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El libro “Adiós al capitalismo: autonomía, sociedad del buen vivir, multiplicidad de mundos” de Jérôme Baschet, respetado medievalista francés, tiene el mérito de hacernos reflexionar. Es un inventario de males del capitalismo y un llamado a encontrar soluciones. Por esto, además de la seriedad de su autor, no es un libro más.

Es preciso empezar diciendo que el capitalismo es mucho más que un modo de producción. No sólo es un mundo de relaciones económicas sino también un sistema de creencias. Por su culpa, los viejos valores comunitarios de las antiguas economías morales o de la postguerra (los Treinta Gloriosos) se han retirado masivamente a los libros de historia. Desde luego, imperan también otro tipo de valores, pero no cabe duda que la eficiencia, la maximización de beneficios económicos, la competencia y la cuantificación son predominantes. Distintos gobiernos han adoptado en ocasiones esta técnica de gobernar en detrimento del bien común. Sólo un marciano negaría que el Estado resucitó el capital después de la crisis financiera en 2008, pero sólo un jupitereano negaría que ha ido más lejos, adoptando una forma empresarial y sometiéndose servilmente a la lógica de la economía.

Hoy, el valor social de una persona se mide generalmente por sus posesiones materiales o por su éxito profesional, no por su bondad o por que tenga una verdadera educación. Las vidas se proyectan en el incierto porvenir únicamente hacia la realización profesional. No es exagerado decir, como Baschet, que existe una mercantilización de la vida y una exacerbación del individualismo que conducen a toda índole de infelicidades y enfermedades mentales. Primero, porque nuestra fuerza de trabajo es una mercancía; segundo, porque nuestra educación tiende a realizarse para cumplir con estándares laborales; y tercero, porque uno de los motores principales de la actividad humana es el consumo, algo que importaba muy poco o era inconcebible para muchas sociedades anteriores al siglo XIX. La gran perversidad del capitalismo es hacernos creer que la historia de la humanidad siempre se ha regido bajo estos valores. El resultado, casi siempre obtenido, es que parece no haber alternativa posible.

La angustia de todos los jóvenes graduados de las universidades no pasa por pulir sus valores humanos; pasa por ingresar al mercado. Y con razón, antes que nada, hay que comer. No obstante, es un hecho cierto que raras veces nos preguntemos: ¿cómo puedo ser más compasivo? ¿Cómo puedo ser más bondadoso? A la pregunta de cómo uno se imaginaría en el futuro, suele seguir una respuesta que conlleva una consideración profesional. En 10 años no importará ser más bondadosos, más compasivos, menos egoístas, importará tener tales bienes y tal estatus.

Baschet no se equivoca cuando habla de la ilusión tejida por el mundo de la publicidad: de un lado, crea la fantasía de que el consumismo brindará la tan suspirada felicidad, y por otro lado, introduce la insatisfacción permanente de sentir que no se tiene nunca lo suficiente para vivir. ¿Quién no ve lo perverso y ridículo de esta carrera fatigante y sin meta? A este propósito todavía recuerdo la risa que desató en algunos el libro de Francis Fukuyama que había proclamado el sonado fin de la historia. Esto es una vulgar caricaturización. Se trataba de una risa liviana porque la realidad es que la caída del Muro de Berlín nos ha dejado mudos. No tengo en alta estima el comunismo pero su existencia obligaba a Occidente a hacer una crítica permanente de sí misma. ¿Y ahora?

A su vez, la tiranía de los relojes, una expropiación existencial y social que los campesinos medievales del siglo XIII y los obreros ingleses del siglo XIX resintieron, nos ha privado de independencia personal. El tiempo ya no le pertenece ni a la Iglesia ni a los hombres. ¿Qué libertad tiene el común de las personas? Una muy diferente a la del campesino medieval, pero con otro tipo de ataduras. No creo que el común de las personas sea feliz. Y si lo es, en parte, es porque no conocen o imaginan la existencia de una alternativa.

Baschet tiene el cuidado de no idealizar la Edad Media pero no el de celebrar la autonomía de los pueblos zapatistas anti-capitalistas. Por mi parte, después de leer el libro, no me provocaría vivir en un pueblo zapatista mexicano. Desconfío de la llamada sabiduría comunitaria y de la posibilidad de vivir en comunidades autónomas que decidan que bienes producir y cuáles no. Me parecen más razonables las últimas páginas de su libro. Valoro más la importancia de recuperar los espacios de libertad con que contamos y procurar afianzar valores comunitarios, pacíficos y solidarios. Espero disculpen mi pereza intelectual por no ofrecer alternativas; el problema supera mis capacidades.

Criticar el capitalismo no significa desconocer bondades que hayan podido surgir de él. Pero no hay que llamarse a engaños: la lógica del sistema no se mueve por la bondad, la igualdad, la generosidad o la compasión. Conciliar los valores de la competencia con los de la solidaridad me parece una tarea incongruente. Es posible, que a diferencia de algunas creencias, el sistema tenga las semillas de su propia salvación. Con todo, la democracia, aliado con el capitalismo, se predica hoy como se predicaba el comunismo en las escuelas de la Rusia staliniana. No parece haber alternativa. Esto no es una provocación ni un repudio de la democracia, es una sencilla verdad. El mundo necesita urgentemente de soluciones a los problemas de la crisis de los partidos, a la fragilidad de la representación moderna y a las consecuencias monstruosas del capitalismo en el medio ambiente y en el bienestar de las sociedades.

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PERFIL
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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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