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Su nombre es Beatriz Eritone. Ella es la Subcomandante de la Contrarrevolución Animal, grupo de animales liderados por Ugolino Del Mare que difaman la lucha de los Amigos de lo Salvaje, nuestra lucha. 

También es una tigresa dorada que, desde hace alrededor de cinco años, ocupa la jaula que abandoné en el Zoológico de Aqueronte. Esa cárcel que devolví devorada por el fuego, y cuya primera piedra de su reconstrucción fue puesta por el mismo Dante al día siguiente de mi fuga. 
Ella es la estrella de circo que creía que era un él. Ella es la de pelambre dorado que fue confundida, por el pintor que decoró su camerino, con un siberiano -así como la humanidad suele confundir a un japonés con un chino-. Ella es la que me saludó tumbando mi sombrero al suelo, usando su cola como látigo. Ella es la que aseguró que me rompería el corazón. 
Gala de beneficencia por los animalitos pobres

Su afilada silueta creí verla por primera vez, entre unos invitados a la ‘I Gala de Beneficencia por los Animalitos Pobres’ que viajaban en la barca del pulpo Caronte, a través del río que le dio el nombre al zoológico. No puedo asegurar que era ella. Luego olfateé su aroma a orquídeas moradas, entre una pareja de estiradas jirafas que bailaban en el concurrido evento al son de un vals. No puedo asegurar que era ella. Unos minutos más tarde, sentí su punzante mirada clavada en mi espalda. Puedo asegurar que era ella porque mi pelambre se erizó con la sola idea de su presencia, y también porque dijo: 
– No te engañes. Tu espalda es deliciosa, pero estaba mirando más abajo.
Aunque al darme la vuelta, no estaba la dueña de esa voz envolvente. No puedo asegurar que era ella… 
La busqué con mi mirada entre la orquesta sinfónica de pingüinos, entre los pomposos vestidos iluminados por cientos de candelabros victorianos en el techo, entre el fastuoso bufé decorado con una enorme escultura en hielo de Ugolino… pero… no puedo asegurar que ella estuvo en la fiesta.
De repente, un insistente golpeteo de un tenedor sobre una copa, distrajo mi ansiedad de apareamiento y poco a poco apagó el ruido de la esnobista multitud. La atención se la robó un poodle de sexualidad cuestionable, mientras alzaba una pecera de donde provenía el llamado: 
– Animales ilustrados, referentes de la buena moral, amigos de Aqueronte -dijo el inflado Ugolino Del Mare mientras alzaba su copa-, es para mí un honor, y un placer, expresarles mi más profunda gratitud por aceptar la invitación para estar cerca de mis sabias escamas. Esta, la versión inaugural de la Gala de Beneficencia por los Animalitos Pobres, ha sido la excusa perfecta para que ustedes cumplan su sueño de conocerme, pero sin dejar a un lado la buena causa que nos une esta noche: ¡la cruzada contra las ideas ponzoñosas del tigre satánico! 
El auditorio estalló en un unánime aplauso que se extendió por un par de minutos. Incluso, se extendió por unos segundos adicionales, gracias al entusiasmo de uno de los asistentes quien no cesaba de chocar sus patas, logrando que la atención ahora se trasladara a él. Ese entusiasmado asistente, era yo:
– ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Aquí sirven vino del malo, pero los chistes son buenos! ¡Bravo! ¡Bravísimo!
– Y hablando del Rey de la Selva, miren quien se acerca… Esta es una fiesta para ayudar a la chusma, pero la chusma no es bienvenida. Especialmente cuando hablamos del Rey de la Chusma.
– También te extrañé, mi estimado Ugolino. Aunque es evidente que nuestro distanciamiento te ha pesado más a ti, porque ni el negro de tu frac adelgaza los potes de helado que comiste, cuando me escapé de tus aletas. 
– Te dejé escapar.
– Dejé que me atraparas y escapé.
– Te atrapé, te pusiste a llorar, me aburriste y te dejé escapar. 
– Y lloró comme un tigreau, ¡como un cobarde tigrillo!- interrumpió Michele Poodle, mientras me mostraba las garras de su pata derecha para avivarme el recuerdo de la cicatriz en mi pecho. 
