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Un mes antes de la coronación de Jorge II de Inglaterra, su reino estaba sumido en un estado de ostensible excitación. Los piratas de ultramar, con su sport favorito, el lucrativo contrabando del Caribe, asolaban los puertos, las riberas de la América Española y sus ya fantasmagóricos galeones que se deslizaban por los indomables oleajes del Atlántico, bajo la clemencia de Dios y del Almirante Vernon, como frágiles jinetes aferrados a las crines huracanadas de algún endiablado caballo mitológico. En la India y en la América Británica, no se vislumbraban en el horizonte presagios de insurrección o del abrumador Imperio Británico del siglo XIX.

El 9 de septiembre de 1727, el Ipswich Journal dictaminó: “Circular Letters are fent by the Lord Great Chamberlain to all the Peers and Peerfes, to provide themselves with fuitable Habits and Equipages to attend the Coronation, and the famous Mr. Handel Compofer to the Opera, is appointed to Compofe the Anthem which is to be Sung in Westminffter Abbey at the Grand Ceremony”. Reproducido en otros papeles periódicos ingleses, el estupor recorría el reino. Y leído en voz alta, en alguna taberna londinense, o acaso anotada en manuscritos y no es de extrañar repetido de puerta en puerta, este estupor debió viajar y explotar como la pólvora del cielo hasta en los más humildes oídos del más humilde labriego.

Nuestra mente moderna y a la vez rudimentaria es incapaz de comprender la compleja lealtad y la mística universal que envolvía la figura del Rey. Algo que un inglés bonachón, borracho al borde de un camino, y adicto al juego, con toda su sutileza psicológica hubiera resuelto dándonos una bofetada. Y es que disipada la niebla, la sacralidad, el esplendor y la magia que envolvían a Jorge de Hannover se manifestaban en el incipiente periodismo del siglo XVIII, que acercaba fugazmente al monarca cada vez más al pueblo y a las cortes de otros reinos. El Rey milagroso sería coronado, el mismo que curaba las escrófulas, que apresaba entre sus manos como juguetes los galeones españoles y que tenía encadenados en Bahamas a miles de esclavos en las dilatadas y abrasadoras plantaciones de azúcar.

Este cuadro de esplendor fue tan bien compuesto por George Friedrich Handel, cuyos himnos de coronación son una explosión majestuosa de belleza, de suavidad, de ternura, de vértigo y hasta de gloria celeste, si tal cosa existiera en la tierra. Difícilmente pudo existir un honor mayor en aquel tiempo que componer en la corte de un monarca como Jorge II y aún más su música de coronación. Ni los músicos ni los espectadores de un concierto moderno podrían comprender lo que significaba estar cerca del monarca y componer para él. Y es que los validos también eran el orgullo de las cortes de Europa.

Pero escuchemos más bien lo que tuvo que decir el Ipswich Journal el 7 de octubre de 1727, tres días después de la coronación de Su Majestad: “Yefterday was performed the Grand Ceremony of the King and Queen’s Coronation, which in every ones Opinion was the moft Magnificient of any yet feen in England, and Foreigners fay the fineft in Europe”. Naturalmente, un orgullo inglés clásico del siglo XVIII. Podemos escuchar esta música una y otra vez pero no comprenderemos del todo lo que significó en aquella abadía de Westminster. ¿Qué fibras habrá tocado en Jorge II esa explosión de belleza y majestuosidad del coro Zadok the Priest? ¿Serán las mismas que nos emocionan casi tres siglos después?

La música de Handel difícilmente pudo llegar hasta donde los campesinos del condado de Ipswich. Pero inútil decirlo, nuestra experiencia musical se ha visto empobrecida, no sólo por su contexto de escucha sino también por los valores que suscitan la música, que son, esencialmente, valores comerciales, de ocio, de placer, de mediocridad, de inmoralidad, de anarquía y de una estupidez rampante.

Los de Handel son valores que la música moderna desconoce y se empeña en relegar al olvido. Hasta la reina y los príncipes de Inglaterra son una caricatura de sus antepasados. Handel no aspiró a triunfar en la radio, no sólo porque no existía, sino porque quería vibrar en la gloria eterna del mundo, encarnada en la figura diminuta de Jorge II de Inglaterra. La eternidad de los músicos modernos dura tres minutos porque a los dos el espectador está fatigado. A todas luces, Handel no despreciaba el placer: “The King Shall Have Pleasure”, reza uno de sus coros magistrales. Pero con seguridad le cantó a cosas que son totalmente inescrutables para nosotros: un monarca divino, cubierto en oro, satín, ungido en magnificencia, gloria, esplendor, siempre majestuoso y siempre milagroso, todo esto y otras cosas más para las cuales el lenguaje es vulgar y nuestro mundo decadente.

La lectura así como la escucha tienen su historia. Con este mecenazgo perdido, el de los reyes de siglos imperiales, se ha derrumbado una forma de componer, de escuchar y de entender la música. En estas composiciones pueden escucharse cambios sociales, valores que se esfuman, que perduran, o nuevos que irrumpen como una tormenta. No hay que olvidar que esta música no fue compuesta exclusivamente para el deleite. Esto sería empobrecer la obra de Handel. Hay que imaginarnos una suntuosa coronación, un imperio en ascenso, un Rey sagrado, librando sus batallas en el Atlántico, en la India y en la América Británica. Y hay que imaginarnos un autor, como Handel, devoto y patrocinado de Su Majestad, creyente en Dios y con todos los esplendores de los cielos tronando en su cabeza. Estos Reyes podrían pasar por crueles bajo nuestros ojos modernos pero tenían unos oídos más refinados que los nuestros. Eran insuperables mecenas comparados con los ministerios de cultura y de educación, y, ante todo, mejores que las emisoras para detectar y sostener un prodigio del arte. Y aunque sus cortes rivalizaran en crueldad y en ambición, también rivalizaron en cultura y en belleza. La música de Handel constituye, aún hoy, una de las manifestaciones creadoras más espléndidas y portentosas de la historia.

La versión de los himnos de Coronación de Jorge II de Handel ejecutado por el famoso coro The Sixteen, dirigido por Sir Harry Christophers, es espléndida y recomendada. No soy un mutilador o trituradora de Handel, sencillamente no hay una versión continua. Aquí incluyo tres de mis pasajes favoritos.

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PERFIL
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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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3 Comentarios
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  1. alfonsomauled0514

    Buenas:

    Qué hermosa música, gracias por compartirla. Yo creo que el arte surge en un contexto específico, que de alguna manera lo explica. Sin embargo, el arte que perdura es aquel que excede ampliamente ese contexto y se vuelve eterno, pese a las particularidades del entorno que lo hizo posible. Sin el mecenazgo de reyes y nobles, seguramente no podríamos hoy disfrutar de estos enormes talentos, pero el mecenazgo era importante, más el arte que hizo posible el patrocinio, superó de tal manera a sus inspiradores, que hoy podemos degustarlos como un producto independiente de cualquier consideración

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