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Independientemente del resultado en las elecciones presidenciales, los datos son irrefutables. El desembarco de la izquierda ya no es el de un solitario Robinson Crusoe que tiene como únicos acompañantes los restos del naufragio y al simpático Viernes.

Las elecciones parlamentarias y las encuestas lo han demostrado. Incluso, una sumatoria arbitraria de porcentajes, y no del todo precisa ni concluyente, revela una notable intención de voto. Sumar a Petro, Fajardo y De la Calle se aproximaría al 50% del censo electoral que está dispuesto a votar. Después de una prolongada guerra que sirvió de “transformismo hacia la derecha”, la izquierda colombiana empieza a tener un futuro promisorio. No obstante, los retos son numerosos.

El primero será ampliar la democracia urbana y rural. Un dato de sumo interés. Las elecciones del plebiscito apenas movilizaron el 35% del censo electoral. Si tomamos una muestra más pequeña, p. e. Antioquia, es evidente que la ciudad no domina significativamente las elecciones colombianas. Medellín y los municipios aledaños representaron no más del 50% de la votación total del departamento. En muchos municipios antioqueños la votación total no superó el 27% del electorado. Estas cifras son todavía muy bajas. Por contraste, en las últimas elecciones parlamentarias en Italia votó más del 70% del electorado.

La izquierda colombiana deberá incorporar la masa del censo electoral urbano y rural que perdura en el anonimato de la abstención. Ensanchar la democracia parece ser la única manera de derrotar las maquinarias personalistas de los viejos partidos, un aspecto fundamental para ganar la presidencia y tener gobernabilidad en el Congreso. No obstante, el asunto parece importar muy poco. Petro y Fajardo han sido incapaces de constituir partidos políticos o de crear instituciones políticas duraderas. Y aquí es útil comparar de nuevo con el socialismo europeo. En gran medida, la longevidad de sus partidos socialistas se debió a que ampliaron la democracia urbana e incluso rural, como en Italia, con partidos de masas que propagaron la política con la ayuda de sindicatos, cooperativas, barberos, librerías, clubes sociales y clubes deportivos.

Este no es un llamado a la politización de la sociedad. Sólo quiero mostrar que la izquierda creció en ciertos parlamentos europeos creando instituciones nuevas y viejas para rivalizar con los partidos conservadores de los aristócratas y junkers. En Europa, estos partidos lucharon contra la abstención y enseñaron a votar a millones de campesinos y obreros que no conocían el sufragio. Si la izquierda pretende crecer en el Congreso colombiano, deberá crear nuevas instituciones y atraer las existentes -ligas agrarias, sindicatos, cabildos o JAC- para movilizar los electores apáticos.

Es innegable que la izquierda se ha perfilado en estas elecciones como una amenaza a largo plazo para el statu quo y la derecha colombiana. Pero un segundo reto será superar la historia de desunión; una tradición no propiamente colombiana. Las peleas entre el Polo, Petro y los Verdes recuerdan las viejas peleas entre la izquierda europea. Allí, los anarquistas, comunistas y socialistas no vivieron en armonía, aunque trabaran ocasionales alianzas. Las consecuencias saltan a la vista. En Inglaterra, los Laboristas hicieron alianzas con los Liberales que les permitió adueñarse del parlamento y realizar reformas sociales mientras que el Partido Socialista alemán nunca tuvo una buena relación con los Comunistas y el Partido de Centro Católico y por ello nunca logró tener mayorías parlamentarias que le permitiera aprobar sus anheladas reformas sociales.

El último reto que deberán enfrentar los políticos será definir qué tipo de izquierda prevalecerá, en medio del amplio espectro político. Es claro que la facción que representa Petro infunde temor a gran parte del electorado o lo mantiene en la indiferencia más absoluta. La izquierda debe definirse en relación con sus rivales. Parte del fracaso en Rusia antes de la revolución bolchevique fue su extremo radicalismo que condujo a la extrema violencia con la que fue reprimida por parte de la aristocracia y del Zar (no olvidemos que unos anarquistas asesinaron al Zar Alejandro II). Estos actos, sumados a la torpe antipatía de Nicolás II por las reformas sociales, creó un abismo irreconciliable y sangriento.

En nuestro caso, las guerrillas giraron el país hacia la derecha. Y Petro, que surge de una de ellas, ha sumado a su fallida experiencia administrativa la torpeza de no tener una posición clara y distante del modelo venezolano. Todo esto lo envuelve en unas brumas que no disipará fácilmente en un futuro cercano.

Por otra parte, tengo mis dudas acerca de la conveniencia de una opción de izquierda que sea vista como extrema. En Italia, condujo a Mussolini; en Rusia, desencadenó una guerra civil sangrienta que implantó a Stalin; y en Alemania entronizó al nazismo. En Colombia, las guerrillas reavivaron el paramilitarismo. Ahora, en el campo electoral, Petro nos está conduciendo de nuevo a Uribe.

