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Es posible aducir que la revolución militar europea (c. 1500-1800) consistió en tres innovaciones fundamentales: por un lado, renovó las armas, los barcos, la artillería. Por otro lado, modificó la estrategia militar. Finalmente, supuso el crecimiento exorbitante y sin precedentes de los ejércitos.

El impulso provino de la competencia monárquica desatada por el emperador Carlos V en el seno de Europa y de su incipiente imperio de ultramar en el siglo XVI. Las armas de pólvora, como el mosquetón, tornaron inservibles las caballerías de los aristócratas. Aquella arma, cuya puntería se puliría con el tiempo, permitió conquistar diversas regiones del orbe y fue rápidamente incorporada por indios, malayos y otros pueblos no europeos.

Esta revolución varió entre las monarquías, y no es posible observar un desarrollo absoluto ni extrapolable. Sin embargo, sus rasgos salientes predominaron en los confines de España, Italia y Holanda, cuyos campos se agolparon de sitios, muertes y pestes. En Gran Bretaña, por el contrario, las fortificaciones se erigieron más lentamente para proteger las costas. Los bosques gélidos y oscuros de Irlanda truncaron la proliferación de la artillería pesada. Por ello, las armas pequeñas empuñadas por la flamante infantería, como el mosquetón, tardó en remplazar las flechas y los arcos. Los “long bowman” británicos (arqueros de tiro largo) oscurecían el cielo con sus flechas todavía en el siglo XVIII. Y por ende, la caballería de los aristócratas ingleses continuaba galopando por los campos cuando en muchos reinos de Europa era una vieja leyenda. Gran Bretaña no temía rivales vecinos sino remotos. Le apostó al mar y lo dominó, aún cuando su infantería fuera irrisoria todavía en el siglo XIX.

Europa no conoció la paz durante casi tres siglos, hecho nada despreciable que aceleró la necesidad de defenderse. La famosa trace italienne surgió durante las guerras entre las ciudades italianas. Antes del siglo XIX, los sitios -cercos a las ciudades- fueron más frecuentes que las batallas. La multiplicación de fortificaciones en gran parte de Europa, fomentó la invención de artefactos de artillería que asediaran las murallas. Los caballeros y arqueros de las leyendas medievales empezaron a caer como moscas y a extinguirse, asolados no por un meteorito sino por la lluvia de balas del mosquetón y de los cañones. Los tornó obsoletos. El Duque de Malborough guerreó apenas cuatro grandes batallas pero acometió treinta sitios en 1770. Los sitios españoles en Flandes, Países Bajos, habían languidecido por décadas a la sombra de las fortificaciones.

Estos sitios consumían los tesoros de las monarquías y las vidas de los soldados desesperados, hambrientos y enfermos. Los monarcas contrataban mercaderes privados para proveer el ejército de sus víveres y necesidades. No había un Estado Mayor ni una administración que pudiera movilizar tantísimos hombres, recursos y caudales. Por ello, no es una sorpresa que se gastara más en defensa que en ataque. Estas guerras podían durar mucho tiempo a causa de las fortificaciones; en realidad, se trataba de asedios largos y costosos que redujeron las batallas pero propiciaron el surgimiento de coronas que exprimieron a sus pueblos con impuestos. La Francia de Luis XIV sigue siendo la cita preferida de los historiadores.

Si bien algunos ejércitos crecieron de forma espectacular, las formas de reclutamiento, las deserciones, la fragmentación de las monarquías, las lealtades comunales o señoriales, y la diversidad lingüística y religiosa, impidieron el nacimiento de ejércitos profesionales. Habría que esperar hasta el siglo XIX.

No obstante, la superioridad europea empezó a ser palpable tempranamente. En Lepanto (1571), las naves del Gran Turco sucumbieron ante los cañones de la cristiandad. Los europeos fueron arañando territorios en todo el globo. La conquista de América fue menos espectacular por las armas de fuego, la ausencia de fortificaciones entre los mexicas y las alianzas con los tlaxcaltecas. Hubo resistencia, no hay dudas. Pero aún con armas los malayos nunca pudieron derribar las fortificaciones holandesas. La India fue más difícil de conquistar para los franceses, portugueses y británicos puesto que los Rajas y los emperadores Mogoles contaron con palacios, murallas y fortificaciones.

Más tarde, las derrotas durante las grandes guerras consolidaron, fomentaron y profesionalizaron los ejércitos europeos. A su vez, la industrialización, la urbanización y los dominios coloniales contribuyeron a la especialización militar y a la competencia feroz por los recursos, los hombres y los territorios. Ocurrió, en primer lugar, con Prusia (después de la derrota de Jena con Napoleón), luego con Francia (luego de la pérdida de Alsacia), con los Estados Unidos (después de la devastadora Civil War y la amenaza de los indios Comanche) y con Rusia (al concluir la debacle vergonzosa con los japoneses en Manchuria). Si echamos un vistazo a Colombia, ¿cuál es el panorama? ¿Por qué ha tardado hasta hace unos pocos años la profesionalización del ejército? Aventuremos una respuesta tomando como paralelo las lecciones que dejó la revolución militar en Europa.

En tres siglos de historia colonial, salvo por los tímidos asedios de los piratas europeos en las costas y las esporádicas rebeliones, la monarquía católica española no testimonió ninguna guerra grande. Los indios “bárbaros”, aquellos no evangelizados y fuera de la jurisdicción del imperio, nunca pusieron en peligro el dominio monárquico. Al no existir fortificaciones ni grandes rivales en el interior, sencillamente no hubo necesidad de albergar grandes depósitos de artillería ni legiones de infantería. Por lo demás, la geografía impedía movilizar grandes cañones por las trochas y los bordes de los precipicios. La humillante derrota de la Guerra de los Siete Años (1763) en plena competición imperial con Gran Bretaña, propició una restructuración del ejército borbónico pero no cambió su naturaleza. Las guerras de independencia dejaron a los patriotas victoriosos pero sus ejércitos siguieron siendo pequeños, mal dotados y entrenados. Las guerras civiles fueron pequeñas escaramuzas notabiliarias que terminaron en pactos e indultos; nadie pensó seriamente en aniquilar al adversario político, como ocurrió en México con los conservadores. Los europeos que pelearon en nuestras rebeliones no comprendían la estrategia ni la lógica de las guerras porque estaban acostumbrados a una Europa que requería de un férreo balance entre las potencias con un conocimiento militar cada vez más especializado y profesional.

En tal sentido, nunca tuvimos enemigos exteriores que amenazaran seriamente nuestra soberanía como ocurrió con las potencias europeas que procuraron contener en vano el auge de Alemania. Por todas estas razones, no es extraño que Colombia prescindiera de un ejército más grande, profesional y mejor armado. Careció de los grandes cambios sociales y políticos que fueron la chispa y la mecha para la revolución militar en Europa. Solamente los carteles, la guerrilla y los paramilitares supusieron la amenaza, a tal punto de casi doblegar el Estado y la sociedad, que obligó por fin a profesionalizar el ejército colombiano.

 

 

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PERFIL
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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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