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La Ley de Financiamiento anunciada por Iván Duque a través de su Ministro de Hacienda Alberto Carrasquilla, es en realidad una Reforma Tributaria que perjudica a los consumidores colombianos. De aprobarse dicho proyecto de ley, a partir del 01 de enero de 2019 los consumidores pasarán de pagar IVA en el 53% de los productos al 80%, incluida la canasta familiar. Además, se entiende que quienes ganen más de 4.8 millones de pesos, tendrán que declarar renta cuya base será del 19%. A la vez, anunció que no le cobrará impuestos a las grandes compañías ni a los ciudadanos más ricos del país. Algo totalmente impresentable por parte de un gobierno que llegó al poder por afirmar que haría todo lo contrario, más si recordamos que el propio ministro Carrasquilla apareció en las listas de los Panama Papers.

Como si fuera poco, el partido de gobierno anunció de forma oportunista que propondrá dizque se incremente el salario mínimo y que se le otorguen facultades extraordinarias al actual presidente, todo con la intención de que este pueda seguirlo modificando por decreto a su antojo. Propuesta que no le explica a la ciudadanía que de aprobarse, el aumento inicial irá directamente a los fondos privados y no a su bolsillo. Practicante, se trata de un incremento virtual que tendría como único beneficiario al sector financiero y no al consumidor.

En otras palabras, lo que está haciendo Iván Duque y su jefe a través del Ministro Alberto Carrasquilla, no es otra cosa que empobrecer aún más a los pobres para enriquecer aún más a los ricos. Lo anterior ya que en el mundo está comprobado que disminuirle los impuestos a los sectores más pudientes y a las grandes compañías, no genera más empleo. Asimismo, está comprobado que al subirle los impuestos a la población, lo único que se conseguirá es que aumente el costo de vida y como efecto, se genere un decrecimiento de la economía pues es obvio que se disminuye la capacidad adquisitiva del consumidor.

Y es que no solo se trata de la canasta familiar, en Colombia encontramos toda clase de productos con precios más altos que en los Estados Unidos y Europa. Lo paradójico es que mientras todo está por las nubes y tiende a incrementarse, los salarios son cada vez más estáticos por lo que pierden capacidad adquisitiva, generando así un desequilibrio en el mercado nacional.

Los consumidores colombianos no hemos podido disfrutar realmente de los TLC pues la desgravación arancelaria es paulatina en la mayoría de los productos y sólo se verá reducida con el paso de los años. Lo que sí se pueden ver son los altos precios del conjunto de la mercancía que se importa, esto a pesar de que los empresarios ya no pagan los mismos impuestos.

Un ejemplo son los automóviles. La camioneta Lexus LX 570 que se consigue en los Estados Unidos desde $85.830 dólares que equivalen a $274’865.425 pesos colombianos (según la TRM de la fecha en que se escribe este artículo $3.202,44 M/L), es vendida en nuestro país a un precio promedio de $600’000.000 de pesos M/L, lo que quiere decir que con lo que se compra una camioneta de estas en Colombia, alcanza para adquirir dos en Estados Unidos y aún sobrarían $50’269.150 pesos M/L.

El Chevrolet Camaro cuya versión más básica se consigue en Estados Unidos desde $25.905 dólares que equivalen a $82.959.208 pesos colombianos (según la TRM de la fecha en que se escribe este artículo $3.202,44 M/L), es vendido en nuestro país desde $193’010.000 pesos M/L, lo que quiere decir que con lo que se compra un carro de estos en Colombia, alcanza para adquirir dos en Estados Unidos y aún sobrarían $27’091.583 pesos M/L.

El Porsche Boxster Cayman S que se consigue en los Estados Unidos desde $67.700 dólares que equivalen a $216’805.188 pesos colombianos (según la TRM de la fecha en que se escribe este artículo $3.202,44 M/L), es vendido en nuestro país desde $396’900.000 pesos M/L, lo que quiere decir que con lo que se compra un espectacular deportivo de esta marca en Colombia, alcanza para adquirir uno en Estados Unidos y aún sobrarían $180’094.812 pesos M/L.

De esta manera, queda demostrado que los estadounidenses adquieren vehículos a precios muy inferiores de lo que se comercializan en Colombia. De hecho, sin ir más lejos, los carros que se ofrecen en nuestro país tienen los precios más altos del continente americano y por ello el parque automotor nacional es precario, contaminante y anticuado.

En la finca raíz también vemos este mismo fenómeno. Los precios de la vivienda están disparados en ciudades como Bogotá y Cartagena, tanto así que hoy en día es más costoso adquirir una casa o un apartamento en la capital colombiana que en ciudades como Nueva York, Londres o París. La situación es tan crítica que en barrios bogotanos de estrato 5 como San José de Bavaria, hay propiedades que superan el millón de dólares a pesar de que sus calles y alcantarillas están destapadas y de no contar con andenes ni iluminación pública. Mientras que en la Florida-EE.UU, una casa de similares características y con mejores zonas comunes, se puede conseguir desde los $100.000 dólares.

