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De nuevo nos lanzamos a la discutible empresa de enunciar -esta vez desde la literatura- una suerte de ‘selección Bogotá de la novelística’. Algo parecido hicimos con canciones antológicas de nuestro rock, hace unos días.
Y otra vez iniciamos con los descargos de rigor…

Los listados -limitados en extensión y reducidos a una cantidad determinada, tan caprichosa como discutible- no pueden ni deben tener la pretensión de ser definitivos.

Muy por el contrario éstos deben servir de pretexto para motivar el juicio revisionista, y para que las opiniones divergentes vengan con todo su peso a enriquecer el compendio.

En consecuencia -desde ya y por anticipado- damos la bienvenida a adiciones, correcciones, aclaraciones y demás aportes.

Albergamos la ilusión de que muchas de estas obras abandonen los húmedos y apolillados anaqueles de las bibliotecas, para ser leídas y releídas por aquellos entre quienes los presentes párrafos alcancen a suscitar una medida de curiosidad. Y aquí vamos…

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1. Sin remedio – Antonio Caballero

Las 573 páginas más productivas de nuestra narrativa (sin que sobren muchas), hacen parte de la única novela atribuible a una de las voces más discordantes del periodismo en la Colombia de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Antonio Caballero, quien conoce de primera mano las dinámicas cotidianas del poder en el país y su capital, militante extremista de la llamada ‘guerrilla del Chicó’ en los 70, quiso alguna vez escribir la novela más extensa en la historia de Colombia. El resultado de esta afortunada incursión son las vivencias de Ignacio Escobar, un poeta bohemio cuyos únicos ingresos proceden de las cuantiosas arcas de su señora madre, representante de los decadentes valores de nuestra aristocracia. Personajes entrañables, como monseñor Boterito Jaramillo, Fina, Federico y otros más, hacen parte de la fauna humana de esta magnífica historia llena de personajes con los que de seguro podemos aún encontrarnos a diario.

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2. Un tal Bernabé Bernal – Álvaro Salom Becerra

El genio de Salom Becerra -por lo general ignorado, o cuanto menos subestimado por la crítica- merecería un mejor lugar en los cánones de la novelística bogotana. Él -un veterano abogado, diplomático, periodista y magistrado- descubrió, para nuestra fortuna, una tardía vocación de escritor ya al final de su carrera. Su obra -homogénea y bien estructurada- tiene a la ciudad y a sus individuos del común como protagonistas: Hombres sin mácula, ingenuos, maltratados por padres, esposas, hijos y patrones. Hombres dulces de vidas simples y desdichadas. Hombres sin mayor pretensión que la supervivencia, habitantes de una Bogotá enclavada en su historia decimonónica. Testigos del desmedido crecimiento poblacional y del congelamiento de las almas de sus habitantes. Hombres débiles doblados de detectives, explotados por sus jefes (casi siempre exponentes diestros de la corrupción, el manzanillismo, el delfinismo y todos los malos ismos por los que Colombia ha estado afectada desde el mismísimo día de su falsa declaración de independencia). Espléndidamente recreadas por el fallecido Mario Sastre, las cuitas de Bernabé Bernal se convirtieron en una serie de televisión en los 80 del siglo XX.

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3. Los ojos del basilisco – Germán Espinosa

Aunque el recuerdo haya desaparecido de las conciencias de los actuales bogotanos, los llamados ‘crímenes del doctor Russi’ fueron una de las leyendas urbanas consignadas con mayor fuerza en la memoria colectiva de varias generaciones de habitantes de la ciudad. En medio de una pugna de clases entre los librecambistas y los artesanos, el mayor defensor de estos últimos (un misterioso tinterillo vestido con capa de piel de perro y de hábitos exóticos) es acusado de homicidio y condenado a morir, en circunstancias nunca esclarecidas. ‘Los ojos del basilisco’ entremezcla hechos con imaginerías, creando un documento folletinesco que desentraña las intimidades de una Bogotá oscura e intrigante.

