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¿Qué hace que en unas sociedades y en contextos tan diferentes, los individuos y/o grupos se sientan obligados no solamente a donar, o cuando se les dona a recibir, sino también se sientan obligados cuando han recibido a devolver lo que se les ha donado, y a devolver ya sea la misma cosa (o su equivalente), o acaso alguna cosa mayor o mejor?

Este es el enigma del don. Numerosos antropólogos han procurado desentrañarlo en sociedades tribales. El enigma está lejos de ser banal, trivial y otra desdeñosa excentricidad antropológica. La producción y reproducción social de las sociedades precapitalistas y capitalistas, aún cuando difieran en sus sistemas de valores y estructuras sociales, pende de este fluir incesante de objetos, saberes, cargos y títulos. Las jerarquías sociales que son el reflejo de las estructuras sociales y las mentalidades, se reproducen, consolidan y anquilosan por distintos sistemas de dones y contra-dones.

Algunas respuestas para explicar el enigma han sido más satisfactorias que otras. Lo que no podemos dudar es que el origen de la sociedad no puede ser simple, ni su fundamento único, sino doble. El hombre vive en sociedad pero también produce su sociedad de forma material e imaginaria.

El intercambio de bienes, saberes, poderes, mujeres y ritos en los mundos recónditos de los antropólogos obedecían a lógicas diferentes del capitalismo industrial. El Kula y los Potlach son apenas dos de los casos más renombrados. Pero no tenemos que ir tan lejos: el patronazgo inglés, norteamericano y la empleomanía hispanoamericana (banalmente llamada “clientelismo”), dominaron la reproducción de los cargos políticos tanto en las Monarquías constitucionales como en las nacientes Repúblicas hasta hace muy poco.

Las cosmovisiones, los saberes y los poderes de los dioses (o del Dios cristiano), han sido dones recibidos por cierta clase de hombres. Estos hombres selectos han impuesto una obediencia social legitimada por la voluntad de los dioses y amparada en sus saberes secretos. Los párrocos, por ejemplo, mediaban en la salvación de las almas mientras que los grandes hombres de la tribu Baruya en Nueva Guinea creaban el mundo con su esperma.

Se equivocan quienes piensan que la violencia ha sido el mecanismo por excelencia para controlar el orden social. Un mínimo de consenso social, aún entre los distintos cuerpos y más recientemente las clases sociales, ha salvado al mundo de caer en la revuelta permanente y en la anarquía. Aquí entra el don.

Desde muy temprano, donar ha obligado al receptor generándole la obligación de devolver el don. Este individuo o grupo contraía una deuda que era difícil sino imposible de saldar. En este sentido, el acto de donar creaba un distanciamiento social y cierto género de superioridad, aún si fueran iguales sociales. Entre los Baruya, ciertos hombres acumulaban poder por los dones recibidos del Sol, cuyos secretos y oficios eran vedados para las mujeres. Pero su mundo requería pruebas constantes de aquel poder y magia. Dar empleos, pensiones, beneficios y contratos fue hasta hace poco signo y realidad de este poder en Europa y las Américas. Era preciso “dar” con liberalidad para demostrar cualquier poder detentado y reproducir así las relaciones sociales. Donar demostraba ser un sustituto eficaz de la violencia, la subordinación física, material y social.

Si se daba para conservar y se conservaba para dar, cabe preguntarse, ¿por qué no quedaban saldadas algunas deudas? En algunas sociedades tribales, ciertos objetos sagrados circulaban entre clanes en un movimiento perpetuo. En este caso nadie conservaba ni acumulaba lo que recibía. Algunos antropólogos adujeron una explicación espiritual: el “hau” (espíritu) del objeto deseaba volver a su lugar de origen.

Posteriormente, algunos antropólogos han sugerido otras explicaciones complementarias. Han enfatizado la concesión de derechos. El don retornado no saldaba la deuda porque el objeto donado no había sido verdaderamente alienado por el receptor. Una parte del don perduraba atada al donante original. Se cedían los derechos de uso pero no de propiedad. Todo lo contrario del capitalismo moderno, pues en este sistema social los títulos, las cosas y la tierra estan desprendidas de las personas. En efecto, los títulos nobiliarios, los derechos de uso de la tierra, las aguas y los bosques, la distribución comunal de las propiedades europeas y americanas, estaban regulados por esta lógica, a tal punto de consenso, que la distribución de la tierra comunal en las sociedades hispanizadas nahuas y oaxaqueñas fue mediada por “el consenso de los ancianos” y no por escrituras notariales.

No debe sorprendernos entonces que las fidelidades económicas y políticas perduraran por siglos. Por increíble que parezca a los ojos de nuestras sociedades impersonales, burocráticas y urbanizadas, esta deuda contraída en sociedades agrarias de vínculos personales ineludibles, implicaba toda clase de reciprocidades, beneficios, amistades, obligaciones, derechos y deberes, que podía dar lugar a la amistad aún entre desiguales. Sin estas deudas, solo quedaba la vagancia, castigada por la Iglesia, las Monarquías y las Repúblicas. No hay que perder de vista que estas sociedades no eran igualitarias ni hay rastro de que la desearan.

Desentrañar el enigma del don en nuestras sociedades nos permitirá comprender mejor los presupuestos y los valores que ponían en movimiento dones y contra-dones. También iluminará otros mecanismos de cohesión y legitimidad social alternos a la opresión y la violencia. Nos permitirá conceptualizar de otro modo más pertinente nuestras ideas sociales que oponen injustificadamente la libertad y la obligación. En muchos tiempos y lugares, la obligación otorgaba libertades y derechos que permitían reproducir ciertas relaciones y privilegios.

Este ha sido el marco del pensamiento de los hombres; sobre él es que hemos proyectado tanto las posibilidades, las realidades y los sueños de nuestras sociedades. Si resolvemos el enigma del don podremos escapar a las visiones instrumentalistas, democráticas, de cálculo económico y capitalistas que oscurecen nuestra comprensión del mundo y del pasado. Todavía hoy, muchos dones eluden estas explicaciones: la caridad, la beneficencia y el amor. Estamos endeudados con todo el mundo y en distintas proporciones. Inclusive, con los dioses. Y es esta deuda, según los teólogos, la que nunca podremos pagar por más sacrificios y oraciones interpuestas. Aquellos seres descomunales han tenido a bien concedernos dos cosas hermosas que no podemos devolver ni eludir: el mundo y la vida.

 

 

 

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PERFIL
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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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