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W. Richard Scott*, uno de los más célebres teóricos del institucionalismo, señala que existen tres tipos de instituciones: las regulativas, las normativas y las cognitivas. Las instituciones regulativas son aquellas que se expresan en reglas, leyes y normas, que tienen una función instrumental y cuya legitimidad está basada en las sanciones. Las instituciones normativas son las que tienen su origen en la obligación social. Funcionan en la medida en que las personas se apropien de esas normas y le den valor a los certificados, acreditaciones y demás sellos de garantía que las autentican. Este tipo de instituciones tienen un origen moral. Finalmente, las instituciones cognitivas son todas esas pautas de comportamiento que damos por hecho y que no cuestionamos. Las adoptamos imitando el comportamiento de las demás personas y están fundamentadas en la cultura. Son todas esas pautas que consideramos correctas porque sí y que no cuestionamos porque no se nos ocurre hacerlo. 
Las instituciones, por supuesto, son construcciones sociales y parte del proceso de educar a un niño es enseñarle a vivir dentro del marco de estas reglas de juego. Las instituciones cognitivas las aprenden los niños al vernos mover por el mundo. Su efectividad reside precisamente en que no las enseñamos explícitamente sino que las transmitimos a través de nuestro comportamiento. Es precisamente por no tratar de enseñarlas directamente que los niños–casi siempre–las aprenden tan bien. Sin embargo, la enseñanza de las instituciones normativas es un poco más compleja porque casi siempre es explícita. Contrario a lo que quisieran pensar muchos fanáticos religiosos, “la moral” no viene en el código genético. Los niños van aprendiendo qué es lo que consideramos moralmente apropiado y a través del sello autoritario de nuestra aprobación van comenzando a comportarse como nosotros quisiéramos que lo hicieran. El territorio de disputa de las instituciones normativas es más amplio de lo que uno pensaría y todas las peleas que incluyen a un papá diciendo “¡Cómo se te ocurre!” están en este plano. Les contaré en unos diez años, pero me imagino que la mayoría de las discusiones con los hijos adolescentes se dan aquí.   
El gran campo de batalla con los niños más pequeños, no obstante, está en territorio de las instituciones regulativas: la hora de dormirse, la hora de vestirse, la hora de comer, etc. Mi experiencia ha mostrado que las pequeñas reglas del día a día funcionan en la medida en que uno  las haga parecer instituciones normativas y le dé un estatus profundo a la cotidianidad estableciendo rituales que la legitiman. El ejemplo perfecto de esta situación es el baile sagrado de la piyama, los cuentos y el beso de las buenas noches a la hora de dormir.  Una institución regulativa sencilla como la hora de dormir gana peso en la medida en que uno le de estatus de obligación social. 
Los niños aprenden muy rápido cuáles son las instituciones normativas y regulativas y parte del proceso de crecer saludablemente es tantear el terreno: ir viendo hasta dónde pueden estirar las reglas y hasta dónde pueden ir conquistando territorio sin que el adulto a cargo se desespere o su pequeño mundo se caiga en pedazos. Lo raro es que a pesar de esta rebeldía natural, los niños también son muy sensibles a los cambios institucionales. Es decir, a los cambios en las reglas de juego de sus vidas cotidianas. 
Un ejemplo clarísimo de esta sensibilidad ha sido la entrada y la salida del colegio de mi hija. Ella entendió rápidamente que contrario a lo que sucedía en Bogotá, dónde la hora de entrada y salida era fija, estaba determinada por un bus que la transportaba y sobre el cuál sus papás no tenían control alguno, la entrada y salida de la guardería en Inglaterra depende exclusivamente de a qué horas quiera yo dejarla y recogerla. Así, mis súplicas desesperadas de “Apúrate que nos cogió la noche” que formaban parte de nuestra cotidianidad matutina dejaron de tener sentido y la hora de recogida del colegio se volvió un tema de negociación. Mi hija está absolutamente consiente de que si la recojo tarde es porque preferí quedarme trabajando en vez de pasar la tarde con ella y sabe que me siento mal cuando lo hago. En términos de Scott, sabe que al aprovecharme de la flexibilidad de la institución regulativa de la hora de recogida de su colegio, estoy poniendo a tambalear la institución normativa que determina cómo considero yo que debe portarse una buena mamá y tocolas fibras de la institución cognitiva de mi absoluta e indiscutible responsabilidad sobre su bienestar.
La forma como los niños van comenzando a jugar bajo las reglas de la vida cotidiana, es decir, las instituciones, es un recordatorio de dos cosas aparentemente contradictorias pero que deben coexistir para que la vida en sociedad sea armoniosa. Primero de por qué las instituciones son esenciales para que podamos vivir en comunidad y segundo, de por qué es necesario tener conciencia sobre las instituciones para poder cuestionarlas en el momento en el que dejen de cumplir su papel. Ojalá logre transmitirle a mi hija la institución cognitiva más importante de todas, que dé por hecho que nada se puede dar por hecho. 
 
* Scott, W. R. (1995). Institutions and Organizations. Thousand Oaks: Sage Publications.
En Twitter: @CristinaVelezV
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Una historiadora que está más cerca de terminar un doctorado en administración que de haberlo comenzado, que alguna vez trabajó con políticas públicas y otra vez fue maestra de colegio y que intenta hacer juegos malabares entre la academia, la escritura, la maternidad y sus ganas de correr una maratón completa. Por ahora reportando desde el norte de Inglaterra.

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