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Sin haber arrancado su trámite por el Congreso, la reforma a la salud ya se encuentra envilecida por un lenguaje cizañero donde deberían ser protagonistas del debate los argumentos y no los ataques personales.
Desde que la propuesta fue presentada por el ministro Alejandro Gaviria ha existido un profundo interés en la exposición de los alcances de la reforma y por responder a los interesados las inquietudes que han surgido sobre el proyecto. También debe reconocerse que Jorge Enrique Robledo, principal opositor de la reforma en el Senado, no ha escatimado argumentos contra la iniciativa del gobierno ni adjetivos peyorativos contra el ministro Gaviria y los posibles intereses personales que tendría de convertirse en Ley este proyecto.
Lo criticable de la defensa es que ha caído en una forma de debatir que se ha vuelto moda en las discusiones políticas colombianas: matar al mensajero.
De manera paralela a los foros, escritos y entrevistas que ha concedido, Gaviria ha tachado, desde su cuenta de Twitter, al senador Robledo de ideólogo radical e ignorante; a sus copartidarios de “secuaces” y ha montado un panfleto en su blog personal donde cuestiona la buena fe de las motivaciones en las críticas de Robledo.
Más allá del estilo personal, argumentos y evidencias del senador del Polo, es inaceptable que un miembro del gobierno nacional promueva una discusión política a las patadas. Por más molesto que pueda resultar Robledo, no debe olvidarse que esa es la función del Congreso: cuestionar al gobierno y hacer control político sobre su funcionamiento. Nada más peligroso para una democracia que un cuerpo legislativo de unanimidad.
Adicionalmente, es importantísimo que congresistas como Robledo, Petro o Navas Talero estén en el Capitolio Nacional. Como dijera en alguna clase el ex ministro Juan Carlos Echeverry: Nada fortalece más las ideas políticas que una discusión abierta y plural, y la labor del ministro es enseñar y persuadir.
Ya es hora de que la tecnocracia (o neoliberalismo, usando lenguaje del Polo Democrático) salga de las Facultades de Economía a dar el debate público en las calles y convencer a la gente de que tiene buenas iniciativas. No puede ser posible que el caballito de batalla de los técnicos siga siendo que “el comunismo sería mucho peor”.
Frente a esta discusión, ¿está de acuerdo con el tono que ha tomado el debate de la reforma a la salud? ¿Podría ser popular la tecnocracia en las calles? Los invito a compartir sus opiniones en la sección de comentarios.
En Twitter: @cpinill
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PERFIL
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Camilo Pinilla es economista. Se ha desempeñado como investigador en temas de infraestructura y telecomunicaciones; regulación, inversión pública y políticas de competencia. Ha asesorado al gobierno en temas de regulación de comunicaciones. De manera paralela, es profesor de cátedra de microeconomía en una universidad privada de Bogotá.

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