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Fue hace apenas poco más de veinte años cuando me enteré que había que regalarle una rosa a la novia. Era el Día Internacional de la Mujer. No había ni entendido el porqué se celebraba, o a qué se debía, y, vaya paradoja, ya estaba de por medio la comercialización de la fecha. Más tarde, al creer que las mujeres eran iguales a los hombres y que sus reclamos ya no eran válidos, no daba ni rosas. La miopía no es solo un mal que aqueje a los ojos.

Pero algunas enfermedades se agravan por factores externos. Las mujeres que inventaron esta celebración no pedían que les regaláramos rositas. Aunque no hay claridad absoluta sobre el origen de por qué el ocho de marzo, vale la pena recordar. En 1910 durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague, Clara Zetkin propuso como resolución oficial la creación de ese día imitando lo que habían hecho sus correligionarias en EUA. Ellas querían poder votar, trabajar solo diez horas —la jornada era de dieciséis— y que se les pagara lo mismo que a los hombres. Aunque la celebración se expandió por Europa, tuvieron que pasar más de sesenta años para que la ONU invitara a sus miembros a que se unieran a la celebración y se hiciera internacional. Por allá en 1994, apenas, el congreso de EUA, de donde proviene la idea originalmente, hizo oficial la conmemoración. No sé cuándo en Colombia.

Pero igual pasó aquí que allá: esta fecha hoy se coliga más con la maternidad, la naturaleza, el cuidado y la belleza, entre otros clichés de género, que con los derechos a la igualdad negada. Y no es tanto porque no se las deba relacionar con lo enlistado; y sí porque más de cien años después y cada vez este día se asocia más a lo contrario que sus iniciadoras querían. Lamentable. El asunto se mercantilizó. Pasa siempre en ese proceso. El sentido inicial del Día Internacional de la Mujer lo hemos venido dejando reemplazar por el precio de un detallito, de una rosa. Y ni eso. Algunas estadísticas hablan de que el 8 de marzo el 70 % de las compras las hacen las mujeres. De esta forma, se minimiza la celebración cuando la mujer queda en la misma posición de siempre: cosificada y pasiva.

Y en el otro extremo ubicamos la caricatura del feminismo —las feminazis—: una vieja fea y amachada que busca ser igual al hombre en capacidades y derechos. Por espacio, se puede resumir el significado de feminismo afirmando que va más allá de buscar ser iguales, porque así subrepticiamente se ironiza su lucha cuando se pone al hombre como el deber ser —y deberíamos despertar, todos y todas porque no lo somos—, cuando lo que busca es superar la bifurcación que hoy existe entre lo masculino y lo femenino mientras insiste en el peso que significa vivir siendo mujer en esta sociedad. Una definición que se puede alargar a cualquiera que se encuentre en un grupo por fuera de ser hombre caucásico.

Con las adaptaciones propias de cada lugar, se hace redundante decir que “hombre” ha venido siendo el establecimiento, el statu quo. Ese que complota imperceptiblemente en la sociedad para que de una manera u otra se continúe el abuso al que sometemos diariamente a la mujer. Una inequidad que aunque sutil no por ello es menos dañina. Esa que nos hace criticar a una mujer que amamanta a su hijo en la calle sin taparse, mientras que el marketing nos bombardea con tetas en cada esquina. Y entonces viene a ser el hombre, en forma de institución —llámese esta sociedad, moral o religión—, el que impone cánones de comportamiento. Cuándo ella debe mostrar y cuándo tapar; cómo moverse, comportarse y qué hacer. Les tenemos código de vestir, para actuar, para pensar. Sí, decidimos sobre su ser y estar. Y acá —en Occidente— las exhibimos mientras ellas creen que son libres, y allá —en Oriente— las tapan y ellas creen lo mismo.

Entonces, habría que enfocar la celebración tanto en el valor histórico del avance del feminismo, que ha influido positivamente en la mejora de las condiciones vitales de todos, como en proponer formas de acelerar el proceso de deconstrucción del hombre. Obvio, pasa por dejar el machismo, por supuesto. Pero eso va más allá de lavar la loza y colaborar en la casa. Más bien será en llegar a aceptar sin miedos a mujeres como las que imagina Verhoeven en sus filmes —Bajos instintos (1992) o Elle (2016)— que seguro no son viejas de llegarles con maricaditas este día.

 

Ve, ¿ya vieron Logan? Las niñas también pueden.

 

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