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Una amiga me advirtió, con algo de ingenuidad, que la noción de igualdad de género era tan profunda en Inglaterra, que no debía esperar ningún tipo de ayuda para subir una maleta pesada o para que me cedieran el puesto a mí o a mi hija en el bus, el tren o cualquier otra parte. Después de tres meses de vivir en Inglaterra, con la única compañía de una niña de cuatro años, puedo decir que mi amiga estaba equivocada, en Inglaterra todavía falta mucho camino por recorrer en el debate por la igualdad de género. 
 
Tenía razón en que no debía esperar gestos de cortesía de extraños, pero a veces, y muy felizmente, alguien aparece para sorprenderlo a uno. A menudo me he visto empujando un coche–con una niña de 15 kilos encima–jalando una maleta y cargando un morral, mientras jóvenes saludables pasan a mi lado sin inmutarse, concentrados en cogerle la mano a su novia o no quemarse con su café recién comprado. Pero ese no es un problema de género, es un problema de cortesía. Tan es así que hace unos días una bellísima mujer que cuenta con mi eterno agradecimiento me ayudó a subir el coche de mi hija desde la plataforma del metro hasta la calle. Era una de esas plataformas que están cerca del noveno círculo del infierno y ella me dio una mano mientras subíamos lo que parecían millones de escalones.
Pero no tenía razón en que todavía los temas relacionados con la sexualidad se manejan en términos diferentes cuando se trata de hombres o de mujeres. Hace unas semanas pararon el tren en el que iba para bajar a cinco señores. Ellos venían de un partido de fútbol en el que aparentemente había ganado su equipo y claramente estaban pasados de copas. Supe que estaban diciendo groserías porque la señora que iba a mi lado se paró furiosa a decirles que tuvieran cuidado con lo que estaban diciendo, que en el tren había niños, refiriéndose a mi hija que estaba a mi lado sin inmutarse con lo que estaba pasado. Me enteré después que la gota que rebosó la copa fue un chiste con alto contenido sexual que tengo que confesar que no entendí. El acento de Yorkshire todavía se me escapa. La señora los denunció ante las autoridades y las autoridades le hicieron caso. El tren se demoró treinta minutos mientras bajaron a los señores e hicieron preguntas. Nadie dijo ni una palabra en el resto del recorrido.
Hace una semana pasó algo similar pero con consecuencias diferentes. También había un grupo de personas borrachas en el tren. En este caso las personas llevaron su entusiasmo etílico más allá que los del primer tren. Hubo desnudez, concurso de eructos y cosas que no puedo describir sin tener que poner un aviso de “exclusivo para mayores de 18”. La gran diferencia con el grupo de la semana anterior es que eran mujeres y que, tal vez por eso, nadie las denunció. Incluso, el conductor les preguntaba maliciosamente cómo iban las chicas necias del tren cuando pasaba en frente de ellas y ellas a su vez le pegaban nalgadas con las botellas de cerveza. Él se reía, ellas se reían aún más y los demás suspirábamos de la desesperación. El tren no tuvo demoras pero el viaje fue eterno.
Estos ejemplos muestran que no es que mi amiga no haya entendido bien el problema de género, sino que la igualdad de género es una noción que no nos hemos acabado de inventar. Si el que se hubiera quitado los pantalones fuera un hombre y no una mujer, el tren habría parado en seco sin importar dónde estuviéramos. Si en vez de haber sido una mujer pegándole unas nalgadas a un conductor hombre, se hubiera tratado de un hombre pegándole unas nalgadas a una conductora mujer, la cosa habría llegado al periódico. Tal vez a la primera plana. Pareciera como si estuviéramos muy bien entrenados para identificar las agresiones sexuales de hombres a las mujeres hasta el punto de confundir la patanería y la descortesía con violencia sexual y dejamos pasar las agresiones de género femeninas más evidentes. Claramente esto no significa que las agresiones sexuales de los hombres no sean gravísimas, si no que las de las mujeres también lo son. Sobre todo, significa que la igualdad debe pasar porque se le exija respeto a todo el mundo y que midamos las agresiones con la misma vara.
Es posible que en un par de generaciones las mujeres evolucionen en criaturas que pueden empujar coches con una mano, cargar maletas con la otra y dar compota con la tercera, pero por el momento, hay que concentrase en entender con claridad los diferentes escenarios para aprender de esta situación y tal vez lograr una convivencia más amable. Por un lado, hay dejar claro que las agresiones de género, y en particular las agresiones sexuales, son ofensivas tanto en hombres como en mujeres, que en Colombia, en el norte de Inglaterra o en cualquier lugar del mundo debemos manifestarnos frente a estas agresiones y que hay que denunciarlas en ambos casos. Sin embargo, hay que entender que dejar de ayudar a alguien que está encartado con un bebé, una maleta o una guitarra, no es un asunto de género, sino más bien uno de cortesía y que confundir la descortesía con la igualdad de género es una canallada que enaltece la patanería y simplifica el debate. Al fin y al cabo, ¿usted, lectora mujer, no ayudaría a un hombre que está encartado con un bebé en un coche, una pañalera y un café hirviendo tratando de subir unas escaleras?
—–
PD: Sé que había dicho que iba a escribir sobre la educación como marcador de clase, pero la entrada está todavía en construcción. Tal vez será la de la próxima semana. O de la que le sigue. 
En Twitter: @CristinaVelezV
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Una historiadora que está más cerca de terminar un doctorado en administración que de haberlo comenzado, que alguna vez trabajó con políticas públicas y otra vez fue maestra de colegio y que intenta hacer juegos malabares entre la academia, la escritura, la maternidad y sus ganas de correr una maratón completa. Por ahora reportando desde el norte de Inglaterra.

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3 Comentarios
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  1. Acertadísimo. Cortesía e igualdad, conceptos difíles de combinar pero no imposible. En cuanto a las obligaciones de las mujeres hoy y aquí: obligadas a ser profesionales, obligadas a cuidar a los hijos, obligadas a encargarse de que la casa esté limpia, obligadas a cumplir con los deberes conyugales, obligadas a todo, con derecho a que les paguen el 30% menos que a los hombres en el trabajo, a que el día de la madre como gran homenaje hagan izada de bandera en los colegios, a que las saquen a almorzar el domingo… si están de buenas y el marido guardó un poquito de la quincena en vez de gastárselo en fiesta ¿A esos derechos son a los que se refiere “escargot”? Yo no los quiero… gracias. Prefiero los que me da la constitución así la sociedad no sea muy conciente de que los tengo.

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