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A medida que nuestra Revolución Animal crece en número de militantes, asimismo crecen las dudas que la humanidad está queriendo sembrar en nosotros. La humanidad pregunta por qué yo uso gafas, poniendo en duda que algunos tigres sufrimos de miopía. La humanidad pregunta si los animales saben escribir, poniendo en duda que mis dedos peludos hayan tecleado las pasadas verdades humanamente irracionales. La humanidad pregunta si tengo algún parentesco con Toño, el vendido de las Zucaritas, poniendo en duda mi credibilidad al asociarme con un alimento que no alimenta.

Pero los humanos también preguntan por mi sombrero ‘vueltiao’. He respondido que lo utilizo para protegerme del sol. No me creyeron. He respondido que, al igual que los colombianos, lo luzco por un orgullo patriótico que desconozco. Tampoco me creyeron. Preguntan por mi sombrero, porque está marcado con el nombre de Dante. Y lo que quieren saber, nunca se los contaré. 
En cambio, a ustedes, mis Amigos de lo Salvaje, he decidido revelarles qué pasó esa noche que tapé mi cabeza. Esa noche que escapé del Zoológico de Aqueronte. Esa noche que Ugolino se volvió mi enemigo. Esa noche que Virgilio se volvió mi maestro. Esa noche que nació la Revolución Animal. Esa noche que mi jaula explotó en mil pedazos.
La historia de mi sombrero
Me acuerdo de un cielo sin estrellas. Me acuerdo de un lujoso camerino que ostentaba la pintura de un tigre siberiano, máxima luminaria del circo de la ciudad. Me acuerdo de un guacamayo despelucado que entró a mi celda, después que los turistas desalojaron Aqueronte: 
– Ya sé cómo se va a llamar tu combo rebelde: ¡el Motín Bestial!- dijo el guacamayo despelucado, mientras intentaba peinarse su cresta que parecía la de una cacatúa. 
– No. 
– ¿Mejor la Insurrección Zoológica? ¡Pruaaa!
– Virgilio, no.
– ¿El Alboroto Animal? ¿La Parranda Salvaje?
Me acuerdo haberle dado la espalda a mi maestro. Me acuerdo haber deseado que dejara de hablar. Me acuerdo haberlo incitado a que se fuera por donde vino, diciéndole:
– Cuando Dante descubra que te escapas todas las noches de tu jaula… 
– ¿Cuál jaula? ¡Pruaaa!
– Esa donde tu desagradecido pico y tu familia se alimentan diariamente.  
– Mi cárcel y esta cárcel sólo están en tu cabeza, encerrando tus ideas. Te hace amar al carcelero. Te hace odiar al prisionero. ¿Te vas a comer esa banana?
Sin esperar una respuesta mía, Virgilio voló a picotearse parte de mi cena.
– Esta no es una cárcel, ¡es mi hogar!
– ¡Pruaaa! Tranquilo tigrillo. ¿Qué culpa tienen mis plumas que no te guste cuestionarte?
– A Aqueronte le debo mi estrellato en la industria zoológica. Si la tienda de suvenires vende más Lucanitos que cualquier otro animal, es por la exposición que he recibido en la privilegiada tarima detrás de estos barrotes.
– ¡Pruaaa! Vendía. ¡Pruaaa!
Me acuerdo que mi mente se quedó en blanco. Me acuerdo que quise desahogarme con un rugido. Me acuerdo que el miedo capturó mis palabras. 
– ¿O por qué crees que el camerino de la estrella de circo lo pusieron justo en frente de tu jaula? En cualquier momento llega Dante con su escopeta de tranquilizantes, apunta a tu pecho y: ¡Pruaaa! Despiertas mañana en la cárcel comunal de los tigres jubilados, mientras el siberiano ocupa tu pedestal.   
Me acuerdo que liberé el rugido más potente que haya soltado jamás. Me acuerdo que estremeció cada rincón de la celda. Me acuerdo que peinó la cresta de Virgilio. Me acuerdo que se interrumpió con una tos. 
– Tigrillo, los años no llegan solos. Rugido con tos, luego tos con rugido. Pelambre naranja y blanco con rayas negras, luego pelambre blanco y blanco con rayas blancas. Muchos Lucanitos vendidos, luego: ¡Pruaaa!
Me avergüenza acordarme que aprisioné el cuello del maestro en mis patas, cortándole la respiración. Me avergüenza haberlo despreciado:
– Lárgate. Lárgate con tu -hice una pausa, pero enseguida continué con más brío-, con tu revolución animal. 
– Pru… Pru…aaa… Qué… Qué…
Me avergüenza acordarme de mi demora para quitar la presión sobre el pescuezo de Virgilio. Pero nunca olvidaré sus palabras cuando lo hice:
– ¡La Revolución Animal! ¡Pruaa! ¡Qué buen nombre!
– ¡No soy quien crees que soy!
– ¿Un tigre viejo pero inmaduro que todavía no ha descubierto el llamado de la Madre Naturaleza? Si, ese eres tú.
Nunca olvidaré la imagen de Virgilio volando fuera, mientras me señalaba mi jaula con insistencia y después se tocaba la cabeza. Nunca olvidaré que su advertencia profética se cumplió, a cabalidad, a la medianoche de un 3 de septiembre. Nunca olvidaré la escopeta de Dante apuntando a mi viejo corazón animal, pese a mis años de servicio en el Zoológico de Aqueronte.
Pero Dante nunca olvidará que le devolví mi jaula devorada por el fuego. Tampoco olvidará que me llevé su sombrero para no olvidar. 
Esa es la historia de mi sombrero: me recuerda la cárcel donde los humanos encerraron mis ideas y donde no debo permitir que recluyan a más Amigos de lo Salvaje. 
Hasta una próxima verdad humanamente irracional, Amigos de lo Salvaje.
LL.jpgLucano Divina
Comandante en Jefe de Amigos de lo Salvaje-EA
Selvas de Sur America, junio 28 de 2012
P.D.: Les tengo noticias del escamoso gordinflón, mejor conocido como Ugolino Del Mare. Aunque sólo podré contárselas a mediados del mes de agosto, cuando publique la próxima verdad humanamente irracional, después de reunirme con el pequeño ególatra. 😉 

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