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Esta vez empiezo con la frase provocadora que solía decir uno de mis maestros: “Para normalizar la historia de América Latina hay que enemistarse con medio mundo”. En estos tiempos, muy pocos están dispuestos a normalizar su historia pero sí a enemistarse con medio mundo. Este día, 20 de julio, resulta propicio para recordar el discernimiento de mi “caro Professore”. Hablaré de uno de sus temas predilectos: las revoluciones de independencia.

Primero, debemos normalizarlas. Una revolución no tiene por que tener el objetivo de transformar el orden social. En realidad, se pueden contar con los dedos de las manos las revoluciones Rusa, China y Cubana (algunos incluirán sectores de la revolución mexicana). En su etapa inicial, fue una revolución conservadora, aunque esto no excluyera cambios políticos como el tipo de representación. No hubo un debate sobre el individualismo; los actores sociales continuaron siendo los notables locales, cuya esfera política y social se vio amplificada por la independencia. Nuevos actores obtuvieron derechos políticos, cargos, empleos, reconocimiento y legitimidad antes inimaginables. El liberalismo siguió siendo rural hasta finales del siglo.

En la América hispana, nunca hubo una aristocracia que derrocar ni una pretensión semejante. Tampoco había una burguesía. No hubo Gatopardos sicilianos ni garibaldinos, pero sí muchos chacales pueblerinos que nadie contó con la fuerza ni la legitimidad para dominar. La ausencia del monarca redistribuyó la soberanía a todos los pueblos del imperio. ¿Quién podía mandar sobre Chiquinquirá? ¿Quién sobre Muzo? Pocos comprenden la gravedad que supuso el cautiverio del monarca español Fernando VII. La crisis de soberanía en todo el orbe español fue espeluznante. Los indios de Pasto, injustamente tildados de traidores o peores calificativos, veneraban su figura porque encarnaba la única voluntad capaz de dirimir los conflictos. Sin la figura casi divina del Rey, ¿quién podría defender sus derechos, la religión y la patria? ¿Un congreso de notables? ¿La Junta de Santafe? ¿Y con qué autoridad y legitimidad? En muchos lugares, se defendió al Rey español pero no fue por la estupidez y la mezquindad que algunos puedan imaginar candidamente.

Por ello, vemos en estos años innumerables pactos, tratados, capitulaciones y el empleo del Derecho de Gentes. Cada pueblo fue reconocido soberano y como tal merecía este reconocimiento. La acotación y limitación de la guerra parecía boba. Nada más lejos de la realidad. Siguió la lógica del Derecho Público Europeo interestatal que salvó a Europa de su propia aniquilación después de las devastadoras guerras religiosas. El objetivo nunca fue exterminar al enemigo, a diferencia de lo que han dictaminado algunos aventureros perdidos de nuestra historia.

¿Por qué obtuvo tanto consenso la independencia? ¿Por qué fue aceptado el camino de la República? Uno se ve tentado a responder con preguntas: ¿Para qué lanzarse a una guerra social si hasta en los pueblos más recónditos tenían nuevos derechos adquiridos? ¿Qué ganaba un vecino por medio de una rebelión social? ¿Le interesaba ascender al poder o más bien conservar su independencia local recién adquirida? ¿Por qué renunciar a la soberanía judicial, fiscal y política que sobrevino con la crisis de la monarquía católica española a cambio de un Estado administrativo distante y lejano que se entrometería en los impuestos y cargos? ¿Alguien pensó en este tipo de Estado?

Después de normalizar estas revoluciones, es decir, despojarlas de pretensiones, objetivos y metas que nunca fueron concebidas inicialmente, resulta inevitable enemistarse con medio mundo. A fin de cuentas, parece que todos fueron republicanos porque gran número de hombres ganaron políticamente sin el monarca. Nadie quiso ni podía poner el mundo social al revés. ¿El mal llamado “atraso” es irracional?

Muchos comentaristas discurren sobren el fracaso de estos años. Son llanamente estrambóticos. Tienen un tufillo de oportunismo o de miserabilismo político insoportable. No han comprendido la apuesta en juego de aquella época, sus dilemas, encrucijadas y posibilidades. Tenía mejor puntería Robin Hood. Y no sobra añadir que tampoco necesitamos de un forajido de la ley que robe bolsas de oro para repartirlas entre los pobres, cuando en realidad entrega piedras.

La América hispana ha sido precoz en muchas cosas y rezagada en otras. Sin un pasado más esclarecido, equilibrado y verosímil, me parece arduo proyectar un futuro parecido. Necesitamos más y mejores explicaciones que contribuyan a normalizar su historia empezando por el período fundacional de la República; no simplemente más comentarios que sean lugares comunes. Una vez, mi “caro Professore” supo reprender con tacto mi gusto por escribir. Me dijo: “Perfecto. Pero pensar también debería ser un encanto, o no?” Les dejo la inquietud.

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PERFIL
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DPhil (doctor) en Historia de la Universidad de Oxford (candidato). Investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia. Ha trabajado como asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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