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La respuesta a esta pregunta debe ser afirmativa.

Malcolm Deas ha insistido en que se escriben últimamente pocas memorias políticas. No se refería únicamente a los presidentes más recientes sino al más común cacique provincial. ¿Existe algo comparable a las Viñas del Odio o las Memorias de Manuel Serrano Blanco? En un acto que conmemoró el gobierno de Barco en la Universidad de los Andes, el ex-presidente Gaviria confesó recientemente que está escribiendo las memorias de su gobierno. Hace unos meses también escuché que el ministro Alejandro Gaviria tenía una idea semejante. Lo festejamos pero resulta insuficiente. ¿Qué hay de todos los caciques regionales que han poblado el Congreso? ¿No tienen ellos nada qué decirnos? ¿O acaso los ministros, viceministros y demás funcionarios públicos? En contraste, en Gran Bretaña se publicaron numerosas memorias de servidores públicos de la Corona en la India, Egipto, Irlanda.

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Malcolm Deas, profesor emérito del St. Antony’s College de la Universidad de Oxford

El asunto no acaba allí. Contamos con escasas historias de las administraciones presidenciales comparado con Estados Unidos y Gran Bretaña. Incluso, acerca de un personaje tan significativo como Gaitán, no tenemos más de 5 investigaciones que podríamos llamar académicas (y no todas son tan serias). La consecuencia inevitable es que vivimos en una deplorable suerte de amnesia colectiva, fácilmente presa de la lectura ideológica que puede hacerse de los gobiernos pasados. Uno se pregunta cómo reforman la administración pública los congresistas. Más allá de su orientación ideológica, de su experiencia inmediata y de unas cuantas cifras, ¿cómo planean las reformas a veces de tamaños gigantescos? En términos prácticos, los empleados públicos, en muchísimos casos nombrados más por componendas políticas que por su especialidad, desconocen el pasado de su cartera. Esto sin mencionar funcionarios en cargos subalternos.

En las últimas décadas, las nuevas preocupaciones históricas han sido sanas, estimulantes y positivas. Sin embargo, creo en una jerarquía de temas. Y uno de ellos es la administración pública; espero no ofender la sensibilidad del lector si pienso que este tipo de historia me parece más importante en la dilucidación de la relación Estado-sociedad que los calzones honorables de una dama santafereña de hace dos siglos. Los politólogos tienen también razones para ruborizarse, pues a pesar de su afición por las instituciones, las dan por sentado.

Sin tanto pudor, los ingleses que rigieron el incomparable British Empire se pusieron en la tarea de escribir una copiosa historia administrativa. Recientemente, se publicó The Official History of the British Civil Service: The Fulton Report 1966-1981 (2011) comisionada al historiador Rodney Lowe. Su lectura es sumamente interesante. Quiero rescatar una lección importante que parece una perogrullada: “para reformar es preciso conocer aquello que se quiere reformar”. El Director del Servicio Civil Inglés dictaminó en este siglo: “Si usted quiere reformar una institución importante, debe entenderla; y si quiere entenderla, usted necesita conocer su pasado”. Si no fue una perogrullada para los ingleses, ¿por qué lo sería para nosotros?

Desde 1908, los ingleses se idearon el Official History Programme, cuyo propósito fue registrar y enseñar lecciones aprendidas de la guerra contra los Boer y la guerra ruso-japonesa en Manchuria (1905). En 1957, el Secretario del Gabinete, Sir Norman Brook, urgió a que todos los departamentos escribieran historias de sus políticas y decisiones para proveer a los futuros gobiernos con una cierta experiencia administrativa. Los resultados fueron desiguales pero lo que cuenta es la intención.

El libro de Lowe fue publicado para corregir la negligencia en que la historia administrativa inglesa había caído en estos últimos años. Nadie niega la dificultad que supone escribir este tipo de historia debido a la apabullante cantidad de documentos. Pero la reciente negligencia de los Aurelianos Buendías ha sido de proporciones mágicas. Con todo, como lo demuestran Gabo y políticos de la altura de Alberto Lleras Camargo, en esta tierra abundan los buenos escritores. Este es un llamado para que dejen la timidez. Y para los historiadores, este es un jalón de calzones.

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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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