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Sadhana quiere decir una “práctica espiritual”, no meramente física ni mental. No es un fin en sí mismo sino un método para la evolución espiritual. Su propósito es muy sencillo en apariencia: liberar a la vida de las limitaciones a las que se ve atadas y realizar todo el potencial dormido de nuestro ser. Swami Niranjanananda dijo: “Si uno no se esfuerza por alcanzar esta meta, está desperdiciando la vida y el insólito regalo del nacimiento humano”. La esencia de la práctica espiritual es contemplar a Dios en todo, ser perfecto de mente y de corazón, y transmutar el sufrimiento en una experiencia edificante, en algo resplandeciente, como cuando en la bóveda celeste el naufragio de estrellas opaca el mar de oscuridad.

En el Yoga existen muchas prácticas pues los seres humanos son complejos, diversos y versátiles, con necesidades mentales, físicas y espirituales comunes y singulares. Todas las ramas del Yoga se encaminan al propósito de corregirlas, direccionarlas y alimentarlas. Por este motivo, Swami Sivananda, con su infinita ternura y sabiduría, predicó el yoga de la cabeza, el corazón y las manos. “Si esto puede ser realizado –dijo una vez- nuestra experiencia de la vida florecerá y su fragancia traerá felicidad adondequiera”.

La práctica espiritual debe emprenderse con una correcta actitud mental. La claridad del propósito, la regularidad, la actitud de testigo y la fe son las piedras cardinales.

El primer método del Yoga para la transformación de la conciencia lo forman los Yamas y Niyamas. Yamas son disciplinas externas de auto-control, cuyo propósito es armonizar nuestras interacciones exteriores y sociales. Niyamas, por contraste, son reglas de disciplina personal para alcanzar la tranquilidad, el control de la mente y el balance en todos los aspectos de la vida.

En el primer Yama, el aspirante debe propender por ejecutar todas sus acciones con perfección. El desbalance en su ejecución obedece a los gustos y disgustos personales pero éstos son caprichos de la mente que pueden ser corregidos. Ciertas acciones se realizan con desgana pero esto no supone excelencia. Cada acción tiene el mismo valor. Externamente, la tarea se debe hacer con la mejor intención; interiormente, con una actitud de testigo imparcial de los sentimientos y sensaciones que ésta pueda suscitar.

El segundo Yama por cultivar es la ecuanimidad. Las dificultades y los obstáculos deben asumirse con una mente imperturbable. Este estado mental sólo puede alcanzarse mediante la actitud del testigo imparcial (drashta), el único freno a nuestras reacciones instintivas, primarias y emocionales. No son los grandes dramas sino las acciones pequeñas y cotidianas las que prueban nuestra ecuanimidad diariamente.

El tercer Yama es el sentimiento de unidad con todo el mundo. Cultivar atmabhava significa ser uno solo con los dolores, miedos y sufrimientos de los demás. Asimismo, es el reconocimiento de que existe una conciencia bondadosa, una corriente divina y cósmica, que conecta a todos los seres y átomos del universo. El cuarto Yama, derivado del anterior, es trabajar por el bienestar del mundo, tratando a cada ser con el amor y consideración que tendríamos con nuestros seres amados. Esto me recuerda la frase memorable de un escritor acerca de su padre: “Su cortesía llegaba a tal punto que hacía de cada persona el centro del universo”.

En el orbe de nuestra conciencia, yacen los Niyamas. El primero es Akarta, la realización de que somos un instrumento de las acciones pero no somos quienes las llevamos a cabo. El Yoga es claro: la actitud de testigo solamente es completa cuando se observa cada palabra, acción e interacción individual como si le ocurriese a otra persona. Esta distancia interpuesta con nuestro mundo exterior e interior es el método por excelencia que permite conocernos y librarnos de las reacciones incontrolables suscitadas por las experiencias de los sentidos. Por tanto, en cada práctica de Yoga, bien sea las físicas, las de retiro de los sentidos o de meditación, se observa cada movimiento, cada pensamiento y sensación física con puntillosa concentración y desapego.

El segundo Niyama es renunciar a las recompensas; trabajar sin que las expectativas materiales, mentales y emocionales introduzcan el desbalance en la vida. La perfección en la tarea y el bienestar que puedan brindar son recompensas suficientes. El tercer y cuarto Niyama corresponden a ser puros y buenos en pensamiento, palabras y acciones, procurando aceptar cualquier cambio y ofreciendo cada acción a Dios con el ánimo de disipar motivos egoístas y egocéntricos.

Los sabios han dicho con razón que la felicidad es tan sólo una sombra del sufrimiento. Para que la vida sea plena y fluya suavemente no deseemos la ausencia de cambios, cargas y sufrimientos. La plegaria, como reza el poema de Tagore, debe ser: “En noches de desesperanza, cuando todo el mundo se burle de mí, “que no me sienta débil”, concédeme este don”.

Con todo, no basta pedir esto fervorosamente pues nuestra mente y nuestra voluntad han probado ser débiles e incapaces de acatar los códigos éticos; se zarandean fácilmente con los vientos y las tempestades. Ni la ciencia ni la tecnología son capaces de reformar nuestra mente. Su efecto es pasajero y superficial tornándonos en ocasiones perezosos, débiles y dependientes. Precisamos de un método riguroso, constante y probado al alcance de todos que ahonde en la profundidad de las raíces de la conciencia para permitirnos tener una mente ecuánime y una voluntad a toda prueba. En este sentido, los Yamas y Niyamas son un método que pretende cambiar la conciencia y experiencia que tenemos de la vida.

Esta es la pequeña revolución que les propongo para este nuevo año. Una revolución que puede tomar muchos años, tal vez vidas, pero meritoria, pues si los maestros iluminados de la India tienen razón, el propósito de la vida no es otro que la evolución espiritual. En ella, el mundo no rueda para nuestro ego; la salud no pende de una píldora mágica tanto como de la pureza y excelencia de todas nuestras acciones y pensamientos; y en el más arduo de sus ciclos, la vida gira en torno al sufrimiento cotidiano sin que nos aturdamos cuando el dragón de la noche ruja en la soledad de las nieves perpetuas. En lugar de matar el dragón como hizo San Jorge, este método busca amaestrarlo hasta convertirlo en el más manso de los compañeros.

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PERFIL
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DPhil (doctor) en Historia de la Universidad de Oxford (candidato). Investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia. Ha trabajado como asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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