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No tengo ninguna credencial para escribir sobre opera excepto, tal vez, que soy nieta de un señor que alguna vez dijo “Si quieren ir a la ópera, que vayan a Nueva York”. Claro que en ese momento, él tampoco estaba hablando de ópera sino de un uso inapropiado de recursos públicos: a finales de los ochenta una buena tajada del ya paupérrimo presupuesto nacional para la cultura se iba a financiar la opera colombiana que era de mala calidad y encima elitista. Sin embargo, me tomaré la licencia de escribir desordenadamente mis impresiones, no musicales, sobre la puesta en escena de Carmen en la ópera de La Bastille en París. 

Primero, descubrí que todo tiene un precio, hasta en el mundo desarrollado. Las boletas para Carmen en La Bastille en París, la ópera favorita de casi todo el mundo porque es fácil y maravillosa y la entendemos los que no sabemos mucho de la cosa, se habían vendido todas a los pocos días de que salieran a la venta. Carmen no había pasado por las tablas de la Opera parisina desde principios de siglo y había mucho entusiasmo sobre cómo Philippe Jordan e Yves Beaunese, dos consentidos de los franceses, iban a reinterpretar Carmen después de que la versión de 1997, que se repitió un par de veces, había sido tan aclamada por el público. Obviamente, cuando yo quise comprar tiquetes, no había ni uno. Ni de los caros, ni de los baratos. Sin embargo, gracias a la ayuda de una amiga que se mueve como pez en el agua en el mundo del jet set de verdad, descubrí que uno puede comprar tiquetes en el último minutos a través de la fundación de amigos de la ópera. Valen más y sobre todo, hay que saber con quien hablar para conseguirlas, pero vienen con un programa de cortesía y tiquetes para reclamar champaña en el entreacto. Si bien todavía no sé cómo voy a terminar de pagar las boletas y me sentí colándome groseramente en una fila de tres cuadras, logré conseguir los tiquetes y confirmar que el mundo es injusto y excluyente en todas partes. 
Segundo, descubrí que los parisinos, que me imaginaba de avanzada, se escandalizan y se enfurecen con las cosas nuevas. La puesta en escena de Jordan y Beaunese incluía travestís, strip-tease, una Carmen rubia platinada, un travestí con tetas de plástica que estuvieron al aire todo el tiempo, un Don José medio pendejo de ejército franquista, un Escamillo proxeneta y bicicletas por todas partes. Eso llevó a que al final la mitad del teatro abucheara al director y a los cantantes y a que la otra mitad aplaudiera furiosamente emocionada. Yo me sentí viendo la mejor de las películas de Almodóvar y salí feliz. Sin embargo, hasta los más avanzados de los parisinos querían ver a una Carmen como ellos quieren seguir imaginándose una España exótica y gitana sin darse cuenta de que tal vez el único lugar donde hay más rubias platinadas que en Madrid es Buenos Aires. El señor que estaba detrás mío estaba realmente indignado porque los vestidos ni siquiera eran bonitos. No hablo mucho francés, pero eso lo entendí porque se lo dijo a su vecina de puesto no menos de cuatro veces. 
Tercero, a cuatro filas de donde estábamos sentados estaba Dilma Rousseff, sin séquito ni guardaespaldas, muy arreglada y muy bonita disfrutando la ópera. No alcancé a ver si fue de las que se paró o de las que abucheó, pero en general me pareció muy bien que una presidenta, de cualquier tendencia, vaya a un espectáculo en una visita de estado. ¿Por qué no? Muy probablemente una puesta en escena en la que hay pobreza, desigualdad de género, violencia contra las mujeres, unos soldados desocupados después de una guerra perdida, amor y desamor, caprichos, mujeres trabajadoras y hasta putas y proxenetas, la haga pensar más que las reuniones acartonadas que tuvo durante el día. Ahí sí, utilizando las palabras de mi abuelo, cómo sería de bueno que más dirigentes fueran a la ópera en Nueva York. 
Finalmente, tengo que confesar que me dio mucha angustia cuando vi que la gente se paró a abuchear. Nunca había visto que eso sucediera en un espectáculo. No he ido tantas veces a la ópera como para saber cómo es el comportamiento estándar, pero esto me llamó la atención enormemente. Una cosa es no aplaudir con tanta emoción, o simplemente no aplaudir nada y pararse e irse, pero otra muy diferente es gritar “Buuuu” con todas las fuerzas. Me pareció una reacción infantil y boba, pero después descubrí que se trataba de algo bien común entre los aficionados a la ópera y sobre todo, en algo muy extraño para los que venimos del tercer mundo y sentimos que cada puesta en escena, por mala que sea, es una especie de favor que nos hacen y nos toca aplaudir hasta que se nos pongan rojas las manos. 
 —- 
Si quieren leer críticas serias, de gente que sabe de música, sobre la puesta en escena de Carmen en La Bastille aquí pueden ver unas de críticos que la detestaron: 
De otros a los que sí les gustó: 
Y de otros que no están seguros: 
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Una historiadora que está más cerca de terminar un doctorado en administración que de haberlo comenzado, que alguna vez trabajó con políticas públicas y otra vez fue maestra de colegio y que intenta hacer juegos malabares entre la academia, la escritura, la maternidad y sus ganas de correr una maratón completa. Por ahora reportando desde el norte de Inglaterra.

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2 Comentarios
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  1. Si como confiesas, no sabes del tema de la ópera, entoncees, ¿cómo criticas aquello que se hizo hace 30 años? Pues evidentemente no sabes que, en esa época, aquí se presentaron titanes de la ópera del nivel de Carlo Bregonzi, Juan Pons y Thomas Hampson.

    Esto junto a muchos otros cantantes nacionales y extranjeros de excelente calidad. Si eres de las que crees que la ópera es elitista, me imagino que no has ido a las salas de cine a ver las transmisiones del Metropolitan Opera. Si tu nunca habías visto una ópera, no creas que todos los colombianos son como tu.

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