Los presumidos invitados a la gala se rieron. No a carcajadas porque podían ser confundidos con el vulgo, pero sí a boca entreabierta preservando la compostura.
– Y para no aburrirte, ¿hiciste esta parranda dediparada para buscarme de nuevo?
Un relámpago violeta que nubló mi vista, fue la primera respuesta a mi pregunta. Un trueno que estalló en mis oídos, sonando como un látigo, fue la segunda. Y un rayo en forma de cola felina que tumbó mi sombrero al suelo, fue la definitiva: había llegado Beatriz.
– Insisto: no sé por qué arman tanto alboroto con este minino.- dijo la hermosa tigresa dorada, mientras sus punzantes ojos morados me recorrían con displicencia.
– Es una debilidad, mi preciosa Beatriz -aseguró el escamoso gordinflón-, me gusta jugar con la presa, antes de devorarla.  
Nunca los nervios habían secuestrado mis palabras, como en esa ocasión. Tanto que olvidé la misión de acabar esa fiesta que pedía caridad con derroche, y lo único que supe hacer fue recuperar mi sombrero usando, tímidamente, mi cola. Pero Beatriz me lo volvió a arrebatar con su arpón en forma de cola felina, mientras me dijo: 
– Dante lo quiere de vuelta.  
Antes que se fuera de mi alcance, atrapé su cola con mis patas delanteras y la jalé hacia mí con todas mis fuerzas (y con toda mi ansiedad de apareamiento). Sólo cuando el hocico de Beatriz estuvo a contados centímetros del mío, le susurré:
– Dile a Dante que tendrá que venir por él, minina. 
Intentando simular que estaba blindado contra sus encantos, me puse mi sombrero con exagerada parsimonia, como si su pelambre no me estuviera electrizando.
– ¡Eres una ternurita! Simulas estar blindado contra la que te romperá el corazón. 
Fue extraño. Fue como si hubiera leído mis temores. Fue como si hubiera robado mis pensamientos.
– No es extraño. Es mi don -aseguró tocándose una sien-. Es el que me permite leer tu pasado cuando vivías en mi jaula, tu presente como sindicalista animal enamorado de su enemiga y tu futuro en el ventanal detrás de ti.
Miré por encima de mi hombro y no entendí la predicción. Ahí sólo estaba el pasado. Ahí sólo estaba una panorámica, en penumbras, del Zoológico de Aqueronte desde un piso diez. Pero al devolver mis ojos a la fiesta, vi la profecía del presente: Beatriz volvía a estar a contados centímetros de mi hocico. No sólo eso: la sensual tigresa dorada se abalanzó a mis labios e hizo explotar un sublime rayo violeta en cada raya de mi pelambre, mientras una pareja de mariposas amarillas nos sobrevolaron.  
– Ese fue tu hoy y esto será tu mañana.- me secreteó ella, justo antes que usará su látigo en forma de cola felina para empujarme furiosamente hacia mi pasado, hacia el ventanal que enmarcaba el zoológico. 
El vidrio se reventó en mil pedazos, sin poder evitar la caída libre hacia el pavimento que pretendía convertirme en alfombra. La vida me pasó por delante de mis ojos: vi al tigrillo de padres desconocidos que nació en cautiverio, vi al tigre adolescente cegado por una fama efímera en Aqueronte, vi al tigre revolucionario que luchaba por la libertad salvaje, y vi los segundos previos de mi golpe mortal con el suelo que era ansiado por la Contrarrevolución Animal.
Pero… a metros de mi aterrizaje forzoso, volvió a aparecer la pareja de mariposas amarillas. Volvió la pareja enviada por la sabia Gaia ya no para alertarme del peligro de un beso, sino para escoltar mi camino, para situarse en mi espalda y empujar hacia el cielo. Y no estoy tan gordo como Ugolino, pero algo me decía que cuatro alas no iban a ser suficientes para cambiar el destino. Tal vez eso mismo pensaron las decenas, luego cientos y después miles de mariposas amarillas que vinieron a elevarme para alejarme de la muerte y de Beatriz.

Hasta una próxima verdad humanamente irracional, Amigos de lo Salvaje.

LL.jpgLucano Divina
Comandante Macondo de la Revolución Animal
Selvas de Sur America, agosto 16 de 2012

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