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4. La trilogía Bogotá – Gonzalo Mallarino Flórez

Poeta antes que narrador, Gonzalo Mallarino debutó en el mundo de la ficción novelada con una peculiar obra, atípica en sus tiempos, y dividida en tres fases que al final terminan siendo historias de una misma familia en distintos periodos. La primera de ellas (‘Según la costumbre’) toca una rivalidad no declarada entre dos hombres. Uno, el doctor Anselmo Piñedo, en representación de la sociedad instruida y del deseo de limpiar a Bogotá de la sífilis, pandemia que por entonces parecía inatajable. El otro -Calabacillas- una suerte de proxeneta y traficante de mujeres venido a menos, gran culpable de la diseminación de la dolencia en la ciudad. ‘Delante de ellas’, segunda parte, se concentra en la incomunicación entre una madre y una hija, en la Bogotá pacata de los años 30 del siglo XX. La tercera, ‘Los otros y Adelaida’, nos lleva hasta una ciudad asolada por la violencia, al comenzar los 90, acercándonos a los más íntimos sentimientos de una madre, entristecida por la muerte de su única hija. Una original forma de narrar, vista por los ojos sensitivos de un autor que observa a su ciudad con cariño, pero que aun así es capaz de distanciarse de aquella trampa llamada costumbrismo.

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5. Espárragos para dos leones – Alfredo Iriarte

Un artesano de las palabras. Un genio del humorismo y la ironía. Una pluma irremplazable, y una ausencia lamentable después de su partida, son conceptos asociados a la memoria del inigualable Alfredo Iriarte, maestro de maestros, desaparecido en un no tan lejano 2002. Ambientada en San Antón de Tibzaquillo, capital de Palumbia, ‘Espárragos para dos leones’ es una brillante parodia de esa Bogotá tradicional, pretenciosa y endogámica de siempre, y a nuestro país, tan provinciano como arribista. Las aventuras de Trimegisto y Metafrasto Esparragoza, descendientes en línea directa del fundador de la ciudad, son uno de aquellos privilegios que la literatura reserva para quienes saben reírse. Obra intraducible, por su excepcional manejo del castellano.

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6. Pax – Lorenzo Marroquín

‘Pax’ es sin duda una de las más depuradas novelas de la Bogotá de comienzos del siglo XX. Ambientada en los tiempos de la guerra de los 1.000 días, es el resultado de la suma de los ingenios de José Manuel Marroquín y José María Rivas Groot (quien por alguna razón terminó por no figurar como coautor). Vista desde el retrovisor ‘Pax’ pareciera el prólogo a las pugnas partidistas y a las diferencias ideológicas que con los años habrían de hacer carrera en el país. Además, refleja las curiosas imposturas intelectuales vividas por una tierra ansiosa de inscribirse, de manera brusca, desconociendo los procesos y sin importar los costos, en una ansiada e imposible modernidad. Un fiel reflejo de una Colombia de identidad difusa, entre las bondades de la tecnología y la crudeza de un conflicto, en una prodigiosa anticipación a lo que serían los 100 años por venir. En ella hay también lugar para virtudes como la compasión, la nobleza y la bondad.

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7. Hombres sin presente – José Antonio Osorio Lizarazo

Aquella Bogotá sórdida de los años 30 y 40 a la que los románticos y nostálgicos tienden a esconder. Una ciudad agobiada por los primeros connatos de superpoblación. Con sus miserias subyacentes y sus gentes oscuras, metidas en inquilinatos y en casas decrépitas. Una clase media vergonzante, imitando con dificultad los hábitos de aquellos a quienes la suerte escogió para que fueran los dueños del país. La familia de César Albarrán, empleado público de precarios ingresos es un eje más en ese triste engranaje que es la cotidianidad del bogotano del promedio, víctima de un sistema imperfecto. Una historia a la que el mismo autor reconoce como un llamado a la conciencia de los empleados públicos y de la aporreada clase media para combatir las miserablezas del sistema.

