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«Absténgase de comer murciélagos en estos días» (sí, solo en estos días, así decía).

Cuando oí esa frase por segunda vez en la televisión del hotel de Kampala, caí en cuenta de que sí, estaba en África de-verdad-verdades. Después de terminar tres semanas de trabajo en tres ciudades de África del Este y escapar del Ébola hábilmente (o de su fantasma), estoy preparado para contar lo que ví.

(Tranquilas florecitas, no se les va a pegar el Ébola por leer este post y no se tienen que poner guantes para usar el teclado cuando respondan con algún comentario. De hecho, yo estaba tan lejos de alguna víctima de ese mal que en Bogotá habría estado más cerca de Texas y esa gringa que se contagió).
no ebola (Imagen de Anthony England / @Ebolaphone)

Para quienes no entiendan la geografía africana, el Ébola no está en «África». O más bien, el Ébola está en África en la misma medida en que Colombia está llena de mafiosos. Sí, hay algunos pero están en sitios específicos y no son todos. En todo el continente africano, que alberga sus buenos mil cien millones de habitantes, solo hay Ébola en tres países de Afríca Occidental (y unos brotecillos mínimos en Congo, pero eso para qué mencionarlo). Yo estuve en Africa Oriental, donde solo se respira el fantasma del Ébola.

imig bog

Para mi gran sorpresa, los primeros en malinterpretar este tema son los funcionarios gubernamentales que mandaron hacer un cartel gigante a la entrada de nuestro país que dice: «Si usted estuvo en África…» y después una larga perorata de cómo uno morirá segundos después de entrar a cualquier sitio entre Sudáfrica y Marruecos, así sea comerse una pizza en el Ant Pizza de Johannesburgo (recomendado).

_DSC1282.jpg

Entrar a Kenya no fue tan grave. Una persona disfrazada de cirugía nos dio la bienvenida y nos llevó frente a la camarita esa térmica que muestra si uno tiene fiebre (primer síntoma del susodicho mal). Nos habían advertido, eso sí, que si veníamos de alguno de los tres países infectados no había riesgo de que nos dejaran entrar. De resto, Nairobi -y sus cafecitos maravillosos- no tuvo nada de raro. De hecho, olvidé el tema del Ébola (y temporalmente también dejé de pensar que las picadas de mosco que tenía eran una señal segura de Malaria y que tendría que llamar al frondio Doctor Patarroyo para que me aplicara su vacuna). Y me divertí viendo un león a una distancia ilegalmente cerca de la camionetica que nos llevó de safari – cualquier movimiento en falso nos habría convertido en presas fáciles (el parque advertía claramente en su entrada que, en caso de muerte por ataque de bestias, el proceso legal de devolver el cuerpo tendría una duración de un mes)-.

Nairobi National Park

No, en Nairobi no caminé por ahí para tomar fotos. La única vez que lo intentamos nos caía encima gente a pedirnos plata, ofrecernos cosas (y personas) y a corretearnos. La experiencia no fue muy grata y preferí, como nos lo instruyeron los locales, seguir andando en el bendito carro todo el día.

_DSC1278.jpg

Después de Kenya seguí a Uganda. Esta experiencia de inmigración fue más dramática. Con unas mesas de madera construidas probablemente en la época del último rey de Escocia y unas enfermeras armadas hasta los dientes con tapabocas y guantes y que tales, nos pusieron a llenar papeles, nos tomaron la temperatura, nos hicieron preguntas y nos pidieron lavarnos las manos con jabón antibacterial en cantidades alarmantes.

