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Estos señores de la Academia sueca y noruega, para infortuna de algunos, no son más que personas con amplios estudios académicos cuyas decisiones siguen siendo humanas. No recuerdo haber visto alharaca alguna por los Nobel de Física, Química, Economía o Medicina. Seguro que la hay, pero se queda en esos círculos. Ah, pero Literatura y Paz (política), estos dos galardones son los más humanos y nos permiten “opinar”. Tanto que hacen olvidar que “de lo que no se puede hablar, mejor callar” como dijo Wittgenstein. Entonces el mundo tembló hasta dividirse con este par de anuncios.

 

 

El pasado viernes 7 de octubre, siendo las 11.00 en Oslo, 4.00 en Colombia, la portavoz de la Academia Noruega anunciaba que el premio Nobel de Paz era para el presidente de Colombia Juan Manuel Santos. No alcanzaron a pasar un par de horas cuando él aparecía exultante acompañado de Tutina. Recién bañado, Santos daba la impresión de que de la paliza de días anteriores ya no quedaba nada, y en un discurso plagado de lugares comunes, y cómo más si no tuvo tiempo de prepararlo, nos decía que el premio era nuestro. Como la plata, que la repartirá entre las víctimas. ¿De a cuánto le tocaría a cada una? El después es historia. Como en el plebiscito, pues unos con el Sí, otros que No —que era para Uribe—.

Con una semana de retraso, los académicos suecos la pelaron en puntualidad, el jueves pasado se anunciaba al cantautor Bob Dylan como el sucesor de Svetlana Aleksiévich. Y hasta el sol de hoy el homenajeado no ha pasado de copiar en su muro de Facebook el porqué los académicos habían decidido premiarlo. Y la revuelta fue tal vez superior a la suscitada por el colombiano. Todo los que tenemos tribuna dijimos algo, y muchos demostraron que no le faltaba razón a Umberto cuando dijo lo que dijo del estúpido del pueblo y su nuevo megáfono. La polémica fue tal que solo pasó un día y la portavoz tuvo que salir a explicar la decisión. Al contrario de Santos, Dylan no se ha manifestado por el premio y ya los organizadores han dicho que esta acá llegaron en los intentos de búsqueda del cantautor que “habla por una generación”.

Los premios Nobel, como cualquier otro premio, no son infalibles y han tenido descaches unos más grandes que otros. A los suecos en el de Literatura normalmente se le increpa más por ausencias que por presencias. Joyce, Zola, Borges, Tolstoi, Updike, Djuna Barnes, Pessoa, Kafka, Greene, Proust son algunos de los que siempre faltarán, y a pesar de no estar en el club han alcanzado un lugar en el Olimpo literario. Desde la esquina noruega, que otorgan el de Paz, pasa lo contrario y han tenido que salir más veces en su defensa que los agasajados. La Unión Europea, Obama, Kissinger, Peres y Arafat, por citar un puñado, han sabido estar en medio del ciclón y la historia se ha encargado de ubicarlos donde pertenecen.

De lo que sí se puede hablar es de las reacciones que han emergido por cuenta de estos premios. La godarria mundial se reventó. Es invaluable el derecho que todos tenemos de podemos opinar que nos da la libertad de expresión. Pero hay que saber de lo que se habla, sino es mejor callarse e informarse para sustentar lo que se dice so pena de que la opinión expresa sea tipo nido: solo mierda y paja. Sobre este par de personajes vale decir que la poesía de Dylan es estudiada como literatura en universidades tan prestigiosas como Oxford, cosa que no pasa con Murakami; y de Santos espero que su prepotencia no siga en aumento y termine el trabajo ahora cuando su vanidad se ve ya compensada sin haberlo acabado.

Ve, ¿no se abre con Dylan el premio a René o a Arjona?

 

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