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8. El carnero – Juan Rodríguez Freyle

‘El carnero’ (cuya pretensión, a diferencia de todas las demás obras incluidas en este listado no era la de convertirse en un libro de ficción, ni mucho menos en una novela -en el sentido estricto y contemporáneo de la expresión-) es considerada por muchos la obra fundacional de la literatura en Bogotá. Se trata de un inventario de aventuras, noticias históricas y chismes cocinados en la fragua de lo que entonces se llamó Nuevo Reino de Granada. Rodríguez Freyle (de cuyos orígenes hebreos algunos especuladores han hipotetizado) hizo de esta la piedra angular con la que se descifra el origen de una buena cantidad de virtudes, hábitos, maneras, ademanes y vicios propios de lo que más adelante habría de ser Colombia, con Santafé de Bogotá como su núcleo. Aventuras como la de doña Inés de Hinojosa, historias como la de los panes de sal y la quema del templo del sol y el inicio de la leyenda de El Dorado son sólo algunas de las gemas que pueden extraerse de sus páginas. Elogiosamente, García Márquez se refirió a este libro como “el primer borrador de ‘100 años de soledad’ “.


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9. Los elegidos – Alfonso López Michelsen

Más allá de su cuestionable gestión en la primera magistratura, lo cierto es que Alfonso López Michelsen gozaba de evidentes aptitudes para la literatura, no del todo aprovechadas ni reconocidas. Mucho le habría convenido al país que el ex presidente jamás lo llegara a ser, y que sus energías hubiesen sido razonablemente canalizadas en el horizonte de la narrativa. En ‘Los elegidos’, tal como suele ocurrir, la clase dirigente termina criticándose a ella misma. La obra revela los padecimientos de un emigrante alemán, accionista de una tabacalera, perseguido y traicionado por su familia y amigos. Campamentos de exiliados, la hipócrita sociedad del barrio La Cabrera (en ese entonces de casonas), y una ciudad cada vez más rendida ante el influjo extranjerizante son el crisol en el que se cocinan tamaños errores propios de los poderosos.

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10. Las tres tazas – José María Vergara y Vergara

Un perfecto relato transicional. Entre la aldea afectada por una imagen magnificada y falsa de ella misma y la urbe que nunca llegamos a ser. Tres tazas rebosantes de bebidas nacionales ( “fruto de la cocina fusión” dirían hoy los despistados gastrónomos) son las que ambientan este trinomio de reveladores relatos. La primera (servida en 1813) es el chocolate santafereño. Los contertulios bebientes son algunos padres de la patria, citados por don Jorge Tadeo Lozano y esposa, todos ellos futuros desterrados o mártires, a manos del pacificador Pablo Morillo. La segunda (consumida en 1848) refleja las posiciones cedidas por el chocolate (bebida criolla), al café, costumbre importada de Inglaterra a la que Vergara trata con reservas asqueadas. El señor Vergara es invitado a una tertulia para discutir sobre ese y otros asuntos. La tercera salta a 1866 y tiene por bebida oficial el té. Declara la muerte de Santa Fe y el nacimiento de Bogotá. Crítica severa a las pretensiones británicas del bogotano de entonces. Un ‘protolobo’, el aborrecible marqués de Gacharná, oriundo de ‘Sutamerchán’, sirve como ejemplo de lo que más adelante habría de abundar.