kampala imig

Resulta que en Uganda la preocupación del Ébola sí está ahí, pero tienen tantas enfermedades por ahí mezcladas que de cualquier manera hay jabón antibacterial en la entrada de cualquier edificio (y radares de rayos equis en cada puerta y avisos de «deje sus armas aquí, por favor»). Por cuestiones sanitarias, nadie se saluda de mano sino que extienden su antebrazo como señal de saludo, e incluso para mover una silla lo hacen con la manga de su camisa cubriendo las manos (uno nunca sabe). Rico comer pollo con la mano allá, ¿oiga?
Ahí, al final de uno de los largos días de reuniones en oficinas sin agua en los baños, fue que ví la propaganda advirtiendo del Ébola. Me instruía varias cosas:
– No hacer ceremonias muy elaboradas cuando muera un infectado del Ébola
– No tocar a alguien posiblemente infectado
– Asustarme harto si llegara a tener síntomas
– No olvidar, atenta nota: no coma murciélagos, por lo menos durante esta temporada de alto riesgo.
Ya con eso no me daba miedo nada. Si esta gente come tanto murciélago que hay que advertirles que le bajen a tragar ese animal y yo sigo aquí vivo, pues más bien me voy de paseo en un Boda Boda para ver qué tanto es lo que dicen que tienen de peligroso (mucho, me dí cuenta, en particular yendo sin casco):

_DSC1646.jpg
El viaje no había terminado. Las incontables llamadas y correos a los Ministerios relevantes en Etiopía no habían dado ningún resultado para conseguir mi autorización de entrada a ese país (a diferencia de los otros dos países donde pedía la visa a la entrada, Etiopía prefiere sugerir un proceso más largo y tedioso para que un colombiano entre a su territorio – ¿no ve que somos todos mafiosos?-). No obstante, un día antes del viaje, Naciones Unidas consiguió un permiso especial y me dejaron viajar al país con PIB de mayor crecimiento de toda África, donde no están reconstruyendo sus calles sino construyéndolas por primera vez (quéjense con sus huecos, ellos ni siquiera tienen el lujo de tener pavimento en el 90% de sus vías).

Addis Ababa 2014 11

Para descansar de tanta viajadera y tratar de comprender mejor el maldito mundo asqueroso en que vivimos, me fui para el Museo de las Víctimas del Terror Rojo. Ya había visitado el Museo del Holocausto en Washington (de donde hay que salir caminando lentamente y sentarse y llorar en la calle), el Museo de la Memoria y la Tolerancia en Ciudad de México (la versión en español del de Washington), el Museo de la Tortura en Praga y (también en el DF) el Museo de la Inquisición. Pero este Museo del Terror Rojo es más interesante: está atendido por las víctimas que sobrevivieron al régimen del Derg que lo guían a uno por el lugar de manera voluntaria y describen sus condiciones de vida durante ese tiempo (y las torturas que recibían) en un nivel de detalle que no dan ganas de repetir ni siquiera para reflexionar. Con recursos ínfimos reconstruyeron los detalles más tristes de su pesadilla que duró de 1974 a 1991, al punto de identificar y exhibir cadáveres por pedacitos y agrupar la ropa de los prisioneros en vitrinas simbólicas. Ver en acción el maniquí diseñado para mostrar las torturas típicas del régimen era peor que ver los cráneos amontonados en el cuarto de atrás.

Addis Ababa 2014 11

Tocaba volver. Una Ceremonia del Café con crispetas, una cerveza local de Addis Abeba y veintiséis horas de vuelos más tarde, volví a Bogotá y me acordé de que tenemos calles, salud y, mal que bien, ciudad. Y reitero que uno es muy quejetas y debería más bien seguir trabajando para resolver los problemas fundamentales del mundo… como el transporte (?)

(Tómense la temperatura, de pronto tienen fiebre, vómito, diarrea, ¿sangran por sus orejas? Podrían tener Ébola y van a morir en menos de tres semanas).

2014-11-06 18.42.32

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PERFIL
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Carlos Felipe Pardo es un colombiano con maestría en urbanismo de la London School of Economics que trabaja en temas de transporte sostenible, desarrollo urbano y calidad de vida. Le ha tocado ir a más de 60 ciudades en Europa, América Latina, Asia y África a dar asesorías, presentaciones y cursos sobre esos temas. Ha escrito libros y capítulos (unos más buenos que otros), varios de los cuales están en la página de su organización Despacio.org

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