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Hace unos días tuve una discusión con tres personas sobre el liberalismo. Siento que no llegamos a un punto de entendimiento porque abordamos la pregunta por su naturaleza desde distintas perspectivas, aunque no siempre incompatibles. Me decían que el liberalismo es algo coherente, definible e inmutable. Confieso que no estoy tan de acuerdo.

En efecto, la dificultad que encierra el problema es que el liberalismo se ha tornado un “metaconcepto”, incluso un telos (fin) de la historia, que supuestamente atraviesa y direcciona el progreso humano. No obstante, a lo largo de los últimos dos siglos, estructuras políticas y económicas tan diversas –y a primera vista irreconciliables- como imperios, repúblicas, dictaduras, el capitalismo y los estados de bienestar europeos, se han arropado con su bandera.  Entonces, la pregunta es valida, ¿qué es el liberalismo?

No existe un liberalismo sino varios. La perspectiva canónica o normativa afirma lo contrario pero nadie se pregunta por la construcción política y académica del canon. Tengo dos reparos con este enfoque. El primero es que se construye esta narrativa a partir de unos supuestos autores fundadores. Suelen citarse sin discriminación: Adam Smith, Benjamin Constant, Montesquieu, Madison, Jefferson, Rousseau, Stuart Mill, y si se es algo gallardo, Madame de Stäel. Cabe preguntarse, ¿qué tenían en común Stuart Mill y Benjamin Constant? Estaban en dos orillas opuestas. Constant terminó por optar al final de su vida por anhelar el retorno de la monarquía francesa mientras que Stuart Mill fue un defensor del imperio británico en las colonias. ¿Es posible que los padres fundadores del liberalismo hayan defendido la monarquía en vez del gobierno representativo y hayan justificado la desigualdad imperial? Por supuesto que sí.

Constant, luego de la revolución francesa, pretendió moderar una república amenazada por la tiranía de las mayorías sobre las minorías. Cuando se habla de él, ¿por qué se está recuperando éste Constant? ¿Con qué arbitrariedad se olvida el posterior de los textos monárquicos?

Estos autores no siempre defendieron algunos atributos considerados inmutables y atribuibles al liberalismo canónico como el gobierno representativo, la igualdad de los derechos políticos y civiles y la libre autodeterminación de los pueblos. Por otra parte, se desdibuja los problemas que en su contexto político quisieron resolver. Argumentar que el liberalismo tiene un coherencia, definible e inmutable es sospechoso no sólo en términos ideológicos sino también históricos. Los retos que enfrentaron los liberales indios (anti-colonial), los liberales ingleses (imperial y anti-aristocrático) y los liberales hispanoamericanos (agrario y municipalista) fueron muy diversos y de ello da testimonio una diversidad de tradiciones intelectuales, que sin duda podían tener conexiones y cruzarse pero que también albergaban diferencias debido a las estructuras sociales que pretendían reformar, conservar y derruir.

Lo que es aún más claro es que ninguno de estos padres fundadores se consideró a sí mismo liberal. Los historiadores han demostrado que no puede hablarse de la existencia del liberalismo desde el siglo XVII. Ninguno de ellos pretendió contribuir a debates que no estaban en su horizonte político. Aún así, muchos académicos arbitrariamente señalan, por ejemplo, que John Locke fue uno de sus padres fundadores. Veamos un pasaje de esta historia.

El liberalismo como doctrina sólo se consolidó como un discurso político después de la I Guerra Mundial y solamente asumió un lugar en la teoría política en la II Guerra Mundial. Es en 1950, no antes, que John Locke fue considerado liberal y entró en el canon. Había liberales pero no se hablaba de liberalismo. En Inglaterra, fue un tópico muy marginal hasta principios del siglo XX. Stuart Mill, uno de los supuestos padres del liberalismo, rara vez citó los escritos políticos de Locke. Herbert Spencer, el gran pensador británico, sólo citó una vez a Locke para decir que su teoría de la propiedad era “insatisfactoria”. En las universidades inglesas, Locke fue considerado más un metafísico que un pensador político. ¿Cómo es posible entonces que Locke sea considerado hoy uno de los padres del liberalismo? ¿Quién realizó esta operación y con qué propósito?

Locke fue bautizado liberal en el siglo XX. La narrativa del liberalismo fue consolidada en el período de entreguerras en Inglaterra y Estados Unidos entre 1930-1950. Las formas de gobierno representativas se vieron amenazadas con los auges de los fascismos y comunismos. Luego, el enemigo sería la Unión Soviética. Los intelectuales y los gobiernos realizaron la ardua tarea de elaborar una única tradición intelectual e histórica que empujaron hasta el siglo XVII. La CIA financió por varios años el Journal of the History of Ideas, cuya difusión de las ideas liberales fue notable. Recuperaron por el camino a Locke, el campeón de los derechos naturales y el contractualismo. Y contrajeron un matrimonio que ahora parece indisoluble con la democracia. Se necesitaron dos guerras mundiales y la amenaza del comunismo para realizarlo. Algunos filósofos eminentes criticaron esta visión coherente, única y a todas luces artificiosamente política. En 1960, un joven profesor del London School of Economics escribió sobre el liberalismo: “es una sola y continuada entidad, tan extensiva que involucra las creencias directoras de la opinión occidental moderna y John Locke es su principal fundador”. El metafísico del siglo XIX había pasado a convertirse mágicamente en uno de los filósofos políticos más importantes del siglo XX.

Mi intención no es desestimar la idea de que existe un solo liberalismo. Uno puede adoptar esta perspectiva normativa y enumerar una serie de ideas que considera liberales y excluir todas las demás. Es más, se las puede adjudicar a un partido político. No obstante, la historia demuestra que esta construcción ha sido artificial y no es otra cosa que una operación política. En realidad, los liberalismos han sido diversos tanto en sus propuestas como en la variedad de actores que han empuñado el concepto. No es cierto que siempre haya sido amigo de la democracia, del gobierno representativo, de la laicidad, de la igualdad y de los derechos individuales, a pesar de que imaginar cualquier otro liberalismo hoy en día parezca cavernícola o ilusorio. No quiero propender por un relativismo político. Pero como demuestra la canonización de Locke, el liberalismo se está reinventando constantemente, así como el discurso de los políticos. De allí su éxito. Quizás no sea una paradoja que la China comunista sea la campeona del liberalismo económico del siglo XXI, cuando en su momento los demócratas norteamericanos erigieron su prosperidad sobre la esclavitud del siglo  XIX.

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Investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia. Ha trabajado como asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos (St. Antony’s College) de la Universidad de Oxford. Magíster en Historia.

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