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11. La tragedia de Belinda Elsner – Germán Espinosa

Al escribir las presentes letras comienza a revelarse la no deliberada presencia de hebreos en este listado, bien sea como protagonistas o como autores de las obras reseñadas. Visto desde la perspectiva de un hombre procedente de nuestro Caribe, este destacable ‘thriller’ nos remite a un crimen cometido al comienzo de la década de los 70 del siglo XX. Una mujer judía asesina a su esposo. Ya entrados los 80, el único descendiente de esta unión -un baladista que no puede mover sus piernas, junto con los miembros de su banda, todos ellos afectados la misma esta discapacidad- padecen la persecución de una enfermera asesina (al parecer su propia madre, quien se ha fugado del sanatorio en el que está interna desde el homicidio). Los músicos mueren por turnos. Tal como el género lo exige, las cosas terminan resolviéndose de manera inesperada. Entretanto hay muchos lugares reconocibles de la ciudad con los que el lector se irá encontrando, aparte de un muy curioso Carlos Infante (extraño híbrido entre Jorge Barón y Jimmy Salcedo).


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12. Al diablo la maldita primavera – Alonso Sánchez Baute

Con un vasto conocimiento acerca de la comunidad gay y una original narrativa como mayores herramientas a favor, Alonso Sánchez Baute sorprendió a la ciudad y al país con esta obra de evidentes tintes autobiográficos, en lo que parecía ser un promisorio prólogo a una remarcable carrera de escritor. Los seguidores de la literatura aún esperan una segunda gran novela de quien, por alguna razón, no ha sabido superarse hasta la fecha. Por lo demás un instrumento lingüístico original, digno de ser incluido en cualquier antología bogotana de novela. La mejor manera de conocer muchas de las intimidades de aquel grupo etario al que la institucionalidad ha bautizado, más por motivaciones políticas que humanitarias como ‘LGBT’.

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13. Opio en las nubes – Rafael Chaparro Madiedo

Tal vez el último gran clásico de la literatura con Bogotá como escenario, ‘Opio en las nubes’, obra de suficiente acogida como para inmortalizar a su autor, fallecido de manera demasiado prematura, ha logrado muy altos grados de popularidad entre los más jóvenes. Una de las pocas bogotás de novela cuyas fronteras exceden los límites de la calle 100 hacia el norte, nos presenta a esa soñada ciudad con mar al fondo y locaciones demenciales, y relatada por las voces de tres narradores diferentes. Se aconseja leerlo acompañado de su banda sonora, una guía para desenmarañar muchas pistas escondidas. De lamentar, también, la desaparición prematura de su autor, fallecido a los 32 años y ganador del premio nacional de novela a los 29.

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14. Don Simeón Torrente ha dejado de… deber – Álvaro Salom Becerra

“¡Don Simeón Torrente ha dejado de… deber! No habiendo podido despedirse personalmente de sus acreedores, lo hace por medio de este aviso y se pone a sus órdenes en el cielo, cuyas puertas contribuyeron ellos a abrirle”. Con este triste epitafio se cierra la historia de un hombre al que el mismo Salom Becerra califica de mediocre y adocenado. De nuevo un individuo cualquiera envejece al ritmo del vertiginoso proceso de transformación de la Bogotá de comienzos de siglo. Como muchos bogotanos, don Simeón es un cualquiera, en permanente acoso por las deudas, e incapaz de acumular dinero alguno. Un cuadro de costumbres enmarcado en unas aventuras, tan divertidas como lamentables.

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15. Tres ataúdes blancos – Antonio Ungar

Gracias a esta, su tercera novela, Ungar consiguió alzarse con el premio Herralde, lo que lo sitúa de inmediato dentro del pequeño grupo de jóvenes autores bogotanos de los que mucho se espera. Miranda es una tierra de fantasía, con las clásicas características de los países andinos, unidos por sueños y frustraciones comunes. Un hombre solitario, cuyos únicos nexos sociales con el mundo están mediados por internet termina sin quererlo involucrado en una aventura política de suplantación. Un homenaje, en clave de humor negro, a la capacidad de los bogotanos de mofarnos de nuestras constantes desgracias. El barrio La Esmeralda (ese sí real) es el epicentro en donde se fragua buena parte de la historia.

