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(esto es parte de una historia real que comenzó acá)
Lo que había dicho el doctor era bastante preciso. Las cosas iban a mejorar pero eso sería muy lentamente. Iba a ser difícil y cada cosa que pasara la íbamos a tener que afrontar con calma y fuerza, porque había varios inciertos. Pero como el tipo estaba tan calmado, no parecía ser tan grave ni doloroso como iba a ser todo.

Las cosas circunstanciales eran relativamente aguantables: navidad en la clínica (celebrada con la familia durante la tarde y luego mi mamá y yo solos cuando nos despertó el sonido de la pólvora a la medianoche), año nuevo en silla de ruedas (que además habían ajustado para que mi pierna pudiese estar siempre estirada – un reto adicional para pasar por sitios estrechos), y la estadía corta en la clínica no fueron realmente algo de qué quejarse. Mi familia tenía la plata para pagar lo necesario para estar cómodos, pero no quiero saber cómo habría sido si no hubiésemos tenido la manera de cubrir todo lo necesario para que no sufriera por los temas más “formales” de esa experiencia casi lúgubre.

Lo que estoy seguro es que no había oro en el mundo para reducir el dolor, angustia y terror que tuve que pasar durante las semanas y meses que siguieron. En particular las dos cosas que me recordaban todos los días que yo tenía una pierna destruida: las curaciones diarias y las infiltraciones semanales.

**ANUNCIO***
Aquí hay que hacer una pausa para hacer una advertencia: lo que sigue es bien horripilante. Si ha tenido incomodidad leyendo lo que vamos hasta ahora, sugiero que brinque hasta el final de este post y continúe con el que siga porque esto es simplemente digno de una película de horror.
**FIN DEL ANUNCIO***

Las curaciones en sí no eran tan terribles, lo que sí eran los problemas relacionados. Una curación consistía en conseguir la mejor gasa que encontrara y comprar “un buen mercurio” para “curar” mi pierna – el “buen mercurio” era aquél que no estuviese mezclado con mertiolate, y así no me ardería tanto la pierna al echármelo. Al aplicar el mercurio, se creaba una especie de piel temporal de color rojizo con brillo metálico (como los caparazones de algunos escarabajos pero en lugar de azul se veía rojo).

Cuando aparecía la piel de verdad, la capa de mercurio se secaba y se podía quitar, pero no sin dificultades y errores. De cuatro veces que me quitaba una pequeña costra de mercurio, por lo menos en una se llevaba un pedazo de piel recién regenerada y tenía que volver a empezar el proceso de curación en ese área. Para empeorarlo, era difícil distinguir la capa de mercurio de la piel verdadera, entonces podía cometer errores involuntarios en los que me quitaba la piel sin darme cuenta. Era una especie de Mito de Sísifo en el que me curaba con mercurio y luego me quitaba parte de la piel. A pesar de la total y permanente vigilancia del médico ante este proceso (nos veíamos con tanta frecuencia que ya me conocían todas las enfermeras y vigilantes por nombre), siempre había veces que me devolvía sustancialmente en el proceso de regeneración de la piel de mi pierna.

Las curaciones no eran dolorosas, pero sí un proceso largo y frustrante donde yo me volví plenamente consciente de lo increíblemente incinerada que había quedado mi pierna – particularmente en la porción superior del muslo (donde explotaron todos los cien mosquitos antes de recorrer el resto de la pierna) en la que el mercurio no parecía adherirse bien y, además, donde había mayor contacto con la ropa, las sábanas y cualquier cosa (no había pantaloneta que no cubriera esa parte de la pierna, y no iba a dormir sin sábanas y con tanga brasilera durante semanas enteras (además porque era inútil si de repente me volteaba y dormía boca abajo).

Pero el dolor real y profundo era el que venía con las infiltraciones. Ese proceso que acompañaba a las curaciones era uno en el que me inyectaban algo (una sustancia que no sé qué era) para reducir una especie de coagulos que se formaban en mi pierna. Cada inyección generaba un dolor que invadía mi pierna entera y subía por el resto de mi cuerpo, básicamente enloqueciéndome del dolor. No era realmente útil poner anestesia entonces esto tocaba aguantarlo a palo seco, y era absolutamente necesario. Hay que agregar que esto había que hacerlo a lo largo de la pierna, o sea que en cada sesión había unas cinco infiltraciones. El dolor no se puede describir con palabras. Era como una especie de estrangulamiento de un espacio ínfimo que se hacía tan fuerte que retumbaba hasta hacer brincar todos los centros del dolor de mi cerebro. Gritar a veces aliviaba, pero andar gritando por la vida todos los días no era una opción muy bonita, entonces ahí aprendí a aguantar dolor en silencio. Practiqué una versión muy reducida del aguante del que fue capaz Thích Quang Duc hace cincuenta años.

Las cosas iban a mejorar pero sería muy lentamente. Eso fue cierto hasta un punto. Las cirugías para ayudarme a mejorar (no sé qué hacían, pero al final de cuentas recuerdo siete cirugías en seis meses), las curaciones, las infiltraciones, caminar e ir al colegio. Todo iba andando relativamente bien y se veía un avance excepto en la parte superior de mi muslo – la parte donde la quemadura era de tercer grado y donde los mosquitos habían explotado primero. Estábamos intentando que mejorara (escribo “estábamos” porque esta etapa de mi vida yo estaba acompañado casi permanentemente por mi mamá, y en la medida de lo posible también por el doctor), pero cada vez que me dormía boca abajo, o que me descuidaba con la ropa, o cualquier ínfimo movimiento que hiciera que algo se adhiriera a la pierna, era devolverse totalmente al primer día en términos del avance de recuperación de la piel de mi pierna. Yo estaba resignado, al punto que me refería a ese círculo como “la pizza” porque se veía exactamente como eso, una pizza cuando aún no le han puesto los ingredientes pero sí la salsa roja. Y por eso mismo fue que el doctor tuvo que tomar una decisión porque no había otra manera de avanzar:

“No ha mejorado esa parte de su muslo, y no creo que vaya a mejorar. La única manera es hacerle un injerto. Piénsenlo, consúltenlo y me avisan.”

(continúa: El injerto)

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PERFIL
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Carlos Felipe Pardo es un colombiano con maestría en urbanismo de la London School of Economics que trabaja en temas de transporte sostenible, desarrollo urbano y calidad de vida. Le ha tocado ir a más de 60 ciudades en Europa, América Latina, Asia y África a dar asesorías, presentaciones y cursos sobre esos temas. Ha escrito libros y capítulos (unos más buenos que otros), varios de los cuales están en la página de su organización Despacio.org

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