El lector se preguntará por qué el juego con tantos paralelos europeos. Sin duda, eran sociedades muy distintas a la nuestra. Yo mismo soy escéptico de pensar la historia como una maestra de vida o una serie de procesos repetibles en condiciones distintas. Sin embargo, es posible sacar una que otra lección del surgimiento de los partidos socialistas europeos.

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David Lloyd George en plaza pública a principios del siglo XX

Todos tuvieron que enfrentarse a los conservadores. Todos tuvieron que ampliar su electorado. Todos tuvieron que resolver sus divisiones. Alemania, Rusia y el Reino Unido abrigaron distintos tipos de izquierda que se definieron con base a sus rivales y a sus estructuras sociales. Sus programas, sus instituciones y sus métodos de lucha política variaron de forma importante.

El menos celebrado, el menos admirado, el menos conocido de los socialismos, es el inglés. Los británicos triunfaron porque cumplieron con los tres retos que debe superar hoy la izquierda colombiana. Fue quizás el único socialismo en la historia que logró una transformación social pacífica en medio de un cambio extraordinario de época. Fue el único que superó el péndulo de la extrema izquierda y la extrema derecha con su moderación. Pero no por ello dejó de lograr cosas importantes. El “People’s Budget” de Lloyd George culminó décadas de reformas: impuestos a los ricos, impuestos a la tierra, una reforma electoral que derrotó las viejas maquinarias, reavivó la producción agrícola y consolidó un servicio civil profesional que erradicó en gran medida el clientelismo. ¿Alguna semejanza con las ideas de nuestros candidatos?

 

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PERFIL
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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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4 Comentarios
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  1. Se le olvido informarnos que si a EE.UU. le conviene el títere que haga de presidente en Colombia, no solo el que diga Uribe, no importa la contienda electoral, finalmente quedara el que nos imponga el gran país de la “libertad”.
    No se puede comparar de ninguna manera a la sociedad europea con la colombiana, tenemos nuestros propios problemas, o ¿que interpretación tiene de qué en Colombia muchos votantes cambian su voto por un tamal?

    • luisgalan0627

      Estimado Luis Fernando:

      Gracias por sus observaciones. Las sociedades europeas también se enfrentaron al clientelismo. De hecho, el caso siempre mejor estudiado, el inglés, tiene centenas de trabajos sobre el clientelismo en las elecciones británicas entre el siglo XVIII-XX. El fraude, la corrupción y el clientelismo también fueron fenómenos a los que ellos se enfrentaron. El Lord inglés cambiaba banquetes de cerveza, juegos artificiales y otros privilegios con sus electores a cambio de su voto. De hecho, hay muchas aseveraciones famosas en el siglo XIX en el cual la compra del voto era lo más normal del mundo.

      Los británicos superaron este obstáculo no sólo con leyes anti fraude (cosa que también existió en Colombia) a principios del siglo XX. Su sociedad -y esto sí es una diferencia inmensa con Colombia- se transformó en el siglo XIX. Se urbanizó e industrializó de forma extraordinaria. Los viejos lazos de dependencia -clientela si usted quiere- entre el patrón y el votante campesino, se debilitó. Ya la gente en las ciudades y en la industria no reconocía un superior tan fácilmente -p. e. la Iglesia, los hacendados, el alcalde del lugar-. Eso hizo necesario nuevas asociaciones políticas, nuevas relaciones, más allá del voto clientelista.

      De todas formas, no crea, a esa gente que no podía votar y que gracias a una serie de reformas empezó a votar, le compraron el voto. La política se había caracterizado por el intercambio de favores durante siglos; cambiar esa relación y esa concepción implicó grandísimas transformaciones, reformas y cambio social. Pero sucedieron por factores que pueden explicarse, no porque los colombianos seamos más corruptos que ellos en su momento. Gradualmente, la separación entre justicia y política hizo que sus instituciones funcionaran de forma más independiente y controlable. En Colombia, desafortunadamente, todo esto no se ha dado de la misma forma, tiene su explicación, pero me alargaría. La administración pública británica, tras unas reformas que justamente buscaron corregir el fraude y el clientelismo, se volvió neutra, apolítica -bajo severas penas-, meritocrática y una carrera profesional: la del servidor o funcionario público. Esto último no lo hemos logrado, en parte, porque no se han hecho reformas que separen política y administración y política y justicia. Esto me parece fundamental porque si usted ya no puede ver en el Estado el único botín ni la única posibilidad de negocio o de empleo (cosa que ocurre y ocurría en muchos municipios pobrísimos) la compra de votos no sirve porque el político no tiene nada qué ofrecer a cambio. También es un tema de nivel económico. Entre más alto los salarios, más caro comprar los votos y a la vez, menos los votantes se ven atraídos por un plato de tamal. Se requiere una profunda reforma del Estado, de los partidos y mejores salarios y condiciones económicas, para que esto se logre. Pero se requieren es estas cuestiones y fueron éstas las que los ingleses lograron; no porque fueran en su momento menos “corruptos” que los colombianos.

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