus miedos, esos que nos confesó en tantas canciones, la alienación, la ansiedad, la angustia de la soledad, pero que en las canciones The Next Day, Valentines’s Day, Blackstar y Lazarus dejan de guardar cualquier velo y salen a la luz.

Aún sigo tratando de imitarle, ya no en su forma de bailar, sino en la curiosidad como un valor. Y el dolor por su muerte no es más que el de cualquier humano egoísta que sabe que ya no podrá volver a tener ninguna interacción con el que parte. Porque Lazarus en su propuesta audiovisual me obligaba a esperar a que se levantara para vestirme bonito e ir a verlo en el escenario una vez más.

 

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La curiosidad me llevó a probar y a seguir probando. Ella trajo al cine, la música, los libros, la filosofía y la voluptuosidad. Así fue como de ingeniero electrónico llegué escribir y trato de no perder la elegancia en ello. Mi principal derecho: contradecirme.

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