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“Dios está haciéndose”, fue una frase atinada de George Bernard Shaw. No imaginaba una versión panteísta renovándose con infinita paciencia bajo la forma de una margarita o el zumbido veraniego de la abeja que la visita. Creía con razón que Dios ha ido cambiando al ritmo de los hombres. No sabemos si en efecto su naturaleza se haya modificado; no tendríamos cómo obtener respuesta a esa pregunta. Lo que sí podemos decir con alegría, hasta con fascinación, es que cuenta con una historia propia.

Su imagen es una invención de los hombres de la Iglesia de la Edad Media. En la antigüedad tardía, cuando Teodosio el Grande declaró el cristianismo como la religión del Imperio Romano en el año 392 d. C., primaba el Dios inescrutable, implacable y vengador del Antiguo Testamento.

En el siglo XII, puede fecharse el nacimiento del nuevo Dios más bondadoso, misericordioso y compasivo. Se revestiría de otras virtudes, atribuidas luego a los príncipes cristianos, herederos de los reyes de la Antigüedad: la paz y la justicia.

La igualdad entre hermanos y la salvación eran la atractiva promesa de este nuevo cristianismo. La humildad, la piedad, la compasión, el abandono de las riquezas terrenales y la contemplación fue también la respuesta al poder terrenal de los señores laicos, las pestes y la corrupción de la Iglesia. Aquellas miserias humanas imaginadas como un castigo divino, que no pasarían inadvertidas a la hora del Juicio Final, reconvinieron a la reflexión y produjeron un nuevo Dios. San Francisco de Asís y teólogos importantes fueron algunos de sus hacedores.

Su hermosa iconografía empezó a abarrotar las Iglesias; se grabó en la dureza milenaria de sus piedras; coronó la cima de las torres góticas; e inundó con columnas de luz tamizada y gloriosa de mil colores las naves oscuras de las catedrales. El nuevo Dios empezó a ser representado bajo una forma humana. El hombre había sido hecho a su imagen y Él había descendido a la tierra entre los hombres. En las rosetas de una Iglesia de París sus nuevas representaciones fueron confundidas con el rey francés Pipino, un hecho poco banal que acentuó la verosimilitud de la majestad divina gozada por los reyes europeos.

Su Mano enigmática, inquisidora y castigadora no fue remplazada del todo, pero se dieron cuenta los teólogos que podía ser a la vez protectora, compasiva y justiciera. El sufrimiento humano, tan bien representado en el Cristo sangriento de la Pasión, tenía un desenlace divino: la salvación. Su inspiración fue el Nuevo Testamento.

Para conocerlo mejor se dedicaron a su estudio en las gélidas abadías. Papiros polvorientos provenientes de las tierras del Islam, páginas lujosas de piel de cordero, encuadernaciones llenas de letras doradas con márgenes escarlatas y azul lapislázuli, desgastaron los ojos absortos de los monjes. De estas meditaciones surgió un conocimiento especial, una “ciencia de Dios”, llamada teología. Sin separarla de la Fe, poniéndolo por encima de la naturaleza, cada vez más lejos de Yahvé y haciéndolo compatible con la razón de los filósofos griegos de la antigüedad, los teólogos le dieron al Buen Dios una nueva justificación, imagen y vida.

No bastaba, sin embargo, con que tuviera un nuevo rostro material y espiritual. El Buen Dios tenía que habitar una casa especial, las iglesias, la “casa del Señor”. Por siglos, los pueblos romanos habían adorado árboles, ídolos bárbaros y efigies. Los obispos conocían la importancia que tenía el territorio en la adoración religiosa. En la profundidad de los siglos, empezaron a brotar iglesias por toda la cristiandad a costa de los derruidos templos paganos.

El monoteísmo era otro de los rasgos sorprendentes de este cristianismo. Pero el nuevo Dios, aunque bondadoso, no estaba solo. Le acompañaban Cristo, el Espíritu Santo, la Virgen María y toda una jerarquía eclesiástica que moderaba el orden social en la tierra. Los milagros, prueba de su inigualable gracia, se multiplicaron tanto como los santos que unían la tierra y el cielo. Nacieron nuevos ángeles con una importancia renovada, entre éstos, nada menos que el ángel de la guarda.

Los sabios medievalistas podrían darnos más detalles de este Dios bondadoso. Es más joven que las estrellas, tiene algo de la gloria y de la fragilidad humana; lo han hecho a la medida de nuestro cuerpo y de nuestros valores.

De este Buen Dios sólo tenemos por el momento dos testimonios: la Fe y la historia. Ha ido cambiando en la medida que se lo hemos pedido. Podrían decirse muchas cosas sobre su obra. Al menos con su historia, es imposible sentirse defraudado.

 

 

 

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PERFIL
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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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