Los precios de la ropa no son la excepción. Aunque ese mercado se ha dinamizado mucho con el ingreso de algunas marcas extranjeras, las prendas son comercializadas en Colombia a precios muy superiores que en Estados Unidos y Europa y paradójicamente, al promedio de los fabricantes nacionales. De hecho, algunas marcas que son de uso común entre los consumidores estadounidenses y europeos debido a sus bajos precios, en Colombia son consideradas “marcas de lujo” por todo lo contrario. Por su parte, las cadenas de almacenes por departamentos y las grandes superficies han diversificado en menor medida la oferta de ropa y de calzado aunque con precios muy altos si se tiene en cuenta que las marcas que comercializan, proceden mayoritariamente de Chile y de China y que en el caso de las grandes superficies, se trata de marcas propias de baja calidad.

La oferta gastronómica presenta un comportamiento muy similar. En las principales ciudades del país existen restaurantes cuyos platos pueden costar el presupuesto mensual de alimentación de una persona que gana un SMLV. Llama la atención que Colombia sea uno de los países del mundo donde ir a un buen restaurante se considere un gasto suntuario y por lo tanto, sea un privilegio de pocos. En Cartagena por ejemplo, los comensales pueden pagar por un plato mal preparado y mal presentado, lo mismo que pagarían en un buen restaurante europeo. Lo anterior además de la especulación generalizada de precios que desafortunadamente, existe en esa ciudad en perjuicio del turismo.

La gasolina en Colombia es de las más caras del planeta si se compara con el SMLV y eso es innegable. Por ejemplo, en EE.UU. y Corea del Sur que importan el petróleo de nuestro país, la gasolina se vende a un precio mucho menor el cual baja a la par de la cotización internacional del petróleo. De hecho, se calcula que en Colombia el galón de combustible le cuesta al consumidor el 20% de su ingreso promedio diario. Es absurdo que mientras más producimos petróleo y más baja de precio en los mercados internacionales, más cara sea la gasolina dentro de nuestro propio país y que las únicas beneficiarias de semejante especulación, sean las empresas extractivas y distribuidoras las cuales se enriquecen con nuestros recursos sin verdaderamente beneficiar a los colombianos.

Otro ejemplo lo constituyen los teléfonos inteligentes. Mientras que en EE.UU. un iPhone XS se consigue desde los $999 dólares que equivalen al cambio de hoy a $3’199.237 pesos (según la TRM de la fecha en que se escribe este artículo $3.202.44 M/L), es vendido en Colombia a más de $4’000.000 de pesos y algunas versiones llegan a costar cerca de $6’000.000 de pesos según el operador que se escoja. Es prácticamente el doble de lo que paga cualquier estadounidense o europeo por el mismo dispositivo y lo peor es que hay consumidores que lo financian y terminan pagando sumas ridículas por ese aparato.

Los ejemplos son innumerables y se presentan en todos los sectores y con todos los bienes y servicios que se comercializan en el país. Desde bienes de consumo como zapatos, productos alimenticios, productos deportivos, smartphones y electrodomésticos; hasta servicios bancarios, de educación, salud y transporte. También en los bienes industriales. Todos cuentan con un elevado sobrecosto, un alto impuesto y un gran nivel especulativo en su precio final.

Lo anterior ha ocasionado que la economía no crezca en los porcentajes esperados y que incluso baje el nivel de consumo aún cuando la inflación esté controlada. Como consecuencia, los consumidores se ven obligados a financiar los productos que necesitan o desean y como efecto de ello terminan pagando exponencialmente el valor inicial, un modelo económico que claramente tiene como principal beneficiario al sistema financiero y a los grandes monopolios.

De nada sirven los acuerdos comerciales con otros países si no generan precios más cómodos para los consumidores. Los importadores y distribuidores están abusando de su posición siendo de los pocos que se han beneficiado al comprar a menor costo en el exterior y dejando de hacerlo a los productores nacionales con las consecuencias que esto trae para el país. Sin embargo, no han querido transferir ese beneficio económico al consumidor pues siguen vendiendo a los precios de siempre e inclusive los han incrementado.

Si bien es cierto que la importación de un producto le transfiere al mismo un costo adicional por distintos conceptos logísticos e impositivos, en Colombia dichos valores se han aumentado de forma tan especulativa que están afectando la calidad de vida de la población. Esto sin medir las consecuencias que trae para la economía y sobre todo, para el desarrollo y el progreso del país. Y aunque es obvio que los grandes exportadores también ganan con el alto precio que experimenta el dólar, ello no beneficia a los trabajadores colombianos ya que estos escasamente reciben el SMLV que se establece cada año. A diferencia de esta situación, en otros países y en algunas empresas, a mayores ventas-mayores ingresos para todos y viceversa, y como ejemplo están las diferentes compañías japonesas y más recientemente la estadounidense Apple.

La Superintendencia de Industria y Comercio tiene el deber de impedir que los grandes distribuidores especulen con los precios, más si se trata de productos de la canasta familiar. Del mismo modo, debe procurar que los electrodomésticos, celulares y automóviles (entre otros productos) bajen de precio pues es una promesa básica de los TLC. Por su parte, el Banco de la República y la Superintendencia Financiera deben trabajar para que las entidades financieras bajen las tasas de interés y se estimule de ese modo el consumo. También para que dichas entidades dejen de lucrarse de forma tan descarada a costa de los colombianos ya que son las organizaciones que más se enriquecen bajo este inequitativo modelo económico.

