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Un monje budista al termino del régimen de Pol Pot en Cambodia dijo sobre su tiempo de encarcelamiento: “Lo único que temí fue perder mi compasión”. Es inevitable pensar en Colombia, no precisamente porque haya muchos de estos santos. Este testimonio tan extraordinario que no se rebaja al hombre común pero tampoco es la obra de un dios, es una materia de reflexión sumamente propicia en este momento. En el budismo todos podemos ser Buda, es decir, todos podemos despertar del sueño de la vida. Y uno de sus caminos obligados es la compasión por todos los seres de este mundo. No es de extrañar que en el budismo estos hombres santos ocupen un rango superior a los dioses. Si la vida es un sufrimiento interminable, ¿cuán fuerte sería uno, libre y liviano como estos hombres, de toda vanidad, amor, odio, angustia, dolor, temor y sed de justicia?

Para los budistas, la vida tal y como es vivida por la mayoría de las personas, no es otra cosa que sufrimiento. Una de las virtudes fundamentales del budismo en el camino hacia la iluminación es la meditación y práctica de la compasión. Los budistas no hacen de esto un misterio. La compasión es la virtud moral y ética por excelencia que consiste en ponerse en los zapatos del otro. Hay una justicia del corazón, si se quiere, más sencilla que miles de tratados de filosofía. Si naufraga un barco lleno de estos libros y sobrevive la compasión, nada se habrá perdido.

Esta compasión budista es inseparable de su concepción del universo. El budismo considera que en vidas pasadas, quienes nos infligieron daño ahora pueden ser nuestros compañeros sentimentales, miembros de familia y amigos. E inversamente, aquellos amados en vidas pasadas pueden ser nuestros más inclementes enemigos. Podemos inclusive compadecernos de quien nos odia porque está sumido en un sufrimiento indeseado. Por ello, debemos ser buenos con cada ser que habita este mundo. Esta fantasía o pesadilla cósmica que nadie puede desmentir puede parecer descabellada. Pero es un hecho cierto el que nadie haya escogido donde nacer. Esto exige una revaloración de las vidas ajenas.

Hay otro elemento de irrealidad del mundo en el budismo que trae beneficios éticos. Por lo general, la gente se toma demasiado en serio sus vidas. En virtud de una posición social, de un trabajo, de un partido político o amparado en la justificación de una vendetta, es infligido un sufrimiento intolerable. Nos tomamos tan a pecho los libretos que representamos en este mundo a tal punto que nos matamos. Si todo lo que nos rodea es una ilusión (maya), entonces también lo son nuestros roles sociales. Todo puede desvanecerse de un día para otro; todo puede esfumarse de una vida a otra. En esta especie de hermandad universal en la que estamos unidos por el sufrimiento, dicen los budistas, conviene ser buenos con los demás y evitarles cualquier tormento.

El budismo no es clasista ni materialista. Reconoce que el pobre está sufriendo en algunos aspectos distintos al rico pero también reconoce que es posible sentir compasión por este último. La gente adinerada puede tener una existencia tan miserable como la de los pobres. Los budistas igualmente creen que en el transcurso de la vida los enemigos pueden convertirse en los mejores de los amigos. Y lo mismo ocurre en el sentido inverso. Supongo que esto podrá incomodar a muchos.

En nuestro conflicto armado, donde ambiguamente todos tienen un libreto tan sospechosamente definido, echamos de menos una reflexión sobre la compasión. Los diálogos de paz con frecuencia han sido el escenario de un diálogo de sordos; lo ha sido en cierta medida en los últimos cuarenta años. El mal solo se percibe en los demás. Esta visión simplista ya la he criticado en otra oportunidad. El papel que la opinión otorga a la justicia no es infundado pero no satisface del todo. Del Procurador, por ejemplo, puede decirse que leyó el Antiguo Testamento pero no que haya leído el Nuevo. Conoce todo sobre el castigo pero nada sobre el perdón. Y si hay lugar a un error, se brincó el Sermón de la Montaña como el escolar que hace trampa en el colegio. Que se incline la balanza para donde deba inclinarse, ¿y después? Una sociedad compasiva no es tolerante con los sufrimientos ajenos; al contrario, procura atenuarlos y suprimirlos. El budismo es uno de los caminos de la compasión.

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PERFIL
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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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