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16. Las puertas del infierno – José Luis Díaz-Granados

“¿Desea usted saber cómo es la vida íntima de un poeta solitario… torturado por la idea de escribir una novela a manera de exorcismo?”. Con esta antesala a una confesión de carácter muy personal el poeta José Luis Díaz-Granados corrobora su intención de retratarnos una ciudad despojada de artificios. Es el creador venido de la provincia, sabiéndose incapaz de comunicar sus ideas a la perfección. Es la avidez del hedonista venido desde el Caribe, procurando desentrañar los enigmas de un espacio del que se reconoce ajeno. Es el plagiario enorgulleciéndose de serlo.

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17. Los parientes de Ester – Luis Fayad

La Bogotá poco relatada de finales de los finales 60 y los tempranos 70 del siglo XX; el paulatino derrumbamiento
de los valores de clase en una familia, esforzándose demasiado por aferrarse a las tradiciones; y sus ya evidentes fisuras en el proyecto de nación. Desempleo, sueldos mediocres, vidas frustradas. Es una historia de familia, cuyos miembros comparten el honor (y la desventaja, si se quiere, de haber nacido en Bogotá) reforzada por una sólida narrativa, casi cinematográfica.

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18. Fiesta en Teusaquillo – Helena Araújo

Propensa al amiguismo, la consabida endogamia, el apalancamiento y todas las costumbres propias de una aristocracia interesada en persistir como tal. Esa es la ciudad de ‘Fiesta en Teusaquillo’, cuya acción tiene lugar dentro de alguna festividad en la que se congrega lo más granado de la bogotanidad rampante. Un ‘equipo ensoñación’ de personajes se reúnen para ejercer el ancestral oficio de la farsa, al tiempo que nos revela algunas de las características naturales del bogotano en todo su esplendor.

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19. Casa de vecindad – José Antonio Osorio Lizarazo

“Lo que presumía: no he podido hallar trabajo. En vano he ido a todas las imprentas, a los diarios, a todas partes. Yo también soy armador y podría hacer algo en un periódico. Pero creo que ahora se han inventado máquinas de armar. No, si las máquinas nos están matando”. Si alguien tiene como propósito desmentir la falacia aquella de que la Bogotá previa al 9 de abril era un paraíso, ‘Casa de vecindad’ le resultará más que útil. Las migraciones masivas no son un fenómeno posterior a la primera mitad del siglo XX. Ya desde las primeras décadas de esa centuria (que ya comienza a lucir lejana) una oleada de inmigrantes, venidos desde la provincia comenzaba a congregarse en la ciudad, motivados por los sueños de evolución y modernidad. Lo triste del asunto es que aquella soñada capital no estaba en disposición ni mucho menos en capacidad de atener las nuevas demandas de este puñado de nuevos habitantes. Un tipógrafo sin nombre, abandonado por su esposa y despojado de su trabajo en virtud de la llegada del linotipo, comparte su desdicha junto con los demás inquilinos de una pensión en la Plaza de los Mártires.

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20. Todo pasa pronto – Juan David Correa Ulloa

También dentro de la línea autobiográfica, la primera novela de Correa nos sumerge en el Teusaquillo de los finales 70 e iniciales 80. Una obra honesta y valiente, remitida a experiencias de infancia y preadolescencia de su autor. Inscrito en el contexto de las familias de clase media de las últimas décadas del siglo XX, ‘Todo pasa pronto’ es un retrato claro, abordada con la perplejidad y la ausencia de prejuicios propias de un infante solitario.
 

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21. La mujer en el umbral – Mauricio Bonnett

Una más se añade al escaso grupo de novelas bogotanas cuyo teatro de operaciones trasciende ese lindero imaginario demarcado por la calle 100, posible demarcación fronteriza que establece la división entre el norte y el centro de Bogotá. Es 1968. Un par de hermanos, en el esplendor de su preadolescencia, despiertan a sus impulsos eróticos de la mano de Rosa Tulia, una empleada del servicio doméstico venida desde la provincia. La gran virtud de la narración está en dar un tratamiento ingenioso, inteligente, dulce y cándido, despojado de las ramplonerías u ordinarieces comunes a otras novelas de su tipo.