En cuanto al fisco, este se debería enfatizar en las personas verdaderamente ricas y en las distintas actividades empresariales según sus utilidades. Pero sobre todo, se debería castigar con mayor ahínco las diferentes formas de evasión y elusión de impuestos así como perseguir el contrabando y las inmensas fortunas que se esconden en paraísos fiscales. Igualmente, es necesario eliminar por completo la burocracia parasitaria que representan las Cajas de Compensación las cuales se enriquecen tanto del sector público como del privado, esto evitaría en su conjunto futuras reformas tributarias que sólo afectan al consumidor.

Si comparamos lo que gana al mes un colombiano promedio (1SMLV) que equivale a $781.242 pesos con lo que gana un estadounidense que trabaje apenas 8 horas al día a tan sólo 10 dólares c/u, encontraremos una diferencia de $6’904.614 pesos mensuales que reciben de más los trabajadores de Estados Unidos (según la TRM de la fecha en que se escribe este artículo $3.202,44 M/L), Ahora, si confrontamos ese ingreso con lo que paga cada consumidor por los productos e impuestos en su respectivo país, entenderemos que los colombianos nos encontramos en una situación de total desventaja y sumamente injusta por no calificarla de otra manera.

Con semejantes precios e impuestos que pagamos; los colombianos deberíamos tener mejores aeropuertos, puertos marítimos, autopistas, hospitales, colegios, universidades, parques, casas, automóviles, electrodomésticos….. que EE.UU. y Europa en su conjunto. También una mejor infraestructura de telecomunicaciones y en sí, un mayor estándar de vida. Infortunadamente, ocurre todo lo contrario y lo único que evidenciamos es corrupción en todos los sectores de la economía. Siendo consecuentes con el mercado y teniendo una justa proporción entre lo que se trabaja, lo que se gana, lo que se gasta y lo que se tributa; un ciudadano colombiano debería recibir un salario superior o por lo menos a la par que cualquier ciudadano estadounidense o europeo, pero de forma irracional sucede lo contrario.

Es absurdo que algunos “empresarios” se quejen de que la economía no crezca lo suficiente cuando no están realmente comprometidos con la generación de empleo y cuando los pocos puestos de trabajo que producen los remuneran con bajos salarios y a la vez, pretendan vender con los precios más altos de la región. Desconocen que al pagar mejores salarios los consumidores tendrán mayor poder adquisitivo y por lo tanto se generará un mayor consumo, mucho más si dejan de cobrar tanto por los productos.

Esto es en lo que más se diferencia la economía de Estados Unidos de la colombiana pues mientras el empresario estadounidense trata de vender al menor precio posible para lograr utilidades por volumen de ventas, el empresario colombiano trata de vender al mayor precio que pueda así sean pocas unidades. De igual forma, el empresario estadounidense se esfuerza por pagarle buenos salarios a sus trabajadores para que tengan mayor poder adquisitivo, mientras que el empresario colombiano se restringe al SMLV y hace lo posible para no pagar ni siquiera las prestaciones sociales.

Del mismo modo, algunos empresarios colombianos creen erróneamente que sacarle el máximo de dinero a su cliente en una sola transacción es hacer un buen negocio, cuando en realidad están dañando una posible relación a largo plazo que les traería mejores resultados comerciales. También se equivocan al creer que el pagar bajos salarios les ahorra costos cuando es lo contrario pues sus colaboradores no harán su labor con gusto, no se comprometerán con la empresa y se irán apenas tengan una mejor oportunidad. Lo peor es que existen muchos personajes a los que ni siquiera se les puede llamar empresarios ya que se dedican a vivir de la renta y del interés más no del esfuerzo personal o del hacer empresa.

Colombia debe encaminarse hacia una nueva cultura empresarial basada en el precio justo de los productos y en salarios bien remunerados. También en unos impuestos más proporcionales a las distintas actividades empresariales, a su utilidad final y a la verdadera riqueza que poseen las personas naturales y jurídicas. Asimismo, el sector público y el sector privado deben converger para que exista una justa distribución de la riqueza de modo que se eleve el estándar de vida y a la vez, se contribuya al desarrollo del país teniendo como principal objetivo el bienestar y la felicidad del ciudadano.

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Profesional en Mercadeo & Publicidad. Magíster en Marketing Digital. Bogotá D.C. / Colombia / LATAM

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2 Comentarios
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  1. Estoy de acuerdo con su planteamiento del modelo economico y politica empresarial equivocadas de tratar de exprimir los bolsillos de los consumidores al máximo en lugar de procurar hacer utilidad con un precio moderado y un mayor volumen de ventas. Lo mismo pasa con los grandes ahorros de las Empresas que han empezado a reemplazar su mano de obra con sistemas roboticos, esos ahorros no se ven transmitidos a los consumidores. La idea es que las utilidades crezcan cada año mas que el anterior, pero cual es el límite?

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