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Pueden estar seguros que no sufrirán de malnutrición intelectual si leen Homo Videns del finado politólogo italiano Giovanni Sartori. Empieza demoliendo algunos cimientos de lo que llamó la video-política. Primero, lanza un cañonazo a la antropología. Si aceptamos algunas definiciones de cultura, allí cabe cualquier manifestación, práctica, símbolo y creencia producida e imaginada por el hombre. Esto está muy bien para el estudioso o para el political correct. Si aceptamos esta idea tenemos, por ejemplo, que el ignorante posee tanta cultura como el erudito. Y por ello podríamos hablar de “cultura del ignorante”. Fuera de chistes, Sartori enfila el cañón: “Pero cultura es además sinónimo de “saber”: una persona culta es una persona que sabe, que ha hecho buenas lecturas o que, en todo caso, está bien informada. En esta acepción restringida y apreciativa, la cultura es de los “cultos”, no de los ignorantes”.

No nos dejemos engañar. Los defensores de la televisión han proclamado que la televisión es más objetiva, veraz y democrática que los textos. La primera acepción es equivocada; la segunda, es descarada; y la tercera, reduce el libro a una “cultura elitista”. “Una imagen vale más que mil palabras”, dicen algunos. Esto no es cierto. Una imagen no puede comunicar tanto como mil palabras. Mucho menos puede decirse que sea más objetiva: el lente, la selección de imágenes, diálogos y el modo de presentación, están condicionados por quien toma la imagen, la edita y luego la publica.

La televisión puede “subinformar” y “desinformar”. Para nadie es un secreto que las entrevistas y los noticieros son manipulados, editados y recortados. La política, en especial las campañas electorales, se ha visto rebosada de espectáculo, falsas noticias, emociones desbocadas y acontecimientos construidos y guiados por los grandes canales de información. Berlusconi fue un maestro de estas artes. Pero no fue el único. Trump divirtió y encolerizó a muchos norteamericanos pobres. Uribe enardece a sus seguidores en contra del proceso de paz con falsas noticias. Esto ha tenido consecuencias graves en los sistemas de partidos poco institucionalizados pues ha contribuido a personalizar todavía más la política. Se requiere más saber y menos emociones.

Es verdad que la televisión ha invadido casi todos los hogares. Se ha democratizado, pero, ¿cuál ha sido el valor de esta opinión al alcance de todos en las redes sociales o en los programas de televisión? ¿Funcionan mejor nuestras democracias que hace un siglo? A una cierta dosis de democracia directa debería corresponder otra de saber. Pero esto no ocurre. Tenemos que reflexionar acerca de qué tipo de cultura ha traído a las familias. Si volvemos a la definición de los antropólogos no podemos valorizar nada. No obstante, en la educación de los niños no podemos pensar como los antropólogos ni como los hombres que hacen dinero con la televisión. El número de beneficiarios no altera el valor de un tipo de cultura. Y si la consecuencia es el desclasamiento en una cultura al alcance de todos, naturalmente la operación representa una perdida. Dice Sartori: “¿Es tal vez mejor que todos seamos incultos y que haya unos pocos cultos? ¿Queremos una cultura en la que nadie sepa nada?”

Nadie está vedando la existencia de la televisión: sencillamente, hay que desenmascararla de unos propósitos y alcances que proclama como ciertos. Si me dicen que la televisión divierte, perfecto. Pero cuando pretenden sustituir y equiparar los libros con unos videos cortos; cuando arguyen que la televisión es veraz, democrática y objetiva, es inadmisible. Que el hombre se entretenga no hace daño a nadie. Pero que un divertimento tan estéril como la televisión sea el único móvil de la vida resulta pavoroso. Los últimos defensores de la imagen -muchos de ellos se proclaman de avanzada en los colegios- argumentan que la imagen y el texto no se contraponen. Esto no es nada nuevo: lo sabían los jesuitas misioneros del siglo XVI. Y sin embargo, en la educación de una persona no podemos poner los dos cosas en una misma balanza. El ser humano requiere del lenguaje y de la lógica para fomentar su capacidad de raciocinio y de abstracción. Si quitamos del horizonte el lenguaje y la lógica, facultades que nos permiten abstraer ideas más complejas, por simples imágenes, esta operación secular se vería a oscuras. ¿Podría el hombre llevar a buen puerto una reflexión sobre la política, la vida en comunidad, la felicidad, o la justicia, sólo a partir de imágenes acompañadas de unas cuantas palabras?

El panorama es alarmante en las escuelas y en la política. Los niños se educan con la televisión antes que con las letras, con unos contenidos que en su mayoría no tienen la pretensión de educar. Se forman para divertirse, lo cual no está mal, siempre y cuando la diversión sea provechosa intelectual y emocionalmente. En el caso de los adultos, los lectores de los diarios en los Estados Unidos descendieron una cuarta parte entre 1970 y 1993. Y entre 1954 y 1994, la audiencia televisiva diaria pasó de 3 a 7 horas. Ahora los periódicos aligeran sus textos, los plagan de hipervínculos y videos cortos; llegará un buen día en que leer un párrafo sea un martirio. Vuelven el formato de las noticias cada vez más parecido a la televisión.

Me parece demasiado apresurado tener una idea precisa y rigurosa sobre los supuestos beneficios de la imagen en los procesos de aprendizaje frente a los métodos impugnados de anticuados y tradicionales. Pero si la bandera de la televisión había sido aportar cultura, ilustración y objetividad, deberían replantearla. La televisión y el internet han modificado radicalmente nuestra vida. Pero esto no quiere decir que sean de por sí beneficiosos o que conlleven un progreso en todos los ámbitos de la vida. Hay que saber usarlos y mis dudas recaen sobre el buen uso que se les da. ¿Cuál debería ser el papel del Estado en regular estos contenidos? Sobre esto deberíamos estar reflexionando. 

Sartori se autoproclamó un “déspota ilustrado”. Fue además un brillante polemista. Con su libro, nadie se verá defraudado por falta de ilustración y de polémica. Yo añadiría que era un sabio. No porque ofreciera todas las respuestas a estos problemas sino porque supo advertirlos a tiempo, valorizó el saber sobre la ignorancia y tuvo el coraje de defender ciertas tradiciones del pasado. Dijo que la cultura audiovisual es inculta y por tanto no es cultura; dijo que debemos reaccionar con la escuela y en ella, despojarla de tantos televisores y computadores, o sólo permitiendo su adiestramiento técnico; dijo que los niños se tienen que divertir pero también deben aprender aunque esto no sea del todo placentero; dijo que no podemos permitir que se releguen la escritura y la lectura. Adelantó, en la conclusión de su libro, una última reflexión que me pareció de un conservadurismo admirable: ” Y a quien me dice que estas acciones son retrógradas, le respondo: ¿y si por el contrario fueran vanguardistas?”

 

 

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PERFIL
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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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