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22. Perder es cuestión de método – Santiago Gamboa

Obra fundacional de la ola de novelas negras escritas por la generación de escritores salida a la luz durante los años 90 del siglo XX. Si bien la fortaleza y la prevalencia de este movimiento son un asunto que aún está por determinarse ‘Perder es cuestión de método’ es una de las más clásicas representantes de algo que con los años habría de devenirse común. La primera de muchas obras de su tiempo adaptada al cine.

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23. El sereno de Bogotá – José Ignacio Neira

Publicada en 1896, esta novela parte de una relación incestuosa (antes de que el matrimonio entre primos fuera condenado por las normatividades sociales). La obra nos cuenta los goces y padecimientos románticos de un guardián de las noches bogotanas. ‘El sereno’ mencionado en el título goza de un sentido polisémico, refiriéndose por un lado al relente bogotano y por el otro a uno de estos típicos personajes encargados de proteger a los citadinos en la oscuridad. Un hombre desvelado camina por un parque hasta tropezarse con un vigilante. El vigilante le relata su historia hasta finalizar, para luego perecer en sus brazos, ya cuando está por amanecer. La historia fue llevada al cine por Gabriel Martínez en 1945.

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24. El rumor del astracán – Azriel Bibliowicz

La Bogotá racista, minúscula y provinciana de los años 30 hace las veces de epicentro en el que se relata el advenimiento masivo de hebreos a estas tierras. Después de una aventura ultramarina y un viaje de fantasía por el río Magdalena, los inmigrantes van develándonos con un país pacato, hundido en sus propios fanatismos religiosos, en el racismo. Una Bogotá nueva está surgiendo con sus pretensiones industriales. Mecanismos financieros como el crédito hacen su aparición tímida, favoreciendo la formación de un nuevo modelo económico. La lucha de un pueblo por hacerse a un patrimonio, con las habilidades propias de su raza, en medio de una historia hábilmente dividida en secuencias, un buen manejo del erotismo, y una investigación bien cimentada, hacen de esta una magnífica novela, cuya pronta reedición se hace imperativa.

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25. El día del odio – José Antonio Osorio Lizarazo

La más politizada de todas las obras de este inmejorable retratista de las desigualdades imperantes en nuestra ciudad tiene como como determinante cronológico una de las más importantes fechas del siglo XX. Ambientada en el sobreexplotado 1948, su clímax coincide de forma exacta con el 9 de abril, momento en que Tránsito (una empleada doméstica puesta por su madre campesina en manos del destino no escogido de la servidumbre) decide sumarse a las hordas de rebeldes dispuestos a manifestar su airado descontento en lo concerniente al sistema. Tiene ese oportuno sabor social, tan presente en la narrativa de Osorio Lizarazo, un personaje a quien el país ha terminado por juzgar más desde el ángulo político que desde el literario.

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PERFIL
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Andrés Ospina nace en 1976. Durante 1980 cursa preescolar en las guarderías La Frasadita y Juan Salvador Gaviota. Recibe su grado de kínder en el Jardín Infantil Piloto Federico Froebel. Desde 1982 hace parte del Gimnasio del Norte, entidad de la que cancelan su matricula en 1991. En 1992 ingresa al Gimnasio Los Robles, de donde se titula en 1994, tras repetir Décimo Grado. Trata de aprender Música y Literatura en la Universidad de Los Andes. Durante 1998 y 2000 co-redacta y funda el desaparecido sitio El Utensilio. Desde 2002 ha sido colaborador con revistas como Cambio, Rolling Stone o CARAS; realizador 99.1, hoy Radiónica (emisora en la que trabaja para los espacios 'La Silla Eléctrica' y 'Rockuerdos'), y libretista e investigador para el magazín de televisión Culturama. Entre los proyectos en los que comparte las culpas están www.museovintage.com y www.elblogotazo.com. De momento prepara una novela sobre un psiquiatra forense demente, y la exposición Bogotá Retroactiva.

