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Los rankings siempre son antipáticos. Los primeros lugares se los pelean los mismos de siempre y los de atrás están luchando por subir algunos peldaños, a sabiendas de que nunca van a llegar arriba. 
Sin embargo, los rankings son los termómetro que miden desde la competitividad de un país, como el Doing Business del Banco Mundial cuya versión de 2013 acaba de ser publicada, hasta el prestigio de las universidades, como el QS University World Rankings y algo dicen. Por una parte, es sus versiones detalladas, le pueden decir a una organización qué puede hacer para parecerse más a los primeros. Por otra, debido a que los criterios de medición son consistentes con el tiempo, dejan ver qué tanto ha cambiado una cosa frente a sí misma y frente a los demás en el tiempo.
Esto no implica que no se deba criticar el termómetro con el que se miden las cosas. Por mi parte, creo que hay que cuestionar cualquier instrumento de medición en el que los primeros siempre son los mismos. De hecho, soy de las que cree que hay que cuestionar todo por principio (gracias, Mamá) y por supuesto, el ranking QS no está exento de ese escudriño. Una crítica a este indicador puede seguir la línea de este artículo de Howard Hotson en el London Review of Books, en el que defiende a capa y espada la institucionalidad académica británica sobre la americana haciendo un análisis estadístico básico. Sin embargo, la batalla que Hotson está luchando es entre los primeros y los segundos y excluye a todos los demás. Otra es la crítica que se puede hacer desde la mitad de ranking y por supuesto, otra aún desde el final. 
Tengo que confesar con mucha vergüenza que siento algo de orgullo cada vez que veo que mi alma mater sube puestos en el QS. De hecho, hace uno días me pillé a mí misma corrigiendo a un directivo de la universidad que hoy me alberga–una universidad pequeña de provincia que a pesar de ser inglesa está en el final del ranking–aclarándole que la Universidad de los Andes estaba por encima de una universidad mexicana de la que estaban hablando e incluso de la misma universidad en la que la conversación estaba teniendo lugar. Después de que se me pasó la pena, ese episodio me llevó a pensar en qué es lo que realmente significan estos indicadores para las universidades que están en la cola. Concluí que, como lo indica la naturaleza de comparativa de cualquier ranking, se trata de algo absolutamente relativo. Por un lado, en un decoroso puesto 335 en 2012 escalando unos 180 peldaños, los Andes se perfiló como la sexta mejor universidad de América Latina y la primera de Colombia. Por otro, la Universidad de Hull, ubicada en algún lugar entre las 501 y las 550 y en un proceso de descenso vertiginoso, ha sido una especie de desgracia local: una organización que vive en la sombra de quienes alguna vez se pasearon por sus corredores como Anthony Giddens y Philip Larkin, pero que hoy solo refleja la decadencia de la ciudad en la que está y la inminencia de lo que es más que obvio: a pesar de contar con una rectora baronesa, Hull no está, ni estará jamás, en las ligas de Oxbridge. 
Sin embargo, el punto es el mismo para la cabeza del ratón y la cola del león: ninguno de los dos será llegará nunca a ocupar un puesto en la melena y eso no necesariamente es malo. Tampoco es bueno. Simplemente nos indica que en la medida en que los indicadores se hagan para premiar lo que hacen tan bien quienes ocupan los primeros puestos, las universidades en la cola podrán luchar para escalar posiciones, a sabiendas de que el tope natural, tanto de Hull como de los Andes, debe de estar alrededor del puesto 150 en el mejor de los casos. Ni la una ni la otra pueden competir con los detalles de fina coquetería de las primeras universidades del mundo como las bibliotecas interminables, el salón aquel en el que Newton dio clase, o números de dos dígitos de ganadores de premios Nóbel en la nómina. Sin embargo, sí pueden diferenciarse en otros aspectos y llegar a definir, en sus propios términos, cuáles son los temas en los que van a ser líderes mundiales. Así, algún día podrán llegar a ocupar los primeros puestos de otros rankings; de rankings elaborados con las reglas que ellas mismas crearon.
———
Aprovechando esta inspiración meta-académica (¡qué palabrota!), en la próxima entrada voy a escribir sobre la educación como marcador de clase. 
———
Posdata: Después de haber publicado la entrada anterior y de haber recibido una llamada transatlántica de mi abuela para felicitarme y todo, me di cuenta de que hubiera sido mucho más acertado traducir idleness como ociosidad y no como holgazanería. Les pido mil disculpas.
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Una historiadora que está más cerca de terminar un doctorado en administración que de haberlo comenzado, que alguna vez trabajó con políticas públicas y otra vez fue maestra de colegio y que intenta hacer juegos malabares entre la academia, la escritura, la maternidad y sus ganas de correr una maratón completa. Por ahora reportando desde el norte de Inglaterra.

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