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22 Comentarios
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  1. Aquellos Kerpel mencionados pueden ser la familia de un compañero de mi papá del Colegio Colombo Hebreo, que –si no estoy mal– vivían por ahí cuando estaban en el colegio, en los 60. En palabras de mi finado padre, hablando del barrio Santafé y de varios barrios de Teusaquillo, “esto era lleno de judíos”. Según contaba, él y sus amigos pasaban los sábados en la sinagoga de la 28 (entonces azul) y después (o antes, ni idea) de la comilona del Shabat se escapaban como hormonudos quinceañeros a ver las trabajadoras sexuales (esas no son las palabras de quien lo cuenta) de cierto elegante burdel que quedaba en una casa la 29 con 19.

  2. Sí, interesante la lista, pero le faltaron novelas: No se ve nada de R.H. Moreno Durán (‘Los felinos del canciller’ cuadra con la temática de la bogotá elitista que ud. subraya aquí) y ‘De sobremesa’ es infaltable.

  3. Sí, interesante la lista, pero le faltaron novelas: No se ve nada de R.H. Moreno Durán (‘Los felinos del canciller’ cuadra con la temática de la bogotá elitista que ud. subraya aquí) y ‘De sobremesa’ es infaltable.

  4. Sí, interesante la lista, pero le faltaron novelas: No se ve nada de R.H. Moreno Durán (‘Los felinos del canciller’ cuadra con la temática de la bogotá elitista que ud. subraya aquí) y ‘De sobremesa’ es infaltable.

  5. observador97

    Magnífico y muy nostálgico documento fílmico, lástima que no sea más largo y que no esté en mejores condiciones técnicas. Entre lo que más me impactó fue recordar de mi niñez (comienzos de los 70’s) las terrazas del Aeropuerto ElDorado, que efectivamente eran abiertas al público, y uno iba a ellas a recibir a los viajeros, que descendían del avión ahí abajito de donde uno estaba. Creo recordar que había unos aviones marca Caravelle, supongo que franceses, que tenían fama de hacer un ruido espantoso. Pero en general todo el filme es una gran fuente de nostalgia. Aunque yo aún no había nacido en el año de la película, creo casi con seguridad que se trataba de una Bogotá mucho más amable. ¡Qué recuerdos!

  6. Interesante la lista. Me alegra encontrar las de Germán Espinosa y las de Osorio Lizarazo. Y también me alegra no encontrar, por fortuna, las de Mario Mendoza…. Me alegró muchísimo hallar “El Carnero”. La lista pudiera haber sido menos, pero está muy bien. Felicitaciones…

  7. Interesante la lista. Me alegra encontrar las de Germán Espinosa y las de Osorio Lizarazo. Y también me alegra no encontrar, por fortuna, las de Mario Mendoza…. Me alegró muchísimo hallar “El Carnero”. La lista pudiera haber sido menos, pero está muy bien. Felicitaciones…

  8. Interesante la lista. Me alegra encontrar las de Germán Espinosa y las de Osorio Lizarazo. Y también me alegra no encontrar, por fortuna, las de Mario Mendoza…. Me alegró muchísimo hallar “El Carnero”. La lista pudiera haber sido menos, pero está muy bien. Felicitaciones…

  9. GeorgeBest19

    Que maravilla de documento fílmico sobre Bogotá, me sorprendió la majestuosidad del Salto de Tequendama, la verde sabana y el moderno aeropuerto en la época.

  10. JurgenMueller

    Excelente documento histórico, da mucha nostalgía. Es una lástima ver como la corrupción,la violencia,el desplazamiento y demás males que acechan a este país han destruido la belleza deBogotá.

  11. Me acuerdo muy bien de ese jingle ochentero que decía “llegó… su cerveza Germania… y se siente de primera”. Se fué la Germania y con ella “La banda del Barrilito”. Gracias por hacernos recordar, Andrés.

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